Degollado en plena calle el dueño de una inmobiliaria de Gijón
¿Qué lleva a un hombre de unos cincuenta años a apostarse en una esquina de Gijón, ir y venir durante un buen rato y degollar al dueño de una inmobiliaria al salir del coche? El crimen ocurrió en la intersección de las calles Peñalba y Campo Sagrado, delante de varios testigos. La víctima, F. J. R. T., de
55 años, propietario de la Inmobiliaria Golden Star, murió desangrado en la acera. Su agresor había acudido en varias ocasiones al negocio a reclamar un dinero que consideraba suyo.
Los testimonios recogidos por
El Comercio y
La Nueva España coinciden en un detalle que descoloca: el hombre no huyó. Se quedó plantado en medio de la calle, con el cuchillo en la mano, mientras la víctima se desangraba. Poco después era detenido.
Qué pasó en la calle Peñalba de Gijón
La escena duró lo que tarda un cuerpo en vaciarse. El agresor
estuvo esperando un rato, yendo de un lado a otro, hasta que F. J. R. T. abrió la puerta de su vehículo. Entonces se abalanzó sobre él y le asestó una puñalada en el cuello. «Ni siquiera echó a correr; se quedó en medio de la calle, cuchillo en mano, mientras el otro se desangraba», relatan quienes lo vieron.
El momento no pudo ser peor: coincidió con la salida de los centros escolares de la zona. Varios padres del alumnado del cercano colegio de la Inmaculada Concepción intentaron por todos los medios que sus hijos no presenciaran la escena, poblada de agentes uniformados y teñida de sangre. Un barrio entero convertido en testigo de un crimen a plena luz del día.
Quién es el detenido por el degollamiento
Los parroquianos del cercano Café Peñalba lo describieron antes de saber su nombre:
calvo, con barba y gafas, de unos cincuenta años. «Tendría unos cincuenta años, era calvo, con barba y gafas, y no le habíamos visto en la vida», relataron. Esa descripción circuló por el vecindario antes que la identidad oficial.
La investigación sigue abierta. Las autoridades no han detallado el móvil, y en el barrio han proliferado las teorías más peregrinas. Hay una que se repite más que ninguna: que el dinero que el hombre reclamaba no era una comisión de agencia, sino la vuelta de un préstamo.
¿Fue una venganza por usura? Las hipótesis que circulan
Nada de esto está probado. Lo único confirmado es que había un conflicto económico y que el agresor había ido varias veces a la inmobiliaria a reclamar lo que creía suyo. A partir de ahí, las versiones se multiplican y ninguna tiene todavía respaldo oficial.
Una de las más repetidas sostiene que detrás del conflicto había préstamos con intereses elevados, y que los deudores que no pagaban acababan perdiendo propiedades. Otra apunta a un asunto más personal, con un matrimonio roto de por medio y un afectado viviendo en una habitación realquilada. También circula la versión de que el detenido trabajaba en una carnicería y usó un cuchillo de su oficio. Son conjeturas, no hechos.
La usura, un delito que España dejó de perseguir
Lo llamativo es que el caso haya reabierto un debate que parecía enterrado. En España la usura pasó de estar
perseguida implacablemente por el Estado —así lo recogía el Decreto 779/1967, heredero del Fuero del Trabajo de 1938— a una situación en la que, según el análisis más crítico, los casos se han multiplicado sin freno.
El Código Penal de 1973 le dedicaba un capítulo entero, bajo el epígrafe
De la usura y de las casas. Hoy la conversación pública la trata como una rareza de otro siglo, cuando no como una simple operación financiera más. Ese salto entre lo que la ley castigaba y lo que la ley tolera explica buena parte del cabreo que recorre el asunto.
Un barrio conmocionado y una víctima descrita como servicial
Los vecinos no reconocen en la víctima a un tiburón del crédito. «Un chaval de lo más normal, muy agradable y simpático y muy servicial», lo definía el propietario del gimnasio situado justo al lado de la inmobiliaria, que salió a la calle y se encontró el cuerpo tendido en la acera. Llevaba años con el negocio en el barrio.
Ahí está la otra cara del caso. Mientras una parte del relato construye la figura del usurero, quienes lo trataban a diario describen a un vecino más. Las dos imágenes no tienen por qué ser incompatibles, pero tampoco encajan sin forzar. Y sobre esa contradicción, sin resolver, se ha quedado el barrio.
Lo que nadie va a recuperar
El detenido se enfrenta a una condena que, como recuerda la propia Constitución, debe orientarse a la reinserción. Si el cálculo le sale bien, cumplirá con techo, tres platos al día y tiempo de sobra para leer. Por un dinero que, en el mejor de los casos, se contaba en miles de euros. La aritmética es impecable y el resultado, lamentable.