El vídeo de Bilbao reabre el pulso sobre la autodefensa
Un grupo de jóvenes se acerca a un padre que empuja el carrito de su bebé. No hay golpes, no hay gritos visibles. Uno de ellos esconde algo en la espalda. El hombre no corre —no puede, con el carrito delante— y tampoco se enfrenta. El vídeo, grabado en Bilbao y de menos de un minuto, se ha difundido por redes y ha bastado para reabrir un debate que nunca termina de cerrarse:
qué se supone que debe hacer alguien que va con un niño cuando se le echa encima un grupo.
Antes de las conclusiones, la falta de información. No consta qué ocurrió antes ni después, no hay denuncia pública conocida y nadie ha confirmado qué llevaba uno de los jóvenes en la mano. Sobre ese vacío se ha construido, en tiempo récord, una montaña de certezas.
¿Sirve un arte marcial contra cuatro personas y un cuchillo?
La respuesta que domina es tajante: no. El razonamiento se repite en casi todos los análisis. La distancia, cuando hay varios y el espacio es una acera estrecha, resulta imposible de gestionar; basta que uno te rodee para que cualquier técnica aprendida en un gimnasio se quede en nada.
Cuatro tipos y un filo es una ecuación que casi nadie cree ganable.
El ejemplo que circula como prueba es un experimento que se hizo viral hace tiempo: se puso a los mejores especialistas en defensa personal —entrenadores de artes marciales mixtas, exmiembros de fuerzas especiales— frente a un chaval con un cuchillo de goma pintado para marcar los impactos. Tenían un minuto para salir airosos. «Salían con una media de treinta puñaladas, era patético», se recuerda. La lección que se extrae es incómoda: contra un arma blanca,
la formación reduce el riesgo, no lo elimina.
La navaja, la ley y esos 11 centímetros
Aquí el terreno es resbaladizo. Hay quien defiende llevar un arma de defensa personal como seguro de vida y quien recuerda que hacerlo es, en sí mismo, un problema legal. El argumento más repetido es que, si un particular se arma, debería hacerlo «al máximo legal, que creo que son
11 cm», y que cualquier herramienta pensada para intimidar sirve de poco frente a alguien dispuesto a usarla antes.
Las opiniones se cruzan con las anécdotas. Un instructor de karate de casi 70 años al que, según el relato, un joven le sacó una navaja acabó con el atacante en el suelo y la muñeca rota. Un solo caso, en cualquier caso, no rebate la impresión general de que la pelea se pierde casi siempre antes de empezar.
Defenderse y acabar detenido
Uno de los temores más repetidos es el del propio sistema legal: la idea de que quien se defiende puede acabar imputado por hacerlo. El reproche, duro con la administración, parte de considerar que la autodefensa se castiga mientras el problema crece en la calle. Es la clásica queja de que el Estado ampara al agresor y desampara a la víctima, aquí sin pruebas concretas más allá de la percepción.
En paralelo asoma la versión opuesta: que un padre no tiene obligación alguna de jugarse la vida por dignidad. «Mejor que te maten defendiéndote que que te maten por no hacer nada», sostiene una postura que otras rechazan por temeraria cuando hay un bebé delante.
La venganza diferida, el desahogo más citado
Cuando no se puede responder en el momento, el relato salta al
después. Un caso que se cuenta con detalle es el de un hombre al que una noche le pegaron cuatro desconocidos delante de su pareja; dejó a su novia en casa, cogió la moto con el casco puesto y un bate, siguió al agresor hasta su portal y le cobró la deuda sin decir una palabra. La conclusión implícita —peligrosa por lo que tiene de justificación— es que siempre hay un mañana para ajustar cuentas.
Es la fantasía que sobrevuela todo el asunto: la de que el problema se resuelve a golpe limpio, cuando la realidad del vídeo es mucho más gris. El padre hizo lo único sensato que podía hacer, y su sensatez no arregla nada.
Lo que el vídeo no resuelve
Las probabilidades que se manejan en el propio debate son tan subjetivas como un cara o cruz. Un comentario cifra en un
50% el riesgo de que al hombre le ocurriera algo; otro asegura que, si hubiera plantado cara, el desenlace habría sido malo con un
99% de seguridad. Nadie aporta una fuente.
Con estos mimbres, es previsible que el número de vídeos parecidos siga creciendo —la cámara del móvil convierte cada incidente en escaparate—. Y es igual de previsible que aumente, en paralelo, la tentación de salir de casa armado con algo. Si eso mejora la convivencia en las calles o la empeora es una pregunta que el próximo vídeo, casi seguro, volverá a dejar sin contestar.