La ola de calor que, según un forero, la AEMET falló cuatro días de siete
Lunes 4 de agosto, predicción de 39 grados, termómetro real 39,8. Martes, 39 clavados. Miércoles, 37,6 frente a los 39 anunciados. El arranque de la gran ola de calor que iba a abrasar España cuadraba casi al decimal. El problema llegó el viernes 8: la previsión marcaba
41 grados y el mercurio se quedó en 35,3. Seis grados de nada. El sábado, 42 anunciados y 38,8 reales. El domingo, 44 previstos y 41,3. Cuatro jornadas de siete con desviación al alza, todas en la misma dirección.
La pregunta que sobrevoló el balance fue sencilla: ¿qué modelo usa la AEMET para equivocarse siempre hacia arriba? Porque un sesgo sistemático, sostiene el análisis más duro, no es un error técnico, es una decisión. Y si el modelo tuviera ese sesgo, lo lógico sería corregirlo.
Qué falló exactamente en la predicción de la ola de calor
El recuento es elocuente. Tres días clavados o casi (lunes, martes y jueves), un fallo moderado el miércoles y tres desviaciones severas al alza de viernes a domingo. La suma dibuja un patrón incómodo: cuando el modelo se equivoca, se equivoca calentando el ambiente. No hay un solo día en que la predicción quedara por debajo de la realidad.
Hay quien matiza que la previsión se emite para una localidad concreta y que la orografía introduce variaciones de varios grados entre pueblos separados por cinco kilómetros. Es cierto y es el argumento más razonable. También es cierto que una desviación de seis grados no la explica un valle.
El relato de la ola de calor frente a los termómetros
La sospecha de fondo no es meteorológica, es comunicativa. Durante una semana se machacó con la ola de calor, con avisos y con titulares de infierno, y luego resultó que el calor insoportable llegó tarde. El primer día que en Sevilla se superaron los 40 grados fue precisamente el que cerraba ese ciclo de avisos.
Otra vez.
El contraste con el resto del verano alimenta la tesis. En julio, los mismos canales repetían que las temperaturas estaban por debajo de lo normal, con días hasta diez grados por debajo de la media. Ahora, cualquier décima se convierte en récord histórico. La asimetría —fresco cuando toca fresco, apocalipsis cuando toca apocalipsis— es lo que más incomoda.
Los datos de Sevilla que desmontan el récord
El repaso histórico del aeropuerto de Sevilla desinfla la épica. En 1994 se superaron los 40 grados en 16 días, con máxima de 43,9. En 1995 fueron 15 días y 46,6 de pico. En 2022, 20 días y 44,8. En 2023, 18 días y 43,7. En 2024, 8 días y 42,2. Este año, entre julio y agosto, se han contado 9 días por encima de 40, con un máximo de 44,2.
La conclusión es incómoda para los dos bandos: el calor existe, es intenso y está dentro de la serie histórica. El récord absoluto de Sevilla cumple 30 años sin romperse. Ni siquiera se ha batido el registro de 2021, cuando se llegó a 44,9. La ola de calor más anunciada no ha sido la más calurosa.
El aire acondicionado y la memoria del calor
Hay una explicación menos conspirativa: nos hemos desaclimatado. En 1980 la gente se comía el calor de sol a sol, sin aire en casa, en el coche, en la oficina ni en el comercio. Hoy pasamos de burbuja en burbuja y los diez minutos de calle se hacen insoportables. La percepción sube aunque el termómetro no.
Otra parte del análisis mira a los datos de fondo. En el valle del Ebro, las series de junio, julio y agosto de los setenta, ochenta, noventa y dos mil muestran una subida evidente de máximas, mínimas y medias. En Madrid, la horquilla normal de la infancia era 33-35 grados; hoy 36-38 es lo corriente. En La Mancha, el listón del mucho calor pasó de 35 a 40. En el Alto Ebro, en cambio, las mínimas de Vitoria siguen bajando de 15 grados y las noches tropicales brillan por su ausencia.
El cierre del episodio dejó un titular menos épico del esperado: los modelos acertaron los tres días de verdadera tralla, el máximo se quedó en 44,2 y el récord absoluto de Sevilla sigue intacto desde hace tres décadas. La ola de calor existió. El récord, no.