Por qué los jóvenes se suicidan: ecoansiedad y divorcios
Cada vez que alguien de menos de treinta años se queja, reaparece la frase que muchos oyeron en casa: «una guerra tendríais que haber pasado». Hace falta muy poco para entender por qué esa sentencia irrita. Entre el alquiler que se come el sueldo entero, un mercado laboral que premia la temporalidad y la sospecha de que el futuro viene pinchado de fábrica, el malestar juvenil ha dejado de ser una impresión privada y se ha convertido en materia de disputa pública. En el centro del pulso hay una pregunta incómoda: ¿están los jóvenes peor de la cabeza que sus mayores, o simplemente peor de todo lo demás?
¿Cuántos suicidios se registran en España y cuántos son jóvenes?
Alrededor de 4.000 personas se quitan la vida cada año en España, un país de 47 millones de habitantes, lo que según la comparación internacional que circula deja la tasa en el puesto 136 de 183 países. De ese total, unos 350 corresponden a menores de 30 años, menos del 10%. Con esas cifras sobre la mesa, hay quien sostiene que el fenómeno es una tragedia personal pero estadísticamente marginal, y que el foco en la juventud desvía la atención del grupo mayoritario: personas de edad avanzada, con enfermedades crónicas y poco margen vital. Otros replican que la proporción joven se agranda y que la lectura fría de los números sirve para no mirar.
Conviene añadir un detalle que enturbia cualquier comparación: la propia definición de joven. En el lenguaje corriente la juventud se estira hasta bien entrada la treintena, así que el mismo dato cambia de significado según dónde se ponga la raya. El desglose fino por edades, el que permite ver si el aumento se concentra en los tramos más tempranos, no aparece en los titulares, y quien lo busca tiene que ir a la fuente original.
La ecoansiedad como diagnóstico de una generación
El término que ha entrado con fuerza en la conversación es la
ecoansiedad. Un psicólogo infantil sostuvo que está haciendo estragos entre los jóvenes, y ese aviso se ha usado para dos cosas opuestas. Para unos confirma que la generación actual es más frágil: se recuerda que sus mayores crecieron con la capa de ozono agujereada, con hambrunas retransmitidas en bucle y con la amenaza nuclear como ruido de fondo, y no desarrollaron nada parecido. De ahí el apodo de
snowflakes, copos de nieve, con el que se describe a quien se rompe al menor roce.
La réplica no se hace esperar. Lo que ha cambiado, argumentan desde el otro lado, no es la resistencia de las personas sino el entorno: precariedad material, comparación permanente y una dieta informativa diseñada para mantener la alarma encendida. La discusión sobre si el problema es el individuo o el decorado recorre todo el intercambio y no se cierra.
Divorcios, precariedad y el final del «esfuérzate y lo tendrás»
Entre las causas que se señalan hay una que vuelve una y otra vez: la inestabilidad familiar. Se afirma que España es uno de los países con más separaciones y divorcios del mundo, y que eso deja huella en la psicología de los menores. La afirmación circula como diagnóstico, no como dato cerrado, y se apoya más en la intuición que en una serie verificada. A su lado aparecen los factores económicos: la imposibilidad de emanciparse, los sueldos que no cubren un alquiler y la sensación de que el pacto entre generaciones se ha roto.
El relato del esfuerzo como garantía recibe ahí su golpe más duro. Hay quien resume el desencanto con una ironía amarga: se prometió que casa, coche e hijos crecían en los árboles y solo hacía falta sacrificarse un poco. La factura llegó después. En paralelo, otra parte del análisis apunta a la propaganda —política, comercial, ideológica— como el verdadero factor de fragilidad, sobre todo en personalidades que aún no están formadas.
El choque entre quien culpa a la fragilidad y quien culpa al sistema
Aquí el diagnóstico se parte en dos. Una corriente pone el acento en la educación emocional, en la falta de aguante y en un discurso público que convierte cada incomodidad en trauma. La otra responde que el problema no es la debilidad individual sino un reparto que exprime a los que llegan: empleos precarios, vivienda inaccesible y una estructura de gasto que, según esta lectura, protege a los que ya están dentro. La consigna que mezcla IBEX 35, empleo público, pensiones y subvenciones en un mismo saco de privilegiados resume esa percepción, discutible y muy extendida. Los dos relatos compiten por explicar lo mismo y ninguno se deja refutar con facilidad, porque cada uno elige qué cifra mira.
¿Hay más jóvenes que se identifican fuera de la heterosexualidad?
Los datos de opinión añaden otra capa. Según el CIS, un 82,7% de las personas de 18 a 24 años se define heterosexual, frente a más del 90% en 2016. El aumento es notable y el reparto por sexos también: el número de chicas que se sitúan fuera de esa etiqueta ha crecido un 61%. La lectura varía. Para unos refleja una mayor libertad para declararse; para otros, el empuje de un marco ideológico que coloniza la identidad de los más jóvenes. Ninguna de las dos interpretaciones se sostiene sola con el dato en la mano.
Al final, la cifra que descoloca es la más aburrida: en un país donde la tasa de suicidio sigue siendo de las más bajas de su entorno, la conversación pública se ha instalado en la emergencia. Puede que el malestar sea real. También puede que el espejo que se le pone delante esté deformado. Lo único seguro es que los números completos están donde nadie los mira.