Zapatillas de 12 euros y una bici del 2001: el deporte diario que no pasa por la tienda
Hay una manera de hacer
deporte que no requiere ni suscripción, ni zapatillas de 200 euros, ni una bici con frenos de disco. Un ciclista y caminante de montaña lo resume con una cifra que descoloca:
más de 10 kilómetros al día con unas zapatillas de 12 euros compradas en una gran superficie deportiva, o 20 kilómetros de bicicleta con una máquina del año 2001. Sin gimnasio, sin ropa técnica, sin casco en la mayoría de las salidas. El planteamiento abre una pregunta incómoda: si el cuerpo aguanta, ¿para qué paga el resto?
El autor del mensaje inicial no pide permiso. Cuenta que sale de noche, que a las 8:30 ya está de vuelta en casa, que sus piernas siguen peludas y que no usa casco. Reconoce que en los dos tramos de carretera de su ruta sí se lo pone, pero que en grava le da ansiedad. Y añade un detalle que descoloca a cualquiera que haya pasado por una tienda de ciclismo: encontró una rueda de la misma marca por
15 euros en su pueblo, con la única diferencia de los mandos de cambio.
El calzado barato y el desgaste real de los pies
La primera respuesta que recibe el planteamiento no discute el fondo, sino el material. Un participante defiende que la bici, con mantenimiento, es casi eterna, pero marca una línea roja en el calzado:
algo que proteja el pie, tenga agarre y dure no cuesta 10 euros. Su argumento no es estético. Es que un pie mal calzado pasa factura.
Otro interviniente lo lleva a su terreno: hace caminatas del mismo tipo y no recomendaría esas zapatillas ni a su peor enemigo, porque ha tenido problemas incluso con las caras. La respuesta del autor es directa: si no va en bici, camina todos los días un mínimo de
10 kilómetros y no tiene ni un roce ni un dolor. Su historial, dice, viene de lejos: subir al monte con botas de los años 80, ir a setas, ir a cazar con la escopeta y seis cajas de cartuchos a la espalda.
La discusión deriva hacia el mantenimiento. Un participante apunta que cualquier calzado se deforma con el uso y que, aunque no pasa nada por exprimirlo, conviene cambiarlo cada
600 kilómetros aproximadamente. La bici, con engrasar y cambiar cubiertas cuando se endurecen, puede durar un siglo. Es la tesis del consumo responsable aplicada al deporte: el gasto no está en el objeto, está en la constancia.
¿Cuánto tiempo libre hace falta para caminar 13 kilómetros?
El punto que más fricción genera no es el precio, es el reloj. El autor publica una ruta de
13 kilómetros en tres horas y el hilo se le echa encima. Un interviniente calcula que eso es ir reptando y que paseando se va más rápido. Otro apunta que, con ese ritmo, o se ha parado mucho o la distancia no cuadra.
La explicación del protagonista es que no es un corredor. Se para a fumar un cigarro, a ver pájaros, a hacer fotos, a tomar café en un pueblo, a pasar por el banco, a comprar sardinas en el mercado y a visitar a su hermana. No pausa la aplicación.
Voy en modo observación, dice, y arremete contra el running como disciplina de mente en blanco y pulsaciones vigiladas.
Aquí aparece el argumento más sólido de la otra parte: el tiempo. Un participante enumera las pegas de las caminatas largas y las rutas de bicicleta: requieren mucho tiempo libre, dependen del clima, obligan a descansar y no por más volumen se mejora más. Su conclusión es que una persona corriente con familia no puede dedicar tres horas al día a esto. El autor responde con su situación: 46 años, casa pagada en un barrio de montaña, vistas a un barranco y sin hipoteca.
Con 46 tener donde caerme muerto me parece una victoria, sentencia.
La bici del 2001 y el coste de mantenerla
El segundo pilar del planteamiento es la bicicleta. Una máquina de 2001, con una rueda alineada por 15 euros, cubiertas cambiadas cuando toca y poco más. La comparación con el coche aparece sola en el hilo: mientras unos presumen de motor y de anular la válvula EGR, el autor reivindica su Daewoo Lanos aparcado delante de casa en un barrio donde todos se conocen.
La réplica llega desde el otro lado del manillar. Un interviniente que dice haber competido seis años, desde cadetes hasta amateurs, y haber coincidido en pelotón con corredores que llegaron al Tour, sostiene que las medias de 42 y 43 kilómetros por hora eran la norma en aquella época. Su conclusión es que el material importa menos que las piernas, aunque hoy, con 47 años y veinte kilos más, sus tiempos ya no son aquellos.
El hilo se enreda en la comparación de velocidades. Un participante calcula que 23 kilómetros en tres horas y cuarto salen a menos de
9 kilómetros por hora y pregunta si eso es pasear. El autor responde que para en un pueblo, pasa por el mercado y vuelve a casa. La discusión no se resuelve: cada uno mide el deporte con su propia vara.
El casco, la seguridad y el punto donde el hilo se atasca
El único punto en el que hay consenso incómodo es el casco. Un participante lo dice sin rodeos: para él no es negociable. El autor admite que lo lleva en los tramos de carretera, pero no en grava, y alega ansiedad. La respuesta del hilo es dura: le da ansiedad el casco pero reparte calificativos sobre la vida de los demás.
Ahí se rompe la conversación. El hilo deriva hacia el insulto personal, hacia la vida sedentaria atribuida a los demás, hacia el aspecto físico y hacia la situación familiar de unos y otros. La parte aprovechable queda enterrada bajo una capa de descalificaciones que no aporta ningún dato sobre zapatillas, bicicletas ni kilómetros.
El balance, con todo, deja una conclusión incómoda para el consumo deportivo: el equipamiento caro no garantiza la constancia, y la constancia no exige equipamiento caro. Lo que sí exige es tiempo, un bien que el hilo no consigue repartir. El autor tiene 46 años, la casa pagada y las mañanas libres. La mayoría de los que le contestan tienen hipoteca, familia y una hora escasa al día. El debate sobre las zapatillas de 12 euros es, en realidad, un debate sobre a quién le sobra el tiempo.