Cataluña gestionará expulsiones de migrantes y el PSOE defiende su constitucionalidad
El acuerdo entre PSOE y Junts para transferir a la Generalitat competencias sobre inmigración, expulsiones y centros de internamiento ha reabierto una guerra que parecía cerrada: la de quién controla las fronteras de un Estado que sigue diciendo que no tiene fronteras interiores. La letra pequeña del pacto, filtrada a cuentagotas, sitúa a
Cataluña como administración competente para decidir quién se queda y quién es devuelto, y deja al Gobierno central defendiendo la constitucionalidad de una cesión que hay quien sostiene que su propio aparato jurídico discutía hace apenas unos días.
El detonante no es nuevo. Lo nuevo es que el independentismo haya puesto por escrito lo que durante años negó en público: que la inmigración sin integración es un problema de seguridad y de identidad, no solo de solidaridad.
Puigdemont lo resumió con una frase que sus socios de izquierda prefieren no leer en voz alta: «Sense immigració no hi ha progrés en molts àmbits, però sense integració no hi ha nació». Traducción: la nación primero, la solidaridad después.
Qué dice exactamente el acuerdo PSOE-Junts sobre inmigración
El texto atribuye a la Generalitat la gestión de expedientes de expulsión y la tutela de los Centros de Internamiento de Extranjeros (CIE) ubicados en territorio catalán. No habla de traslados masivos al resto de España, aunque la interpretación de que las devoluciones se ejecutarán fuera de Cataluña circula con fuerza en los análisis más críticos. La diferencia entre «gestionar» y «ejecutar» es la misma que separa una competencia administrativa de un traslado forzoso, y ahí es donde el pacto se vuelve opaco.
La oposición constitucionalista sostiene que el artículo 149 reserva al Estado la competencia exclusiva sobre inmigración, extranjería y derecho de asilo, y que el 150.2 solo permite delegar materias «susceptibles» de transferencia. El problema, admiten incluso los críticos, es que la ambigüedad del texto constitucional ha permitido durante décadas lecturas expansivas.
La hemeroteca no ayuda: circulan capturas de analistas que hace una semana calificaban la cesión de inconstitucional y que ahora la consideran perfectamente encajable. El Tribunal Constitucional, con magistrados nombrados por quien gobierna, tiene la última palabra.
Por qué el PSOE pierde votos por donde los ganaba
El cálculo electoral es incómodo. Las competencias se transfieren a un territorio donde el independentismo gobierna y donde el PSOE obtuvo un respaldo minoritario, mientras el resto de comunidades que votaron mayoritariamente contra Sánchez asisten al espectáculo sin capacidad de réplica. La paradoja la resumió con crudeza un análisis que circula: el PSOE acaba de reconocer por escrito que la inmigración supone un peligro para la lengua y la cultura catalanas, pero no para la española, porque eso sería otra cosa.
Hay quien defiende que la medida responde a un problema real de saturación en determinadas zonas y que una gestión más cercana puede mejorar la seguridad. Enfrente pesa el argumento de que fragmentar la política migratoria por comunidades convierte una competencia de Estado en moneda de cambio parlamentaria. Y en el medio, un dato que nadie discute:
26.800 mossos ya operan como una policía autonómica con capacidades crecientes, y añadirles control migratorio los convierte, en la práctica, en un cuerpo con funciones de frontera.
Quién paga el coste político de la cesión
El coste no es solo jurídico. Los barones socialistas que criticaron el acuerdo en público han terminado alineándose con la dirección, y ese giro tiene fecha y firma. La pregunta que sobrevuela es si
Podemos y sus socios de investidura van a tragar el sapo o si usarán la votación para marcar perfil propio. Hasta ahora, silencio táctico.
Mientras tanto, el relato oficial insiste en que no hay cesión de soberanía, solo de gestión. La distinción funciona en rueda de prensa y se deshilacha en los tribunales. Si el Constitucional avala el texto, el precedente queda abierto para cualquier comunidad que quiera negociar lo mismo. Si lo tumba, el Gobierno habrá vendido una competencia que nunca pudo entregar. Ninguna de las dos salidas es cómoda, y ambas llegan después de las próximas elecciones.
La política migratoria española lleva años funcionando como un péndulo entre la retórica humanitaria y la gestión de emergencia. Este acuerdo no rompe el péndulo: lo acelera. Y lo hace en un momento en que el electorado que sostiene al Gobierno empieza a preguntarse si el precio de la estabilidad parlamentaria no está saliendo más caro que la propia estabilidad.