Blair augura el fin del dominio occidental y señala a China
En la conferencia anual de la Fundación Ditchley, Tony Blair soltó la frase que llevaba tiempo masticando: «Estamos llegando al final del dominio político y económico de Occidente». Lo dijo el ex primer ministro británico, 69 años, el hombre que gobernó el Reino Unido entre 1997 y 2007 y que firmó la invasión de Iraq. El mundo que viene será, en su pronóstico, «al menos bipolar y posiblemente multipolar». Y el motivo del cambio no está en Moscú.
El mayor cambio geopolítico del siglo vendrá de China, no de Rusia
Blair lo dejó claro: «el mayor cambio geopolítico de este siglo vendrá de
China, no de Rusia». Pekín «ya es la segunda superpotencia mundial» y competirá con Occidente «no sólo por el poder, sino contra nuestro sistema, nuestra forma de gobernar y vivir». No irá sola. «Tendrá aliados. Rusia ahora seguro. Posiblemente Irán», añadió.
Es, según él, la primera vez en la historia moderna que Oriente puede estar en igualdad de condiciones con Occidente. La puntilla la puso al hablar de Taiwán: no cree que China intente tomarla por la fuerza a corto plazo, pero sostiene que Occidente no puede basar su política «en la certeza de que no lo haría». La frase resume el problema de fondo: se ha pasado de gestionar la certeza a gestionar la duda.
Quien fuera el artífice de la salida británica de la UE aparece ahora repartiendo consejos sobre la decadencia ajena.
El detalle no pasa desapercibido a quienes llevan años señalando que el Reino Unido se disparó en el pie mucho antes que el resto.
Por qué Blair dice que Occidente llega tarde
El diagnóstico de fondo es incómodo. La política occidental está «más partidista, desagradable e improductiva», alimentada por las redes sociales, y eso contamina tanto la agenda interior como la exterior. La pandemia y la guerra de Ucrania han dejado a buena parte de la población con el
nivel de vida estancado. Para Blair, Ucrania debería convertirse en un punto de giro que reavive «nuestro sentido de misión».
Su receta es la de siempre, aunque con más presupuesto: estrategia común, coordinación, compromiso y competencia, un gasto en defensa que permita «mantener la superioridad militar» y más poder blando mediante vínculos con los países en desarrollo. Traducido: menos Occidente predicando y más Occidente pagando. El problema es que la receta se parece sospechosamente al menú que nos trajo hasta aquí.
Iraq, Libia y el desgaste del relato occidental
Buena parte del análisis crítico no discute el fondo de la predicción. Discute quién tiene autoridad para hacerla. La credibilidad occidental se gastó en Iraq, Afganistán y Siria, y también en la intervención en Libia en 2011, bajo la administración de Obama, que fue quien más guerras promovió en ese tramo. En ese sector circula incluso la tesis de que la liquidación de Gadafi tuvo relación con su intento de emitir una moneda panafricana respaldada en oro, y con los dos países que le apoyaron, Egipto y Sudán.
La queja de fondo es otra: Occidente perdió la guerra cultural en su propia casa mientras libraba guerras convencionales fuera. El resultado, dicen, no es que otros hayan ganado. Es que nadie confía ya en el árbitro.
¿Qué ofrece China a cambio?
Aquí el análisis se parte.
Hay quien pregunta en voz alta si alguien ha visto a los chinos decir a otros qué sistema de gobierno deben tener, y responde que eso no es lo que ocurre. La réplica es que Pekín no necesita ocupar: compra. Media África oriental queda descrita como dependiente de la inversión china, con el mismo mecanismo con el que Estados Unidos construyó su patio trasero en América Latina.
A la balanza se le añade el otro platillo: Rusia tampoco deja elegir a su entorno, y ahí están Ucrania, Kazajistán o Bielorrusia, descrita como país títere. Mirar solo un lado, sostienen, es hacer trampa.
Y luego está el rechazo frontal al modelo. Frente a la idea de que el futuro pasa por copiar a Pekín, aparece la respuesta seca de quien no está dispuesto a cambiar libertad por comodidad: mejor no liderar nada. El país que en 221 antes de Cristo ya era un gran imperio recuerda que esto de ser potencia no le pilla de nuevas.
Bipolar, multipolar o simplemente otro bloque
Sobre la forma del nuevo orden tampoco hay acuerdo. Blair habla de bipolaridad o multipolaridad, pero hay quien responde que será todo lo contrario de plural: un tablero monocromo donde los anglosajones solo quieren naciones a sus pies como escudo. Para esa corriente, la caída del bloque occidental no es una desgracia, sino la ocasión de que deje de enmarañarlo todo.
Otros avisan de lo contrario: que el fin del paraguas occidental no convierte a nadie en libre, solo en carne de cañón de quien reparta las cartas. La discusión deja un terreno embarrado: si el declive es inevitable, la pregunta deja de ser quién manda y pasa a ser a quién le toca pagarlo.
África, el franco CFA y el ultimátum en Mali
El otro tablero es África. El movimiento maliense Yerewolo ha lanzado un ultimátum para que MINUSMA abandone el país antes del 22 de septiembre, fecha simbólica porque es la de la independencia de Mali. Su discurso es anticolonialista, señala a Francia como principal enemigo y pide seguir el camino de la soberanía.
El franco CFA es el otro frente. Una parte defiende que da estabilidad porque tiene la garantía del Estado francés y que cualquier país puede salirse si quiere. Otra responde que ahí está justamente la correa, y recuerda que quien intentó moverse en esa dirección no acabó bien.
El dato que descoloca cierra el círculo:
en los diez últimos años, seis de los diez países que más han crecido son africanos. El franco CFA, ancla para unos y grillete para otros, sigue circulando. Occidente discute su declive; el resto, entre tanto, factura.