Burgocentro: el centro comercial que el tiempo congeló en los 90
Hay centros comerciales que mueren y centros comerciales que simplemente dejan de vivir. El Burgocentro de Las Rozas pertenece a la segunda categoría: un recinto que conserva la distribución cerrada, las pendientes suaves y la decoración noventera de su época dorada, mientras a su alrededor el Gran Plaza 2 y el Heron City rebosan de gente. La escena, documentada en un reportaje fotográfico, muestra pasillos vacíos, comercios cerrados y una iluminación cálida que convierte el paseo en una experiencia
gostosa pero fantasmal.
El contraste es el dato. En un momento de máxima afluencia en los centros vecinos, el Burgocentro registraba «cuatro NPCs pululando y musiquilla ambiental de fondo», según el testimonio del autor del reportaje. La distribución, más cerrada que la de los complejos modernos, permite alojar más comercios distintos, pero muchos de ellos están cerrados o con una actividad mínima. La pregunta económica es evidente: ¿cómo se sostiene un recinto así?
Qué queda abierto en el Burgocentro de Las Rozas
La respuesta está en los servicios de proximidad. Un estanco 24 horas funciona como punto clave para la zona, y la farmacia del bajo se ha convertido en la más concurrida de Las Rozas, según un usuario. A ellos se suma un supermercado en la planta inferior. El resto es un paisaje de locales disponibles para alquiler, visibles en una inmobiliaria que opera dentro del propio centro.
El recinto mantiene una estética reconocible: buena iluminación, decoración navideña, tiendas retro con etiquetas fosforitas para los precios y una pasarela elevada que comunica las dos partes en que se divide el edificio. No hay escaleras mecánicas, solo escaleras convencionales y rampas que hacen subir de planta sin darse cuenta. La ausencia de escaleras mecánicas se ha señalado como un problema de accesibilidad para un perfil de cliente con movilidad reducida.
Del esplendor de los 90 a la decadencia actual
El Burgocentro no siempre fue así. En su momento albergó cines, discotecas, máquinas recreativas, un Burger King, tienda de golosinas, Pizza Hut, un centro de correo electrónico y una de las primeras tiendas de ordenadores de la zona, según recuerdos de quienes pasaron su infancia allí. Quienes pasaron su infancia allí recuerdan una pandilla de malotes junto a las recreativas y sesiones de cine que llenaban las salas.
La decadencia tiene fecha aproximada. El declive se aceleró cuando los centros comerciales de alrededor —Gran Plaza 2, Heron City— absorbieron el tráfico comercial. El patrón se repite en otros recintos de la Comunidad de Madrid: el Zoco de Majadahonda, Novotiendas, Alcalá Norte, La Rambla de Coslada o El Círculo de Torrejón. Todos comparten una mezcla de nostalgia y abandono que los convierte en objeto de exploración urbana.
El Zoco de Majadahonda y el Canguro: mismos síntomas
El Zoco de Majadahonda vivió su propio esplendor con cines Renoir y estrenos que llenaban la sala hasta la planta inferior. Hoy es un plató involuntario de serie noventera, con salas de suelo plano y butacas a medio metro de la pantalla. El Canguro, en Collado Villalba, nació como competidor del Zoco y su decadencia comenzó, según los testimonios, el mismo día de su inauguración. Llegó a tener cines que ya no funcionan.
El patrón se repite: centros que fueron referencia comarcal y que hoy sobreviven gracias a un puñado de servicios esenciales. En el caso del Burgocentro, la combinación de estanco, farmacia y supermercado mantiene un flujo mínimo de clientes. El resto es silencio, música ambiental y locales vacíos.
Por qué los centros comerciales de los 90 no se adaptan
La distribución cerrada y las pendientes suaves que caracterizaban a estos recintos han quedado obsoletas frente a los modelos actuales, más abiertos y con mayor oferta de ocio. La falta de escaleras mecánicas, la ausencia de grandes cadenas y la competencia de complejos vecinos más modernos explican la situación. Hay quien sostiene que el volumen de consumo ya no permite mantener tantos espacios comerciales simultáneamente. En contra pesa el argumento de que la población de la zona no ha dejado de crecer.
El fenómeno no es exclusivo de España. En Estados Unidos los centros comerciales llevan años en decadencia, con recintos abandonados que se han convertido en símbolo de un modelo agotado. La diferencia es que allí el fenómeno es masivo y aquí, por ahora, se concentra en recintos concretos de la periferia madrileña.
El futuro incierto de los centros comerciales madrileños
La pregunta que queda sin respuesta es si estos recintos tienen salvación o si están condenados a convertirse en espacios residuales. Algunos han apostado por reconvertirse: La Vaguada, remodelada, sigue siendo exitosa. Otros, como el Burgocentro, parecen haber elegido la resistencia silenciosa. Con la competencia de los grandes complejos y un modelo de consumo que premia la experiencia sobre la compra, la predicción más razonable es que sobrevivan los que encuentren un nicho de servicios esenciales. El resto, probablemente, seguirá ahí, congelado, esperando a que alguien decida qué hacer con ellos.