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Hay una clase de noticia…
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Muchas "nuevas tendencias" juveniles, como el "aura farming", nacen de la viralización de vídeos llamativos que, amplificados por medios y redes sociales, se presentan como fenómenos masivos sin que su frecuencia real lo justifique.
El ciclo es casi siempre el mismo. Aparecen unos vídeos, a menudo de jóvenes haciendo algo peculiar, llamativo o directamente absurdo. Se difunden rápido, se viralizan. Y de repente, un medio proclama: "La nueva tendencia que arrasa entre los jóvenes". Otros medios, casi por inercia, replican la noticia. En cuestión de horas, una actividad que quizás practicaban unas pocas decenas de personas se convierte en la supuesta radiografía de toda una generación. Hemos visto este patrón repetirse una y otra vez, desde comportamientos extraños en TikTok hasta estéticas particulares o retos insólitos. El problema es que la visibilidad de un contenido no se corresponde necesariamente con su frecuencia.
Que un vídeo acumule millones de reproducciones no significa que millones de personas estén haciendo lo mismo. Significa, más bien, que unas pocas personas han logrado captar la atención de millones. El proceso de transformación es casi automático. Primero se describe lo que hacen unos pocos: "Mira lo que están haciendo estos jóvenes". Luego, se amplifica: "Esto se está haciendo viral". Y al tercer día, la afirmación se generaliza: "La nueva moda entre los adolescentes". La diferencia entre estas frases es abismal, pero a menudo se salta de la descripción de casos concretos a la atribución de un comportamiento a toda una generación sin aportar datos que lo respalden.
La siguiente etapa, y para muchos la más curiosa, es la del "experto". Una vez que la supuesta tendencia ha sido declarada oficialmente, aparecen psicólogos, sociólogos o pedagogos para explicar qué revela este comportamiento sobre la juventud actual. Se habla de búsqueda de identidad, necesidad de pertenencia, dependencia de la validación externa, pérdida de contacto con la realidad, o el efecto de las redes sociales. Todo esto puede ser muy interesante, pero antes de lanzarse a profundas interpretaciones psicológicas de millones de adolescentes, quizá sería más sensato preguntarse: ¿cuánta gente está realmente haciendo esto? El riesgo es analizar una generación entera basándose en un puñado de vídeos llamativos.
Este fenómeno se nutre de un concepto conocido como "pánico moral". Las generaciones adultas, desde hace décadas, parecen convencidas de que la siguiente generación viene "defectuosa". El objeto de alarma cambia con el tiempo —antes eran los cómics, luego el rock, después los videojuegos, internet, YouTube y ahora TikTok— pero el relato subyacente es sorprendentemente estable: "Mira en qué se están convirtiendo los jóvenes". Las redes sociales han perfeccionado esta narrativa hasta convertirla en una máquina casi infalible. Con millones de personas grabando fragmentos de sus vidas a diario, siempre es posible encontrar a alguien comportándose de manera peculiar. No importa qué tesis quieras defender, es probable que exista un vídeo que la ilustre.
El problema surge cuando la excepción empieza a presentarse como la norma. Nadie publica un artículo titulado "Adolescente vuelve del instituto, merienda y hace los deberes". Tampoco se hace viral un vídeo de veinte chavales jugando tranquilamente al fútbol. Lo normal, lo cotidiano, no genera atención. Lo grotesco, lo extraño, sí. Y luego, utilizamos precisamente aquello que destacó por ser anormal como prueba de que se ha convertido en normal. No hace falta pensar en una conspiración elaborada; los incentivos están alineados de forma natural.
Para los medios de comunicación, estos temas son baratos de producir y funcionan bien. Unos cuantos vídeos, algunas capturas de pantalla, un par de párrafos explicando el término y, si hay presupuesto, una declaración de algún especialista. El titular "la extraña tendencia que arrasa entre los jóvenes" hace el resto. Por otro lado, existe una audiencia predispuesta a consumir estas historias. A muchas personas les reconforta la idea de que la generación siguiente sea más absurda, más frágil o más superficial. Los propios medios terminan validándose mutuamente. Un periódico publica sobre una supuesta nueva tendencia. Otros cinco replican la noticia. Al cabo de dos días, Google está plagado de artículos sobre el tema. Entonces, otro periodista observa que "los medios de todo el mundo se hacen eco del fenómeno", y ya tenemos la prueba definitiva de que el fenómeno es enorme: todo el mundo habla de que todo el mundo habla de ello.
Existe incluso una segunda fase, donde la noticia contribuye a crear aquello que decía describir. Tras tanta cobertura, más personas descubren la supuesta tendencia y algunas empiezan a imitarla. Por eso, este fenómeno merece un nombre sencillo: "tendencia por proclamación". No se trata necesariamente de inventar algo de la nada, sino de coger algo que existe, cuya dimensión real desconocemos, amplificarlo y presentarlo como un fenómeno social. La diferencia entre "hay chavales que hacen esto" y "los chavales están haciendo esto" es la clave. Entre ambas frases cabe una generación entera.
Quizá la próxima vez que veamos un titular anunciando "la nueva y preocupante moda que arrasa entre los jóvenes", deberíamos hacernos una pregunta mucho más sencilla que todas las que vendrán después: ¿Cuántos? No cuántas visitas tiene el vídeo, ni cuántos periódicos han publicado la noticia, ni cuántos usuarios han comentado indignados. Sino cuántos lo hacen realmente. Porque a veces, el fenómeno social no es la extraña conducta que vemos en TikTok. El fenómeno social es nuestra propia necesidad de creer que esa conducta representa a todo el mundo.
Hay una clase de noticia…