La crisis de jubilación que aleja a los jóvenes del capitalismo
Un veinteañero con contrato temporal hace dos cuentas: la de la hipoteca que no llega y la de la pensión que no verá. Larry Fink, consejero delegado de
BlackRock, ha convertido ese cabreo en el eje de su carta anual. Su diagnóstico es que la «crisis de jubilación» puede terminar de romper el vínculo entre los jóvenes y el capitalismo. Su receta: replantear el sistema, revisar si los
65 años siguen siendo la edad adecuada para retirarse y dejar que la solución llegue desde los mercados de capitales.
La lectura de ese mensaje tiene poco de ingenua. Si la mayor gestora de fondos del planeta dedica su carta anual a las pensiones, es porque el negocio depende de que alguien siga aportando y de que alguien siga creyendo en la noria.
Qué dice Fink y por qué el aviso llega ahora
Fink alerta de que la falta de relevo generacional amenaza el sistema tal y como está montado, según la lectura que del mensaje hacen los participantes. La consecuencia práctica que se apunta, si nadie cree en él, es que la gente deje de aportar y de invertir; la financiera, que se rompa la cadena que sostiene a quienes ya están jubilados.
Hay quien lee el aviso como un diagnóstico sincero y quien lo lee como el primer movimiento de una partida muy concreta: instalar en el discurso público que las pensiones públicas no son sostenibles y que la salida es privada. Las dos lecturas conviven sin resolverse.
El capitalismo que, dicen, nunca fue capitalismo
La respuesta más repetida es una corrección de vocabulario. Lo que se ha practicado las últimas tres décadas no es capitalismo de libre mercado, sostiene esta corriente, sino justo lo contrario: consumo desmedido financiado con tipos de interés intervenidos y una reserva fraccionaria que se ha permitido legalmente y que, en su opinión, debería ser delito. El fundamento del sistema —añaden— es el ahorro, y lo incentivado ha sido la deuda.
El argumento se apoya en el peso normativo, con las cifras que se citan en el hilo: España publica
900 leyes y 960.000 páginas de regulación al año; solo en 2016, Estado y autonomías aprobaron 681 nuevas normas y 895.820 páginas. Entre 1970 y 2016 se acumulan
41.336 normas estatales, a un ritmo medio de 900 leyes anuales. Con ese volumen, el marco deja de ser el terreno de juego y pasa a ser el juego entero.
Keynes aparece en casi todas las versiones del argumento. Unos lo citan para recordar que él mismo advertía de los límites de su receta; otros, para señalar que la manipulación de sus textos sirve hoy de coartada a políticas económicas que consideran sin sentido. Late una distinción que se repite:
capitalismo productivo frente a capitalismo financiero, mezclados a propósito para que se confundan los responsables del destrozo.
La riqueza que se mudó a Asia
Si occidente tiene un problema de base productiva, hay quien sostiene, con un cálculo que circula en el hilo, que
1.400 millones de personas viven en países cuyo presente y futuro es incomparablemente mejor que hace treinta años. La riqueza mundial no se ha destruido, se ha cambiado de marco geográfico. El traslado de la producción habría dejado aquí un solar y, con él, menos tejido industrial con el que pagar pensiones.
La consecuencia que se apunta no es un rescate, sino lo contrario: un desmantelamiento gradual del sistema público de pensiones, con recortes de gasto disfrazados de reforma técnica.
ESG: planificación central con otro nombre
Buena parte de las críticas apunta al ESG, los criterios ambientales, sociales y de gobernanza. Se sostiene que BlackRock ha sido su gran promotor y que el resultado es planificación central disfrazada de buena conciencia: malinversión, corrupción, ineficiencia, destrucción de competidores y barreras de entrada. En esa lectura, la gestora no está preocupada por el capitalismo, sino por haber tenido éxito sustituyéndolo por otra cosa sin decirlo.
Conviene tratarlo como lo que es: una interpretación lanzada sin pruebas en el material disponible. En el hilo también se afirma que una sociedad con participaciones en medio mundo puede mover mercados con una circular, sin que el material lo demuestre.
Quiet quitting y consumidor cabreado
El otro frente es el del comportamiento. La generación que se desentiende de la carrera de la rata no produce dividendos, y el fenómeno tiene nombre en la jerga:
quiet quitting. Si esos mismos jóvenes pudieran ahorrar lo suficiente para una vivienda, seguirían remando sin rechistar. El problema no sería ideológico, sino de aritmética doméstica.
La hipótesis alternativa es menos amable con las grandes marcas: quienes la defienden sostienen que el consumidor ha aprendido a castigar a quien le da lecciones. El
go woke, go broke funcionaría como amenaza para compañías que construyeron su valor sobre un público que ahora se les da la vuelta, y eso también entraría en el cálculo de quien gestiona el ahorro ajeno.
El dato que descoloca
En el trasfondo circula en el hilo una cronología no verificada: en junio de 2019, el Banco de Pagos Internacionales habría advertido en su informe anual de un sobrecalentamiento financiero, y el 9 de agosto de ese año el interés del préstamo interbancario a 24 horas habría llegado a estar al
100%. Forma parte de un relato del foro que sostiene que el confinamiento no tuvo que ver con un asunto sanitario, y no hay en el material nada que lo respalde.
Con ese precedente, la carta de Fink se lee de otra manera. La pregunta ya no es si los jóvenes dejarán de creer en el capitalismo, sino qué se sigue llamando capitalismo cuando quien mueve los hilos avisa de que el relevo se agota.