El consumo de pescado y fruta fresca se hunde un 30% en España
El consumo de alimentos en España ha caído de forma general y muy especialmente en los productos frescos. El pescado ha perdido un 30% de su presencia en la dieta de los hogares en la última década, la fruta fresca otro 30%, y España lidera incluso la caída europea en estos productos. La carne también pierde protagonismo. Detrás de la cifra hay dos motores que se refuerzan: la inflación sostenida en los precios de los alimentos y un cambio de hábitos que empuja hacia lo precocinado y lo rápido.
Qué productos caen y cuánto
El pescado y la carne han perdido el gran protagonismo que tenían en la mesa española. El descenso del pescado ronda el 30% en una década, y la fruta fresca se mueve en una magnitud parecida. En frutas y hortalizas frescas, España no solo cae: lidera la caída en Europa. El aceite de girasol y el vino completan la lista de productos con menor consumo, en ambos casos con el aumento de precios como sospechoso principal.
El gasto total en alimentos puede haber subido por la inflación, pero el volumen que cada persona consume ha bajado ligeramente. Es la paradoja clásica: se paga más por menos. Y no es solo cuestión de bolsillo. Los hogares tiran cada vez menos comida —el desperdicio alimentario cayó un 4,4% en 2024—, una respuesta lógica cuando llenar la nevera cuesta lo que cuesta.
¿Es más barato comer precocinado que cocinar en casa?
Aquí el análisis se parte en dos y ninguna de las dos mitades convence del todo. Una corriente sostiene que el ultraprocesado es hoy la opción más barata: una pizza refrigerada por dos o tres euros, una lasaña de marca blanca por 2,99, un kilo de manzanas o peras por tres o cuatro, un paquete de croissants por 1,50. Frente a eso, un bistec de ternera o pescado con ensalada y fruta hecho en casa se va a 12 euros por persona, sin contar aceite, cebolla, tomate y ajos para el sofrito. El kilo de ternera, entre 15 y 20 euros; el de casi cualquier pescado, entre 8 y 20.
La objeción llega con la comparación bien hecha. Un kilo de ternera comprado y cocinado en casa no se puede medir contra un plato de canelones congelados: son magnitudes distintas. La comparación honesta es kilo contra kilo, plato contra plato. Y ahí el cálculo cambia: los canelones caseros, por el mismo precio, dan para tres o cuatro platos. El reparto a domicilio, además, encarece cualquier plato hasta extremos que no resisten un análisis serio. La discusión, en el fondo, no es de precios sino de qué se compara con qué.
El cambio de hábitos que tira del consumo
La otra pata de la caída es el cambio de costumbres. Se consumen más platos preparados y menos alimentos frescos, por rapidez, por falta de tiempo o por simple agotamiento. En algunos barrios, la pescadería del supermercado ha quedado reducida a un espacio casi testimonial mientras crecía la zona de comida preparada. La escena se repite: menos mostrador de género fresco, más lineal de bandejas listas para calentar.
Hay quien lo atribuye a la pereza y quien lo atribuye a la falta de dinero. Las dos cosas pueden ser verdad a la vez, y de hecho lo son en muchos hogares. Lo que no cuadra es el relato de que el precocinado se impone porque es más barato, cuando en varios formatos sale más caro que cocinar. La comida hecha gana por tiempo, no por precio.
La letra pequeña: renta, estatura y dieta
El debate deriva hacia el medio plazo y ahí se pone interesante. Se apunta a que en dos décadas se notará en la estatura media, no por genética sino por nutrición: las familias con menos margen alimentan a los suyos a base de arroz y pasta, y eso deja huella física. La comparación histórica que se maneja es que en 1936 la estatura media rondaba los 165 centímetros y el salto posterior se explica, en buena parte, por la riqueza que trajo el petróleo y que transformó la dieta: más carne, más huevos, más leche, más pescado.
La pregunta incómoda es qué pasa si ese flujo se estrecha. No es una predicción, es un escenario que se pone sobre la mesa. Y mientras tanto, la foto del reparto de renta que se dibuja es la de siempre: un bloque que vive holgado y no se priva de nada, otro que no llega a fin de mes, y una mayoría que va tirando con poco ahorro. El consumo agregado se sostiene por el primer bloque y por el turismo; el resto ajusta la cesta.
El análisis se atasca justo aquí: si el precocinado es más caro que cocinar, si el fresco es prohibitivo para rentas bajas y si el volumen consumido baja mientras el gasto sube, la conclusión no cierra por ningún lado. Cada cual elige el dato que le conviene y el resto sigue sin cuadrar.