Bukele, el dilema: ¿seguridad o democracia en El Salvador?
¿Se puede llamar mejor presidente del mundo a quien ha metido en la cárcel al 5% de la población masculina de su país? La pregunta no es retórica y divide a quienes valoran la seguridad y quienes miden la salud democrática.
Quienes conocieron El Salvador antes de Bukele comprenden que la mayoría acepte que se sacrifiquen derechos de los maras o de la propia democracia. El hartazgo con la violencia explica el apoyo popular, incluso con organismos internacionales denunciando abusos. La seguridad se vende como bien superior, y el argumento funciona.
Propaganda o política de Estado
Otra corriente cuestiona la escenografía: una operación con gran eco en redes parece pensada para la propaganda más que para la gestión. La duda es si la economía salvadoreña puede permitirse ese despliegue, o si se está pagando imagen exterior mientras lo estructural sigue intacto.
El doble rasero internacional
La observación más afilada: la prensa trata la misma mano dura según el color del gobernante. Si es de izquierdas, dictador; si es de derechas y vasallo de Trump, estadista. El encarcelamiento masivo es motivo de admiración cuando lo aplica un aliado.
La factura pendiente
En el lado escéptico hay quien ve un bluff: meter entre rejas al 5% de los hombres tiene un coste que tarde o temprano llega, en forma de presupuesto y de familias rotas.
¿El mejor presidente del mundo? Depende de la unidad de medida. Si es la caída de homicidios, pocos discuten. Si es el precio de mantenerla, el éxito tiene forma de factura impagada.