Leroy Merlin anula el atornillador de 11€ y los clientes reclaman
Un atornillador AEG S/CABLE LI de 12 V —referencia 17912720— apareció en la web de Leroy Merlin a 11 euros. En eBay, el mismo modelo rondaba los 200. La diferencia era tan absurda que muchos dieron por hecho el chollo antes de pensarlo dos veces: pedido, pago con tarjeta y recogida en tienda. El resultado fue una cascada de cancelaciones, devoluciones silenciosas y hojas de reclamaciones por un producto que casi nadie llegó a tener en las manos.
El error de precio: 11€ por un atornillador de 200€
El modelo no era un juguete. 12 voltios,
25 Nm de par y dos baterías dentro de un maletín. Quien comparó precios antes de comprar vio que la cifra no encajaba con nada: en eBay el mismo aparato se movía en torno a los 200 euros. La conclusión inmediata fue que había un error, pero el pedido se cerraba igual.
La propia lógica de la compra lo explica. Un destornillador de litio de gama baja, como el
FIXA que IKEA vende por 9 euros, es otra cosa: poca tensión y un par que no compite. Aquí no hablamos de eso. Hablamos de una máquina de 12 voltios con dos baterías, y aun así 11 euros parecía un precio de saldo creíble para quien no se para a comparar voltajes.
«Pendiente de pago» con el dinero ya cobrado
El siguiente capítulo no fue la cancelación, fue el estado del pedido. Tras pagar, la orden pasó a figurar como «en gestión» y luego como «pendiente de pago», mientras el cargo ya estaba hecho en la tarjeta. Varias personas comprobaron que les habían cobrado los 11 euros sin que el estado del pedido lo reflejara por ningún lado.
El desconcierto fue total. ¿Se había cobrado o no? ¿Había que volver a pagar? Hubo quien tardó días en ver la devolución, y quien no encontró correo de anulación alguno: el aviso apareció en la bandeja de entrada o directamente en la carpeta de spam. Un forero aventuró que les reclamarían los
100,18 euros que faltaban para completar el importe teórico del aparato.
¿Puede Leroy Merlin cancelar un pedido ya pagado?
Depende de a quién se pregunte, y ahí está el núcleo del asunto. La posición mayoritaria entre quienes siguieron el caso es que un error así resulta evidente y que ninguna tienda está obligada a vender a un precio ridículo. Hay sentencias que, según se citó en el hilo, respaldan esa lectura: el comercio no tiene que tragar si el desfase es notorio.
La corriente contraria sostiene justo lo opuesto: el precio anunciado obliga, y la cláusula del «error tipográfico» es papel mojado salvo que el desfase sea insultante. Un coche por 20 euros no cuela; un atornillador de 11 cuando el comparable ronda los 200, ya es más discutible. Nadie ha ganado todavía esa discusión en un juzgado por este caso concreto, y el asunto quedó exactamente ahí.
Hoja de reclamaciones, OMIC y el arbitraje que la empresa puede rechazar
El descontento se canalizó en dos direcciones. Una, la reclamación formal: pedir la hoja en tienda, quedarse la copia y llevarla a la oficina municipal de consumo. Otra, la queja pública en redes y en las propias tiendas.
Varias personas presentaron hojas dirigidas a consumo de su comunidad después de que el personal de tienda ofreciera devolver el dinero en lugar de entregar el producto. La respuesta que recogieron fue siempre la misma: el pedido lo gestiona la plataforma online, no el establecimiento. En algún caso, el jefe de tienda comprobó el stock y no encontró unidades disponibles.
Lo que apenas se menciona es el final previsible de ese camino. Un forero recordó que el sistema de consumo ofrece un
arbitraje voluntario al que la empresa puede negarse y consideró que negarse sale gratis. A su juicio, para la administración una gran superficie es un contribuyente con un IBI muy abultado, no una urgencia, y el porcentaje de reclamaciones que acaba en algo distinto del archivo es mínimo.
Devoluciones sin disculpa y la campaña que nadie hizo
Con el paso de los días, los cargos empezaron a revertirse. Sin aviso, sin correo de anulación, sin una línea de disculpa. Hubo quien supo que le habían devuelto el dinero porque lo vio aparecer en la cuenta, nada más.
Ahí se concentró la crítica más repetida: no era el atornillador, eran las formas. Se argumentó que otra gran plataforma, en una tesitura parecida, habría mantenido el precio de lo ya pagado o al menos se habría deshecho en disculpas. Un forero sostuvo que una compensación simbólica —un descuento, una nota, cualquier detalle— habría costado cuatro duros y valía una campaña de imagen impagable. No hubo ni eso.
Y no, nadie ha confirmado haber recibido el aparato. Circuló la historia de alguien que decía haber comprado diez unidades y revendido, pero nadie apareció a verificarlo. La única realidad comprobable es un producto que existía en el catálogo, un precio que no, y una ristra de pedidos convertidos en nada.
Once euros que van y vienen de la cuenta no arruinan a nadie. Lo llamativo es que una empresa del tamaño de Leroy Merlin prefiriera esa molestia a un par de disculpas bien puestas.