La abstención y el relato que no se mueve
El 28 de mayo de 2023, con las urnas abiertas, el dato que se impuso no fue un resultado sino una ausencia. En la Comunitat Valenciana la participación a las 14 horas se quedó en el
43,68%, inferior al registro de 2019. En
Cataluña, el propio debate daba por hecho que ni la mitad del censo había votado, aunque ningún dato oficial lo confirmaba. La abstención dejó de ser una curiosidad de sociólogos y se convirtió en titular.
La pregunta de fondo no es si hay cabreo —lo hay, y bastante— sino qué se hace con él. Porque una cosa es no votar y otra muy distinta creer que no votar sirve para algo. Ahí empieza el lío.
¿Qué participación se registró en la jornada del 28M?
El único dato concreto que se puso encima de la mesa fue el de la Comunitat Valenciana:
43,68% a las 14 horas, por debajo de la cifra de 2019. Cataluña aparecía sin un porcentaje oficial en el material que circulaba. Lo que sí se repite es la lectura de que una parte muy amplia del censo se quedó en casa, sin dato oficial que lo respalde.
Ahí asoma la primera contradicción: la baja participación no invalida por sí sola ningún resultado. Y en cada convocatoria alguien repite el mantra de que
no votar no computa. El problema es que no computa para nada de lo que importa: no resta escaños, no anula la sesión y no obliga a repetir la votación.
Los números que rompen el relato de que cada voto cuenta
Si el voto individual pesara lo que dice el manual, la aritmética debería ser proporcional. No lo es. En Madrid, el PP de
Isabel Díaz Ayuso perdió alrededor de
40.000 votos respecto a la cita anterior y aun así sumó
seis escaños más hasta alcanzar la mayoría absoluta. Menos apoyo, más poder.
En Castilla-La Mancha hay tres partidos con representación parlamentaria y los votos del PP y VOX suman más que los del PSOE. Gobierna el PSOE, por mayoría absoluta. En Andalucía, en los comicios del año anterior el PP sacó
1,6 millones de votos de un censo de
6,6 millones y gobierna con mayoría absoluta. La traducción de votos a escaños y de escaños a Gobierno tiene poco que ver con la suma de voluntades.
Qué significa eso para el abstencionista de a pie: que su ausencia no mueve ninguna de esas piezas. La abstención no es un voto en contra, es un hueco. Y los huecos no se cuentan.
¿Sirve de algo no ir a votar? El pulso entre abstención y voto roto
Aquí el análisis se parte en tres. Una corriente defiende que la abstención es la única herramienta real de deslegitimación: si la mitad del censo no avala el resultado, quien gobierna lo hace sobre una base coja. Otro bloque responde con frialdad aritmética: no hay ningún umbral de participación que invalide nada, los resultados se proclaman igual y el que no vota deja que decidan los que sí.
Y hay una tercera vía que ha ganado terreno: la llamada
abstención activa, una etiqueta que circula en redes y que propone plantarse ante la urna para romper el voto en lugar de quedarse en casa. La idea es hacer visible el rechazo sin regalar el hueco.
El historial no ayuda a decidir. Un usuario recordaba que el
referéndum de 2006 sobre el Estatut se aprobó con una abstención del
50,5% y que nadie lo declaró inválido. La falta de participación se ha usado como arma política muchas veces y como causa de nulidad, ninguna.
Quién vota cuando la participación se hunde
Una tesis que se repite sostiene que, cuando el censo se encoge, el votante que queda tiene un perfil muy concreto: pensionistas, funcionarios y empleados públicos, más los propios políticos y su entorno. No es un dato verificado, es una intuición que circula y que explica parte del cabreo. Si el que vota es el que cobra del sistema, el incentivo para no cambiar nada resulta evidente.
El corolario tiene dos caras. Para unos, votar solo sirve para legitimar la maquinaria y alargar el
circo. Para otros, precisamente porque los que votan son los que tienen algo que perder, dejar de votar es entregarles el mando. Ninguna de las dos posturas se sostiene con datos duros, y ahí se atasca todo.
¿La abstención cambia algo en el reparto de escaños?
No. Los escaños se reparten igual, los grupos parlamentarios se constituyen igual y las mayorías se investan igual. Hay quien lo resume de forma exagerada: los diputados hacen lo que les marcan sus direcciones, voten el 0% o el 100% del censo. Es una hipérbole, pero describe una intuición muy extendida: la composición de las cámaras no depende de cuántos se queden en casa.
Fuera de nuestras fronteras el argumento se usa al revés: hay quien sostiene que en Estados Unidos la abstención es aún mayor y que casi nadie pone en duda la legitimidad del sistema. Esa comparación se lanza en los dos sentidos: sirve para rebajar la importancia del dato y para demostrar que la baja participación no es un fenómeno exclusivamente español.
Con estos mimbres, el cierre es incómodo. La abstención no tumba gobiernos, no invalida mayorías y no obliga a nadie a moverse. ¿Por qué, entonces, cada convocatoria se vive como si fuera la última?