Ibiza se harta de los influencers: ¿era mejor la isla de los 90?
El contraste entre la Ibiza de los 90 y la del presente es ya un clásico del verano, y ha vuelto a aflorar con fuerza en redes sociales. Enfrenta dos imágenes: la isla como refugio hedonista y la isla como plató de bailes coreografiados con el móvil en alto. En el centro del reproche está una escena repetida: gente pendiente de la reacción del público antes que de la música.
De la Bonanova al extrarradio con 50.000 seguidores
Hay un cambio de perfil social que no tiene nada de estético. La crítica sostiene que Ibiza ha pasado de atraer a un público de clase alta tradicional, con apellidos y barrios de referencia como la Bonanova, a llenarse de nuevos ricos digitales: personas que ya se creen alguien porque han alcanzado los 50.000 seguidores en redes sociales y convierten la isla en un plató. La denuncia alcanza al comportamiento: hay quien los describe como «robots», como si la presión por estar en cámara hubiera borrado cualquier atisbo de espontaneidad.
La nostalgia y su antídoto
La reacción escéptica no ha tardado en llegar. Frente a la idealización, se recuerda que la Ibiza de los 90 tampoco era una tertulia en el café Gijón con lo más granado de la intelectualidad española. Era otro público, pero con la misma pulsión por la moda y la apariencia. El argumento de fondo: la gente es la misma, solo ha cambiado el escaparate. Y entonces, como ahora, había quien prefería unos botellines y una caldereta en las fiestas del pueblo a la escena ibicenca.
La cuestión se atasca en un punto incómodo: ¿es peor la superficialidad digital actual que la superficialidad analógica de hace tres décadas? Medir autenticidad no es una ciencia exacta. Pero la sospecha de que el problema no sea Ibiza, sino la necesidad humana de aparentar, sobrevuela toda la conversación.