Ceuta, entre el miedo y la convivencia: quién pide no expulsar a los marroquíes
Hay una imagen de Ceuta que a muchos les gustaría vender: un baluarte español rodeado de hostilidad, con una población crispada y deseosa de expulsar a cualquier residente de origen marroquí. Y luego está la realidad incómoda que ha saltado a la luz: un grupo relevante de ceutíes ha salido a pedir que no se produzcan expulsiones. Ver para creer, sobre todo en un clima que empuja a lo contrario.
La reacción no se hizo esperar. Mientras algunos acusan a esos ceutíes de no ser «de los de verdad», otros van más lejos y hablan de quinta columna al servicio de Rabat. Pero más allá de los insultos, la polémica destapa un conflicto que lleva décadas sin resolverse: ¿qué identidad tiene que tener Ceuta? ¿Se puede expulsar a una parte de la población que ya es de casa?
Un tercio de origen musulmán: el dato que divide
En el centro de la polémica aparece una cifra que condiciona todo: aproximadamente un tercio de la población ceutí es de origen musulmán. Para los que piden no expulsar, esa cifra convierte la expulsión en un absurdo humano y logístico. Para los partidarios de la mano dura, es precisamente la demostración del desastre: la ciudad autónoma ya no sería española del todo. La demografía juega a favor del argumentario identitario, pero también de la convivencia: muchas de esas familias llevan generaciones cruzando la frontera, trabajando y votando en unas elecciones que deciden quién gobierna Ceuta.
Cerrojazo, militares y chiringuitos: el ruido de fondo
La polémica se ha llenado de propuestas radicales, desde cerrar la frontera por completo hasta «darle Ceuta a Marruecos» en un arrebato de decepción colonial. Hay quien reclama que el Ejército actúe sin contemplaciones y quien denuncia que el PP, con Juan Vivas al frente, se ha ganado al electorado de origen musulmán a base de prebendas y chiringuitos públicos. En medio de todo, la figura de un influencer que se dedicó a grabarse con el fusil de un BMR y a burlarse de los migrantes con una botella de agua ha conseguido que la discusión se convierta en puro espectáculo.
Ceuta no es un monolito
Lo que la polémica demuestra es que Ceuta se rompe en dos: la que ve en el vecino marroquí a parte del paisaje y la que lo mira como un invasor. Ninguna de las dos posiciones va a desalojar a la otra por las buenas. Mientras tanto, los políticos locales siguen recolectando votos entre una comunidad que ya no es minoría tan minoritaria, y el Gobierno central evita pronunciarse sobre el fondo. La pregunta queda flotando: ¿se puede expulsar de Ceuta a quien ya es de Ceuta sin expulsar a la propia ciudad de sí misma? Nadie responde.