La 'algolengua' del odio: cómo se disfraza el discurso para burlar al algoritmo
Las plataformas no eliminan el discurso hostil: lo obligan a disfrazarse. Esa es la tesis que Newtral puso sobre la mesa en un reportaje firmado por
Luis Mejía García y que Ana Pastor difundió con un mensaje escueto. El texto describe una
algolengua —un vocabulario paralelo de apodos y rodeos— pensada para esquivar los filtros automáticos que las redes aplican a los insultos y a las generalizaciones contra colectivos. El aviso se giró contra quien lo lanzaba.
¿Qué es la 'algolengua' y cómo elude la moderación?
El mecanismo es fácil de enunciar y difícil de frenar. Cuando un término ofensivo entra en las listas negras de una plataforma, una parte de los hablantes no abandona la idea: cambia la palabra. Aparecen deformaciones fonéticas, eufemismos y juegos de letras que un filtro automático no reconoce como insulto, pero que el receptor descifra al instante. Ese diccionario de reemplazo sirve, según el planteamiento del reportaje, para seguir difundiendo el mensaje con menos riesgo de bloqueo.
En los comentarios se repite la idea de que recurrir a códigos para esquivar la censura no es nada nuevo:
«el ingenio humano siempre va a estar por encima de la censura», resume uno de los mensajes.
La réplica: la 'neolengua' de los medios
La respuesta más repetida invirtió el marco. Si existe una lengua del odio, se argumentó, existe igualmente una lengua del poder: la que escoge eufemismos para suavizar realidades incómodas y luego se escandaliza cuando la calle hace lo propio. Varios mensajes sostienen que los medios llevan
«medio siglo» manipulando el vocabulario y que el reproche suena a doble rasero. La acusación no se dirige al fenómeno, sino a quien lo denuncia.
En el mismo paquete aparecen reproches concretos sobre prácticas periodísticas: el uso de fuentes sin identificar, la reformulación de sucesos con términos más amables y la sensación de que el vocabulario oficial cambia según convenga al relato. Son críticas de método, discutibles, pero críticas al fin y al cabo.
¿Por qué muchos leen 'algoritmo' como sinónimo de censura?
La propia formulación del titular es el detonante. Si hay que
sortear un algoritmo, razonan muchos lectores, es porque ese algoritmo está haciendo de aduana: llamarlo moderación suena a maquillaje. La equivalencia «algoritmo = censura» se repite hasta la saciedad y desplaza el foco del vocabulario hacia la infraestructura que lo persigue. Se subraya, además, que la cuenta que difundió el aviso mantiene cerrados los comentarios, detalle que se esgrimió como prueba de incoherencia.
De la ironía al insulto: el tono que domina la respuesta
Buena parte de las réplicas no discute la tesis. Ataca a quien la firma. Abundan los comentarios personales, las descalificaciones gratuitas y los apodos, un material que no aporta ni un dato al asunto y que, sin embargo, ocupa el grueso del volumen. La mezcla es reveladora: junto a objeciones razonables sobre el doble rasero del lenguaje conviven explosiones de ira que confirman, sin querer, el fenómeno que el reportaje describía.
Un mensaje rescata un episodio anterior de la cadena para ridiculizar su método de verificación. Es
revival y no análisis, pero explica por qué la marca arrastra anticuerpos.
La «sustitución étnica»: una tesis que el material no respalda
Uno de los mensajes eleva la discusión a otro plano y sostiene que la inmigración obedece a una
sustitución étnica planificada. La afirmación se lanza sin un solo dato que la sostenga y no se corresponde con ningún proceso demográfico documentado: es una tesis conspirativa que circula por redes, no un hecho verificable. Conviene separarla de la crítica legítima al lenguaje institucional, porque una cosa es discutir cómo se nombran las cosas y otra inventar un plan que nadie ha probado.
Qué cabe esperar de esta carrera
Lo previsible es que el vocabulario siga mutando más deprisa que los filtros y que cada término prohibido engendre dos sustitutos. Las plataformas ajustarán sus listas, los hablantes volverán a esquivarlas y la brecha entre norma y uso se ensanchará otro poco. Si esa carrera la gana la moderación automática o el ingenio del hablante es, a día de hoy, una incógnita que nadie ha resuelto.