Caprichos de lonchafinista: Kindle de 140€ y móvil de 200€
El ahorro extremo no renuncia al gasto: lo somete a examen. Quien presume de no comprar nada acaba comprando un lector de libros electrónicos de 140 euros, un teléfono de 200 o un coche de 2.300, y lo defiende con una hoja de cálculo. El capricho, en esta escuela, no es un placer: es una inversión con fecha de amortización.
La paradoja la planteó quien abrió el asunto con un presupuesto de
1.000 euros prorrateados al mes y la confesión de dos compras: un lector de libros y un smartphone libre de contrato. Ni uno ni otro eran necesidades puras, pero ambos se justificaron solos. «Se me rompió el mío», se resume. El resto es contabilidad.
El inventario: cerveza de importación, jamón y un chubasquero de un euro
Preguntados por sus derroches, los ahorradores devuelven una lista de la compra bien optimizada. Cervezas de importación a
1 euro la botella. 100 gramos de jamón serrano. Una botella de ginebra para preparar combinados en casa, con su lima. Tres tabletas de chocolate aprovechando un 3x2 a
1,33 euros la unidad. Un chubasquero transparente de bazar por 1 euro para el monte.
También hay vino blanco de 3,5 euros —con duda entre esa botella y otra de 4,5, y pesar por haber cedido al despilfarro— y una cerveza belga a 2,50 en una gran superficie. El patrón se repite: el placer existe, pero llega con etiqueta de precio revisada.
Hay quien se escapa dos días a Italia con la pareja dejando a los niños con las abuelas y lo subraya, como si el pecado fuera el destino, volando con una aerolínea de bajo coste. Y quien reserva cuatro días en un hotel de Agadir, pero aclara que va por la talasoterapia. El lujo es tolerable si viene con coartada. Otros directamente se rinden a la evidencia:
un capricho de vez en cuando no es malo.
El Kindle y la amortización: 140 euros en libros que ya no se compran
El lector electrónico aparece en varias confesiones y siempre con el mismo argumento:
a 20 euros el libro, el aparato se paga en meses. El ahorro no se mide en el precio del cacharro, sino en lo que deja de gastarse después. Se añade el tiempo: no volver a bajar a la biblioteca también vale dinero, aunque nadie lo meta en la hoja de cálculo.
La biblioteca pública sigue siendo el contraargumento más duro. Solo gasta quien no necesita nada, sostienen algunos, y lo que se publica es material prescindible, así que el ahorro de verdad es no leer o leer gratis. La discusión no se cierra, pero deja el flanco abierto.
El mismo razonamiento se aplica a los videojuegos: quien compra fuera de rebajas está tirando el dinero.
Con 30 euros acumulados entre ofertas de invierno y rebajas de Navidad hay entretenimiento para seis meses, hasta la siguiente tanda de descuentos. Tiendas fuera de promoción, ni mirarlas.
Coches, móviles y bajos de segunda mano: cuando el gasto evita un desastre
El capricho más caro llegó con el tiempo. Un coche de 1997 con
330.000 kilómetros que daba sustos se cambió por otro de 2001 con 200.000, por
2.300 euros. La venta del teléfono viejo y de la bicicleta cubrió 280 de esa cantidad. Dos semanas de cuentas antes de decidir. La conclusión fue tajante: era eso o seguir exponiéndose a un accidente.
En el mismo plano funcionan las compras de segunda mano. Una bicicleta que costaba 750 nueva, adquirida por
420 con seis meses de uso. Un instrumento musical por 60 euros que venía con correa, cuerdas nuevas y estuche rígido. El ahorro real está en el precio de entrada, pero el argumento de venta es que el bien ya no se deprecia.
La otra cara es la del que admite haber dado la vuelta a sus hábitos y haber pasado de gastar sin mirar a considerar cada dispendio una obscenidad. No es una conversión ideológica, dicen, es aritmética.
El precio del queso y del jamón: el umbral que no se cruza
La parte más reveladora es la que fija límites. Hay quien no paga la ternera por encima de 7 €/kg, el cerdo por encima de 5, el pollo por encima de 2 y ninguna fruta por encima de 1. Si no aparece a ese precio, no se compra. No es una dieta: es una política de precios.
- Ternera: 7,00 €/kg
- Cerdo: 5,00 €/kg
- Queso semicurado: 5,90 €/kg
- Pollo: 2,00 €/kg
- Fruta: 1,00 €/kg
Frente a eso, el derroche consiste en un queso curado de oveja a 12 €/kg que suda aceite y aguanta meses a temperatura ambiente. Y hay una anécdota que resume el efecto de los años mejor que ningún gráfico: un consumible que en 1999 costaba
600 pesetas —unos 3,6 euros— se pagaba, en el mismo establecimiento, a 8 euros. Ahí no hay lonchafinismo que valga.
La portabilidad negociada: 144 euros frente a 329
El último capricho documenta la mecánica entera. Un terminal de gama alta que en el programa de puntos costaba
329 euros se cerró en
144 tras amagar con cambiar de operador, con un 20% de descuento en factura durante un año. Otro caso apunta más alto: 40% de descuento y un terminal por 19 euros, conseguido después de escuchar que el máximo ofrecido era otro.
La técnica se repite: pedir la portabilidad, dejar que la compañía llame, y negociar como quien no quiere la cosa. El descuento no es un regalo, es el precio de la amenaza creíble de irse. La operatoria funciona mejor cuanto más alto es el consumo mensual, lo que deja fuera a quien gasta poco: los márgenes los paga el cliente que se queda.
Con estos números, la etiqueta de lonchafinista debería aplicarse con cuidado. El que presume de no gastar suele llevar encima un catálogo de compras perfectamente razonadas. La pregunta útil no es cuánto gasta, sino cuánto tardará en recuperarlo.