Un alcalde canta sobre una niña en fiestas y le expulsan del partido
Micrófono en mano, ante los vecinos de un municipio de Ávila con menos de cien habitantes, el alcalde entonó entre risas un cantar de verbena que arranca con una niña sola en el bosque. El vídeo salió de la fiesta y ocupó titulares nacionales. La acusación que lo acompaña desde entonces es una:
apología de la violación y la pederastia. Fue apartado de su partido poco después. Del sillón municipal, de momento, no se ha movido. El episodio ha reabierto una discusión vieja: dónde acaba la broma de pueblo y empieza el delito.
Qué dice la canción y ante quién se cantó
El suceso se produjo durante las fiestas de un pueblo abulense de menos de un centenar de vecinos, con el alcalde al micrófono y el público delante. La letra, una copla popular, describe a un hombre que se encuentra a una niña en el monte y la conduce a su cama; incluye referencias sexuales explícitas que aquí no se reproducen. El texto circuló transcrito junto al vídeo y bastó para que la polémica dejara de ser local.
Sobre esa base se levantó la imputación moral. Que el alcalde estuviera
entonando una canción no cambia el diagnóstico para quienes consideran que un cargo público no puede normalizar ese relato, ni delante de sus vecinos ni en privado. La exigencia de expulsión llegó desde el primer minuto: una líder de partido pidió públicamente al presidente del PP que lo echara «inmediatamente» por lo que calificó de cultura de la violación.
¿Es lo mismo una canción de fiesta que una apología?
El contraargumento dominante es el del contexto. Se sostiene que se trata de una tonadilla de charanga que se canta en fiestas con la gente
puesta hasta las orejas, que no la inventó el regidor y que nadie la había asociado a la pederastia hasta ahora. Bajo ese prisma, el problema sería el mal gusto y el cargo, no el delito.
A esa línea se le objeta que un alcalde no es un vecino cualquiera. Hay quien recuerda que el propio afectado pudo haber salido al paso con una disculpa —reconocer la barbaridad y pedir perdón— y que prefirió el silencio. También se discute el escenario: una cosa es cantarla en una cena privada y otra soltarla en la plaza con amplificación. La diferencia entre las dos escenas, dicen, es exactamente la que separa la broma de la apología.
Y hay un matiz que aparece una y otra vez: hay quien sostiene que en su tierra se llama «niña» a mujeres adultas, como forma de hablar. El argumento se usa como atenuante. Otros lo consideran directamente una excusa para no leer la letra que se canta.
La doble vara que se reprocha al caso
Buena parte del malestar no apunta al cantante sino al rasero. Hay quien cita episodios anteriores de cánticos soeces en cenas y celebraciones que no tuvieron consecuencias y que siguieron su curso con el responsable en el cargo. La pregunta que se repite es por qué este caso sí y aquel no, y si el criterio es la gravedad del texto o el color del partido del que canta.
También hay quien recuerda declaraciones de cargos públicos hechas desde el atril, no desde una verbena, que nunca costaron una dimisión. La comparación se lanza sin matices y con veneno: unos ven ahí la prueba del trato desigual, otros la excusa perfecta para mirar hacia otro lado.
En esa comparación entran incluso las referencias cultas: alguien sacó a relucir el
Carmina Burana y sus libretos goliardos, con el argumento de que la censura aplicada a este alcalde dejaría sin repertorio a media Europa. Se responde que equiparar una cantata medieval con un cargo electo es un rodeo para no hablar del asunto. Y una tercera vía, más incómoda, señala que la vara no se dobla solo entre partidos, sino entre quién canta y quién denuncia.
Expulsado del partido, no del cargo
El desenlace inmediato fue la salida de la formación. El regidor fue apartado del partido al que pertenecía, algo que se presentó como prueba de que al menos una parte del sistema reacciona más rápido que la otra. Se apuntó también a su trayectoria política, con un recorrido singular: formaciones distintas en poco tiempo.
Lo que no llegó fue la dimisión. Expulsado del partido pero no del sillón, el alcalde sigue al frente del consistorio, y ahí se atasca la discusión. Para unos es la prueba de que el cargo pesa más que la vergüenza; para otros, la confirmación de que lo ocurrido nunca fue para tanto.
El pueblo, el micrófono y el titular
El municipio tiene menos de cien vecinos. La canción dura menos que un pasodoble. Y aun así ha ocupado titulares nacionales, ha movilizado a una dirigente de partido y le ha costado a un regidor su militancia. La aritmética no cuadra: pueblo diminuto, copla vieja, cargo menor. La dimisión sigue sin llegar.