La sanidad pública se queda sin médicos hombres
En los centros de salud españoles cada vez hay menos médicos varones. La percepción es que las plantillas se han feminizado por completo, especialmente en atención primaria, y que los pocos hombres que quedan se concentran en especialidades técnicas o en trabajos físicos. La queja no es solo estética: hay quien sostiene que la atención que reciben los pacientes hombres por parte de médicas mujeres es sistemáticamente peor, más hostil y menos resolutiva. El fenómeno se extiende a educación, justicia y administración, y algunos lo atribuyen a las políticas de cuotas y a una supuesta discriminación positiva que habría superado el 50% de mujeres en estos sectores.
El último médico de familia se jubila y no hay relevo
La atención primaria es el eslabón más visible del problema. Los médicos de familia hombres, según los testimonios, han pasado a la historia. Cuando uno se jubila, su plaza la ocupa una recién graduada. En los centros de salud y hospitales, las administrativas, enfermeras y médicas son mujeres en una proporción que algunos calculan de tres a uno. Los dentistas siguen el mismo camino: en las clínicas, la recepcionista, la higienista y la odontóloga son mujeres; los hombres solo aparecen en implantes u ortodoncia. La consecuencia, dicen, es que los hombres quedan relegados a trabajos duros y físicos: minas, camiones, obra. Trabajos peligrosos que no valen para todo el mundo.
¿Atención de peor calidad para los pacientes hombres?
La acusación más repetida es que las médicas mujeres atienden mal a los hombres. No es una queja aislada: hay quien afirma que en general las mujeres atienden bien a las mujeres pero mal a los hombres, y que esto es especialmente cierto en lo público, donde no se juegan el empleo. En lo privado, en cambio, el trato mejora porque peligra el puesto. Se describe un odio feminista que se intensifica y que se traduce en caras de asco, desatención y negación de servicios. Las más señaladas son las profesionales de más de 40 años, a las que se atribuye un resentimiento especial hacia los hombres. La conclusión de algunos es que la
sanidad pública se ha convertido en un lugar hostil para el paciente varón.
Las cuotas y la ley de paridad: el 50% se queda corto
El dedo acusador apunta a las políticas de igualdad. Se argumenta que la ley de paridad ha forzado la contratación de mujeres hasta superar el 50% en sectores como sanidad y educación, donde ya son minoría los hombres. En la empresa privada, sostienen, ocurre lo mismo: se asciende solo a mujeres o se contratan exclusivamente mujeres en todas las vacantes para no perder subvenciones. Cualquiera que haya tenido un puesto de responsabilidad en una empresa española lo habría visto. La pregunta que flota es dónde queda la igualdad cuando el péndulo ha pasado de discriminarlas a ellas a discriminarlos a ellos. Algunos piden cuotas para varones en sanidad y educación. Otros van más lejos: que se renombre la ley de paridad como ley de disparidad.
El paro femenino y la paradoja de la escasez
Si las mujeres copan la sanidad, la educación y la administración, ¿cómo se explica que haya medio millón de mujeres en paro más que hombres? La contradicción queda sin resolver. Unos apuntan a que los sindicalistas no cuentan como hombres, otros a que la estadística esconde trabajos precarios. Lo cierto es que la percepción de que los hombres son discriminados en el empleo público choca con los datos de desempleo. La brecha persiste y nadie da una explicación que cuadre.
La cámara como escudo y la IA como diagnóstico
Ante la hostilidad percibida, algunos recomiendan grabar todas las interacciones con el personal sanitario. La cámara, dicen, es lo único que defiende al hombre ante el Estado y las mujeres. Si se junta Estado y funcionaria, es obligatorio grabar y luego querellarse. Otros replican que presentarse con una cámara visible es buscarse problemas y que lo inteligente es usar una cámara espía. En paralelo, surge el debate sobre la inteligencia artificial en medicina: hay quien defiende que una IA diagnostica mejor que un médico de familia, mientras otros responden que los modelos de lenguaje no razonan y que están entrenados sobre la misma bazofia de diagnósticos. La conclusión pesimista es que la IA podría ser incluso peor que las médicas.
La percepción de que la sanidad pública se ha feminizado por completo y de que los hombres son discriminados en ella es hoy una corriente de opinión extendida. Si la tendencia continúa, es probable que la brecha de género en el empleo público sanitario se acentúe, aunque nadie sabe si eso mejorará o empeorará la atención. Los datos de paro femenino, por ahora, no cuadran con el relato.