Willow reabre el debate sobre la criptografía de Bitcoin
El chip cuántico Willow de Google, con un español —Sergio Boixo, natural de Vegas del Condado (León)— como pieza clave, ha reabierto una pregunta que llevaba años aparcada: ¿cuánto le queda a la criptografía que sostiene internet y, de paso, a Bitcoin? La discusión no es nueva, pero el anuncio del procesador ha vuelto a poner sobre la mesa un escenario que hasta ahora se trataba como ciencia ficción: que un ordenador cuántico sea capaz de romper las claves que hoy protegen desde la banca online hasta las carteras de criptomonedas. En el centro del cruce, una cifra que se repite:
los 256 bits de Bitcoin y la distancia real que los separa de una máquina capaz de tumbarlos.
Qué es Willow y por qué se ha convertido en el nuevo fantasma
El punto de partida es un procesador cuántico presentado por Google en el que ha trabajado el ingeniero informático y doctor en Física Sergio Boixo. La noticia, publicada por
El Debate, subraya la aportación española al proyecto y ha servido para reactivar un temor recurrente: que la computación cuántica deje obsoleta la criptografía clásica antes de lo previsto. Hay quien lo resume con sorna: «la computación cuántica son los padres», una forma de decir que se anuncia cada pocos años y nunca termina de llegar al mercado. Otros, en cambio, sostienen que el salto ya está aquí y que el problema no es Bitcoin, sino todo lo que depende de RSA y algoritmos similares.
La discusión derivó rápido hacia el terreno práctico. Si un ordenador cuántico puede descifrar «casi instantáneamente cualquier algoritmo», como sostiene una de las posturas más alarmadas, el escenario no sería solo la caída de las criptomonedas: caerían las contraseñas, el correo, las redes sociales y la banca. La respuesta escéptica llega con números: para romper una clave de 256 bits harían falta
3170900 sextillones de años partiendo de una máquina que tardase un segundo en romper una de 90 bits. El cálculo, repetido en distintos mensajes, es el principal argumento de quienes creen que el pánico está injustificado.
¿Puede un ordenador cuántico romper Bitcoin?
La respuesta corta es que hoy no, y la larga depende de a quién se le pregunte. Los defensores de la calma señalan que los ordenadores cuánticos capaces de tamaña hazaña —del orden del millón de cúbits— no existen y, de momento, solo están en la imaginación de quien los anuncia. Frente a eso, la corriente pesimista recuerda que, según una información difundida, Google habría afirmado que el cifrado RSA de 2.048 bits es «un juego» para sus máquinas y que lo descifrarían en menos de una semana. La contradicción entre ambas afirmaciones —una habla de décadas, la otra de días— es el corazón del desacuerdo.
Hay un matiz que suele pasarse por alto: el ataque no tendría por qué ir contra la red, sino contra las carteras. Quien tenga la
blockchain descargada en su equipo puede, en teoría, generar semillas aleatorias y comprobar sin conexión si alguna tiene fondos. Hoy es inviable por tiempo; mañana, no. Ese vector —la fuerza bruta offline— es el que más preocupa a quienes ven en Bitcoin un problema de seguridad a largo plazo, más allá de su valor como reserva.
La carrera por la criptografía post-cuántica
La pregunta que sobrevuela el asunto es qué se está haciendo para blindar los sistemas antes de que llegue la máquina capaz de tumbarlos. La respuesta técnica existe: hay algoritmos resistentes a la computación cuántica, y el NIST trabaja en estándares como CELL o Falcon. El problema no es la tecnología, sino el calendario. El lapso entre que aparezca la primera máquina funcional y se implante a toda prisa la nueva criptografía sería, según admiten incluso los más optimistas, traumático.
En ese intervalo, la banca online, las comunicaciones militares y cualquier dato cifrado quedarían expuestos. No es un escenario nuevo: la informática ya vivió transiciones similares, como el paso de telnet a ssh. La diferencia es la escala. Un salto de capacidad de cálculo como el que promete la computación cuántica no se asimilaría de golpe sin un apagón de por medio, y ahí es donde el debate se vuelve realmente incómodo.
El escepticismo como postura dominante
Pese al ruido, la corriente mayoritaria en el análisis es la prudencia. Los anuncios de máquinas «billones de veces más potentes» se reciben con la misma cara que los de la fusión nuclear comercial: se celebran, se archivan y se espera. La comparación con el efecto 2000 —aquel apocalipsis informático que se resolvió con un parche— sirve a muchos para relativizar el alarmismo.
La duda razonable no es si la computación cuántica llegará, sino cuándo y con qué capacidad real. Mientras tanto, Bitcoin sigue funcionando con la misma criptografía que hace una década, y los que llevan años anunciando su muerte por esta vía siguen esperando. La pregunta, al final, no es si Willow puede con Bitcoin, sino cuánto tardará alguien en demostrarlo con una máquina que exista de verdad.