El 23% de los chicos de 15 a 29 años niega la violencia de género
El
87% de la población joven española conoce algún caso de maltrato machista en su entorno cercano. El mismo estudio que arroja esa cifra —presentado por el Centro Reina Sofía de Fad Juventud en vísperas del 25-N, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres— sostiene que casi uno de cada cuatro chicos de entre 15 y 29 años cree que la violencia de género no existe o es un invento ideológico. En 2019 eran el 12%. Cuatro años después, el
23%. Cuanto más se habla del problema, más gente aparece negándolo, y esa es la paradoja que el estudio deja sobre la mesa.
El negacionismo se duplica entre los varones jóvenes
Los datos que maneja la subdirectora del centro, Anna Sanmartín, dibujan una tendencia sostenida, no un pico anecdótico. Entre los chicos, la negación pasa del 12% al 23%. Entre las chicas, del 5% al
13%. Y un
18% sostiene que la violencia de género es algo habitual en una pareja, frente al 11% de cuatro años antes. La autora resume el diagnóstico sin rodeos: «hay un argumentario antifeminista que va ganando adeptos». No es la mayoría, pero deja de ser marginal, que es justo el terreno donde una idea empieza a sonar discutible en lugar de inadmisible.
Hay quien lee la subida como una reacción proporcionada a un discurso público que trata a los varones jóvenes como sospechosos de serie. Enfrente pesa el argumento contrario: que esa reacción se alimenta de eslóganes escuchados en redes, no de experiencias verificables. Lo único medible es el porcentaje, y va en una dirección.
¿Por qué crece el antifeminismo entre los chicos de 15 a 19 años?
La franja donde el fenómeno se concentra es la de 15 a 19 años. Sanmartín lo explica por los canales por donde circula hoy el discurso: redes sociales, creadores de contenido y representantes públicos. «Compran eslóganes que escuchan en las redes sociales, en los influencers y en los representantes públicos», afirma. El formato importa: el meme convierte un argumento minoritario en algo compartible y divertido de reenviar.
La entrevista introduce además un término que resume ese ecosistema: la
manosfera, el espacio digital donde ese relato se fabrica y se amplifica. Y apunta al discurso que presenta al hombre como víctima del sistema, una narrativa con más tracción entre adolescentes que entre adultos. Preguntada por si la polémica sobre los efectos de la ley del
sólo sí es sí ha podido influir, la respuesta es que esos discursos ya estaban ahí antes de que se legislara.
La violencia de control: revisar el móvil y decidir con quién habla
El estudio no mide solo creencias, también lo que la gente ve. Y lo que se ve, por orden de frecuencia, es control: al
46% le consta que alguien de su entorno revisa el móvil a su pareja, el mismo porcentaje que conoce casos de quien decide con quién puede hablar su pareja o a dónde puede ir. Insultarla o humillarla lo refiere el 41%; hacerle sentir miedo, el 38%; decirle que no vale nada, el 35%; pegarle, el 27%.
Entre las entrevistadas, el
25% admite que su propia pareja le revisa el móvil y una de cada cinco afirma haber mantenido relaciones sexuales sin querer. Sanmartín lo atribuye a una concepción del amor romántico en la que los celos funcionan como prueba de amor y en la que el diálogo, la confianza o el consentimiento no aparecen entre las prioridades.
El abandono masculino que el estudio no mide
El punto flojo aparece al preguntar por los varones. Planteada la hipótesis de que estos chicos se sientan abandonados —el abandono escolar temprano es un problema mayoritariamente masculino y no hay programas específicos para ellos—, la respuesta es que primero tocaba trabajar con las mujeres. Reconoce a continuación que hay que buscar complicidad entre ambos sexos porque «se nos van los que se sienten maltratados, humillados y no comprendidos». Dos frases seguidas que, juntas, explican bastante.
Añade que los centros escolares están saturados y que toca trabajar con familias y profesorado. Sobre si los datos han empeorado, matiza que probablemente se denuncia más, las víctimas se sienten más arropadas y las instituciones responden mejor. La objeción razonable es otra: que se denuncie más no explica que un chaval de 17 años tenga por evidente que el maltrato es un invento.
Con estos números encima de la mesa, la pregunta ya no es cuánta pedagogía falta, sino qué pasa cuando a esa generación le toque legislar.