Canadá retira de las escuelas los libros editados antes de 2008
Un libro impreso en 2007 es, al parecer, un objeto más sospechoso que ese mismo libro impreso en 2008. El criterio no es el texto, sino la fecha de edición: las escuelas canadienses habrían retirado los fondos anteriores a 2008 por falta de inclusividad, según un mensaje difundido en redes sociales que añade un detalle pensado para el escándalo,
ni Harry Potter se ha salvado. De la medida no consta confirmación oficial en el material disponible: no se sabe si es una instrucción general, un criterio orientativo o la decisión de un distrito concreto. La fecha, mientras tanto, hace el trabajo sucio: todo lo publicado antes de ese año queda bajo sospecha por defecto.
Qué se sabe de la retirada y qué falta por confirmar
El punto de partida es un mensaje corto: se eliminan los libros impresos anteriores a 2008 y el argumento es la falta de inclusividad. La retirada de un ejemplar no equivale a su prohibición, porque el título sigue existiendo, se puede comprar y se puede leer fuera del aula. La distinción importa menos de lo que parece: si el filtro es la fecha de imprenta y no el contenido, cualquier reedición se convierte en un permiso tácito y cualquier ejemplar antiguo, en material contaminado.
El efecto práctico es doble. Se vacían las estanterías y se traslada el mensaje de que lo viejo es, por definición, inaceptable. Sobre el alcance real —cuántos centros, cuántos títulos, quién firma la orden— no hay nada cerrado.
De Roald Dahl a Agatha Christie: cuando el libro no se retira, se reescribe
Si la retirada es la versión brusca, la reescritura es la silenciosa. Los libros de Roald Dahl han sido revisados para quitar palabras como
gordo que pueden herir sentimientos, un ajuste presentado como actualización de estilo. Las novelas de Agatha Christie también han pasado por el taller, y la más afectada ha sido «Diez negritos», con cambio de título y de la letra de la canción infantil.
Aquí está el nudo.
Reescribir es peor que prohibir, sostiene un argumento que se repite: de una obra censurada se sabe que existe y que está vetada, mientras que una obra reescrita oculta la intención del autor y deja al editor decidiendo qué quiso decir. El lector futuro no sabrá si lee a Dahl o a su corrector.
El diccionario como prueba: «gordo» tiene once acepciones
Para calibrar el alcance del ajuste se citó la entrada de diccionario de «gordo». Son
once acepciones, y la mayoría no tienen nada que ver con el cuerpo de nadie: van de «premio gordo» a «gordo del jamón», pasando por «muy abultado», «que excede del grosor corriente» o el uso boliviano y chileno para referirse a una mujer embarazada. En inglés, en cambio, la voz equivalente arrastra connotaciones que en español se difuminan.
De ahí sale el matiz más sensato de todo el asunto: no es lo mismo una palabra descriptiva que un insulto. El problema no está en el término, sino en quién decide cuándo ofende.
Platón y Aristóteles, «machistas»: la sospecha llega al aula
La revisión no se queda en la literatura infantil. Los nuevos libros de texto han llegado a tachar a Aristóteles y Platón de machistas, según una información periodística recogida al hilo del asunto. El detalle tiene su gracia: a quien satirizaba Aristófanes era a Sócrates, no a Aristóteles, que ni había nacido cuando el comediógrafo murió.
La anécdota ilustra el mecanismo. Cuando el criterio para editar el pasado es el consenso del presente, el resultado no es una versión más justa de la historia, sino una versión más cómoda. Y la lista de damnificados crece sola: Mark Twain, Delibes, cualquiera que retratara su época tal como era.
Copia de seguridad en papel: bibliotecas, rastros y descargas
Lo que antes era una afición de coleccionista se lee ahora como una póliza de seguro. Hay quien acumula más de
5.000 volúmenes heredados que forran las paredes de varias habitaciones, y quien rescata ediciones de los setenta de contenedores y rastros para dejarlas en puntos de intercambio universitarios. El mercado de segunda mano está saturado y los precios son los más bajos en años, lo que facilita la acumulación.
En paralelo circulan bibliotecas descargables con más de
80.000 títulos, y la sospecha recurrente es que el formato digital, actualizable a distancia, es el escenario perfecto para retocar un texto sin dejar rastro. De ahí la recomendación que se repite: descargar y guardar. Un libro en papel no se actualiza solo.
¿Y qué se hace con las estanterías de las bibliotecas públicas, con los fondos donados, con las cajas de libros viejos que nadie reclama? Nadie ha dado todavía una respuesta que no suene a mudanza.