El colapso logístico ruso: acero barato y tanques canibalizados
La segunda quincena de agosto de 2022 estaba marcada en el calendario como el punto de quiebre. Un análisis que circulaba por entonces sostenía que el ejército ruso se encaminaba a un desmoronamiento logístico parecido al que sufrieron las tropas del Zar en 1917, y daba por terminadas las acciones de combate activo para el cierre de ese mismo año. Los ejércitos de Vladimir Putin, venía a decir, se irían a casa a pie dejando atrás una montaña de equipo. La tesis no era nueva. Lo nuevo era el goteo de datos: barriles de artillería agotados,
acero de mala calidad y depósitos de tanques convertidos en desguaces.
Pero esa predicción, como se encargaría de recordar el paso del tiempo, no se cumplió en los plazos que anunciaba. Y ahí arranca el pulso que sigue abierto.
Los barriles de artillería que dejaron de disparar
El núcleo del argumento era técnico. Los cañones de artillería se desgastan y hay que cambiarlos con regularidad; cuando fallan, en el mejor de los casos el tubo se abre
como un plátano por los gases, y en el peor estalla y mata a la dotación. Según las filtraciones que recogía aquel análisis, los barriles rusos se agotaban antes de lo que marcan los parámetros de fábrica porque el acero no valía o se había fabricado incumpliendo la tecnología. Y casi no había con qué reponerlos, porque apenas llegaban cañones nuevos.
El origen se fechaba en 2014. Tras la anexión de Crimea y las sanciones posteriores, las entregas de acero de alta calidad a Rusia cayeron, y la artillería empezó a fabricarse con material de peor calidad. Cerca de Lisichansk y Severodonetsk, en algún momento
solo funcionaba uno de cada tres cañones, según la misma fuente. El detalle importa porque la artillería es el eje de la doctrina rusa: si las baterías enmudecen, la guerra de desgaste se vuelve imposible.
Tres o cuatro tanques para reconstruir uno
El segundo frente del diagnóstico eran los blindados. Un comandante ruso de una unidad de carros lo describía sin paños calientes: hay mucho equipo en las bases de almacenamiento, pero es viejo y no está en las mejores condiciones. Lo que llega al frente se reensambla allí mismo;
de tres o cuatro tanques se consigue uno completo. Los problemas se concentran en los visores y las comunicaciones, y en las piezas que faltan.
Entre los vehículos que llegaron a la guerra, algunos no tenían sistema de carga automático y otros arrastraban una torreta atascada que no giraba. Un dato que el análisis subrayaba: el
20% de esos tanques marcharon al combate con la torreta bloqueada, y las tripulaciones lo descubrieron en plena acción. La cifra más llamativa era otra: hasta el 90% de los tanques en reserva estaban inutilizables por piezas robadas, según las informaciones difundidas desde Kiev, hasta el punto de que un oficial habría acabado con su vida al comprobarlo. Ese extremo nunca llegó a confirmarse.
El precedente de marzo y el escepticismo sobre los HIMARS
La mitad de la polémica se centró en si todo aquello era un diagnóstico o propaganda. El argumento más repetido era la memoria: ya en marzo se había anunciado que a los rusos les quedaba combustible para tres días, y aquel plazo caducó sin que se produjera el desabastecimiento. Ahora, se venía a decir, la versión 3.0 del mismo relato sostenía que ni fusiles quedaban.
Otro frente de escepticismo apuntaba a los lanzacohetes que daban título al asunto. Hay quien sostiene que su efecto está limitado y controlado, y que si Ucrania aprieta demasiado, Rusia responderá con más fuerza. También se discutió el contexto energético: la capacidad de Arabia Saudí y de Emiratos Árabes para bombear más crudo estaría al límite, con los líderes occidentales reconociéndolo en conversaciones privadas.
Rusia avanza y la demografía no se discute
Frente al relato del derrumbe, la otra corriente se apoya en la aritmética y en los recursos. Una guerra entre un país de 150 millones de habitantes y otro de 25 millones tiene un favorito claro, se argumenta. Rusia, sostienen, produce internamente cualquier aleación de metales, incluido el acero para cañones, y tiene todos los minerales de la tabla periódica. A eso se suma el respaldo de China, aunque algunos replican que, si ese respaldo fuera tan sólido, no habría tenido que buscar drones en Irán.
El paso del tiempo añadió munición a los escépticos. Años después del pronóstico, el ejército ruso no se había ido a casa a pie: seguía avanzando, aunque fuera pueblo a pueblo y a un ritmo que sus críticos describen como paupérrimo. Los balances que se manejan en esa otra orilla hablan de decenas de miles de blindados destruidos, cientos de miles de bajas rusas y levas forzosas, cifras que circulan sin verificación independiente.
Dónde se atasca el pronóstico
Y aquí el análisis se queda sin respuesta. Los datos técnicos sobre el desgaste de la artillería rusa, el acero flojo desde 2014 y los tanques canibalizados no se han desmentido; describen una tensión logística real. Lo que falló fue el reloj. El colapso anunciado para agosto de 2022 no llegó, y quien lo daba por hecho ganó tantos lectores entonces como los pierde ahora. El desajuste no está en si la logística rusa tiene grietas, sino en por qué unas grietas que llevan años documentándose no han bastado para tumbar al ejército que las arrastra.