Chili con carne de bote: la cena que se calienta en el microondas
¿Merece la pena un bote de chili con carne de marca estadounidense? La respuesta que da la experiencia es que viene ya cocinado y solo hay que calentarlo, pero el resultado final depende mucho más del acompañamiento que del propio producto. La marca Old el Paso es la más citada cuando se habla de este plato preparado, y las opiniones van desde quien lo considera «engrudo puro y duro» hasta quien lo tiene en la despensa de supervivencia y se lo come con arroz cuando aprieta el hambre o la fecha de caducidad.
El consenso básico es sencillo:
la tortita vuelta y vuelta, algo de verde (lechuga, pimiento, aguacate), tomate fresco y el chili hasta que al enrollar casi rebose. Con cuchara y pan al estilo del oeste también se puede, aunque eso ya es otra categoría. Lo que nadie discute es que el producto solo, sin nada que lo acompañe, da bastante asco.
Cómo se calienta y con qué se acompaña
El primer aviso práctico es de seguridad doméstica:
no calentar el bote en el microondas, porque explota. Hay que pasarlo a un plato o a una cazuela. A partir de ahí, las combinaciones se multiplican. Los nachos de bolsa y el queso derretido son la vía rápida. Los totopos de maíz con guacamole, salsa picante y lima son la vía que recomienda quien estuvo un tiempo con una mexicana de Sonora y aprendió allí los platillos de verdad.
El queso importa. Hay quien lo derrite en el microondas a máxima potencia y lo añade después, y hay quien tira de un tierno en lonchas de leche de oveja, cabra y vaca de marca blanca de supermercado. La combinación de quesos cambia el plato más de lo que parece.
El chili con carne del restaurante pakistaní
Aquí llega el giro que nadie esperaba. Los restaurantes mexicanos son caros, así que hay quien ha desarrollado una técnica gastronómica de ahorro:
comprar comida mexicana en un restaurante pakistaní. El resultado, según quien lo practica, es mejor que el bote calentado en casa. La ocurrencia tiene su lógica: los restaurantes del sur de Asia llevan décadas adaptando sus cartas al paladar local, y el chili con carne es una de esas adaptaciones que acaban funcionando mejor que el original enlatado.
La escena completa incluye un restaurante grande pegado a la huerta, con patio, un dibujo de Frida Kahlo en la pared con un mensaje sobre merecerse un capricho y una gerente de vestido largo que, a juzgar por el atuendo, va sobrada de facturación. El aviso del capricho es literal: la clavada en la cuenta va en el mismo paquete.
Picante: de la advertencia sanitaria al Carolina Reaper
La conversación deriva hacia el picante y ahí se abre el abanico. Hay quien sostiene que
el picante no sirve para nada y es dañino, y hay quien responde que las mujeres también son dañinas y nadie renuncia a ellas. Entre medias, un argumento fisiológico: ayuda al movimiento de tripa, lo que siempre es conveniente.
El mapa de salsas que se despliega es amplio. La salsa
sambal indonesia, de la que se traen sobres de 18 gramos por kilos para tener para un año, porque en España no se encuentra ninguna buena. El aceite de chile crujiente y la salsa de kimchi como lo mejor disponible en supermercados españoles. La salsa
buldak en sus versiones estándar, doble y triple para quien quiera arriesgarse. El
hot pot de Sichuan, una perola de caldo en el centro de la mesa donde se van echando carne, setas y gambas.
La anécdota más repetida es la del
Carolina Reaper. Dos pimientos fritos: el primero pica pero se tolera, el segundo es como si te clavaran un puñal en la tripa y treinta segundos después sale por donde entró, con el resto de la comida. La lección, admitida por quien la vivió, es no hacerse el fantasma. Otro testimonio añade que un amigo plantó las semillas, probó uno y acabó mal, y que mezclados con pimientos de Padrón pican más pero no tanto como para morir.
El recetario de cuchara que se resiste a desaparecer
Frente al bote y al restaurante de fusión, emerge la cocina de siempre. Un fondo de verduras con cebolla y zanahoria picada pequeña, ajo, pimiento rojo, todo pochado, carne picada hasta que pierda el agua y quede sin bolas grandes, salsa de tomate para amalgamar, y especias: pimienta negra, comino molido, un poco de canela, pimentón dulce, pimentón picante y orégano seco. Al final, las alubias de bote o cocidas en casa. El cálculo completo de tiempos y proporciones queda para quien quiera reproducirlo paso a paso.
Y luego está la memoria de la escasez. Alubias pintas con cebolla, ajo y un pimiento del huerto, cero carne, y un resultado que se recuerda como manjar con mayúsculas. Patatas guisadas con huevos cocidos y puerros. Una sopa con patas de pollo y cuatro fideos. Las alubias pintas con restos de despiezar un corzo, una liebre o unas codornices. La conclusión que se repite es incómoda: lo que agudiza el hambre y la escasez produce mejores guisos que un millón de salsas.
Al final, el bote de chili con carne sigue en la despensa de muchos, esperando la fecha de caducidad o el día sin ganas de cocinar. El restaurante pakistaní sigue sirviendo el mejor chili de la ciudad, según quien lo ha probado. Y el Carolina Reaper sigue vendiéndose sin licencia.