Buen resumen de lo que se dijo entonces para promover el Bréxit.
Luego, el último párrafo, ampliado a los problemas que ha causado a muchos (dentro y fuera) también es lo que critican ahora, que se haya tomado esa decisión sin importar las consecuencias.
Los críticos del Brexit son los de siempre: se aferran a problemas que afectan a una minoría ínfima y los amplifican mucho más allá de lo razonable. En su raíz, gran parte de la oposición al Brexit está formada por asociaciones promovidas por la élite británica, con sus periódicos, plataformas y altavoces mediáticos. Le echan hasta la culpa del mal tiempo al Brexit.
Un ejemplo es Michael Heseltine. Co-conspirador en la caída de Margaret Thatcher, a quien apartaron en parte porque Thatcher tenía serias dudas sobre la firma del Tratado de Maastricht. Aún hoy, con 93 años, sigue activo en distintas asociaciones pro-UE.
Para demostrar la deshonestidad fundamental de las asociaciones “pro-UE británicas”, basta recordar que la UE impone obligaciones claras a cualquier solicitante de adhesión mediante los llamados “Criterios de Copenhague”. Entre otras cosas, los países candidatos deben comprometerse a adoptar el euro y entrar en Schengen. Sin embargo, estas asociaciones venden la idea de que el Reino Unido podría volver manteniendo la libra y quedándose fuera de Schengen.
En el Reino Unido, el 99,9 % de las encuestas sobre volver a la UE ni siquiera incluyen la pregunta clave: “¿
Quiere formar parte de la UE si eso implica renunciar a la libra y entrar en Schengen?”. Es un intento deliberado de engañar al público y promocionarse ante los medios de comunicación.
Y cuando uno lee las pocas encuestas que sí incluyen esa cuestión, el resultado es claro: ninguna logra más de un 25-30 % de apoyo para volver a la UE aceptando euro y Schengen. Eso condena al fracaso cualquier intento serio de reingreso.
La única forma sostenible de que el Reino Unido vuelva a la UE sería presentar el proyecto europeo tal y como es: una unión política y monetaria cada vez más profunda y estrecha, encaminada inevitablemente hacia una estructura federal o al fracaso por falta de ambición.
Por otra parte, el apoyo a Farage
(más antieuropeo imposible) sumado a lo que queda del Partido Conservador reúne votos suficientes para demostrar que el Reino Unido no se ha movido ni un ápice respecto al Brexit. A eso hay que añadir que buena parte del Partido Laborista también mantiene posiciones anti-Brexit. Está claro que el país no está para volver a la UE.
Existe además otra barrera casi insuperable para los proeuropeos: harían falta dos referéndums. Uno para abrir negociaciones y otro, previsiblemente exigido por la propia UE, para ratificar el acuerdo de adhesión. Solicitar el ingreso supone alterar el statu quo. ¿Cuánta gente diría: “¿Para qué arriesgar y cambiar si estoy bien como estoy?”
Hay una realidad fundamental: en un mundo sensato, la UE no va a querer al Reino Unido de vuelta sin un apoyo masivo a la adhesión plena, participando en todas sus instituciones y compartiendo sus objetivos, especialmente el de una “unión cada vez más estrecha”.
Lo peor que podría pasar sería ganar un referéndum por la mínima prometiendo falsamente que el Reino Unido no tendría que adoptar el euro, entrar en Schengen o renunciar a privilegios del pasado como el cheque británico.
El Reino Unido está fuera de la UE, y no hay forma de que vuelva sin engañar a los votantes británicos.
Brexit es lo mejor que le podía pasar al continente: ya no tiene dentro a un socio poderoso frenando iniciativas para construir unos “Estados Unidos de Europa”. Sin el Reino Unido, la UE ya no tiene excusas si fracasa su proyecto.
Y por parte británica, toca hacer una limpieza a fondo del sistema político: elegir representantes competentes, con una visión clara de lo que es el Reino Unido, de dónde debe estar y de lo que hace falta para llegar allí.