Un anuncio de Más Madrid sobre violencia digital desata el rechazo
Un vídeo de campaña ha reabierto la discusión sobre uno de los términos más ambiguos del discurso institucional: la
violencia digital. La pieza, firmada por Más Madrid y protagonizada por mujeres que relatan insultos y ataques recibidos en internet, circuló con dos relatos superpuestos. Por un lado, el mensaje de la formación contra el acoso en línea. Por otro, una reacción airada que se fijó menos en el contenido que en las caras de quienes lo cuentan. Hay quien reconoció haber aguantado apenas
diez segundos antes de cerrar la pestaña. Con eso bastó para dictar sentencia.
Qué denuncia en realidad el anuncio de Más Madrid
El vídeo reúne testimonios de mujeres sobre agresiones verbales recibidas en redes sociales y plataformas digitales. Su objetivo declarado es poner rostro a un fenómeno que, según el enfoque de la campaña, se ha normalizado hasta pasar desapercibido. Hasta ahí, nada nuevo: es el guion habitual de cualquier pieza institucional sobre acoso en línea.
La respuesta más difundida no entró a valorar ese contenido. Una réplica recurrente subrayó que el vídeo
no contiene, en ningún momento, la afirmación que se le atribuyó en el titular del hilo. La polémica arrancó así de una premisa que las propias imágenes no sostienen, lo que convirtió el asunto en una discusión sobre lo que alguien creyó ver en lugar de sobre lo que se dijo.
Hubo también quien puso en duda que las protagonistas sean mujeres corrientes. Se apuntó que podrían ser
actrices contratadas para el papel, con el argumento de que nadie se comporta así delante de una cámara. Es una objeción plausible y, a la vez, indemostrable con lo que aparece en el vídeo.
El físico de las protagonistas como argumento
Lo más repetido, con diferencia, fue el comentario sobre la apariencia. Una corriente de respuestas se dedicó a diseccionar los rostros de las participantes, a encadenar supuestos —que un semblante poco agraciado delata amargura, que la amargura explica la militancia— y a presentar la
fealdad como síntoma de un supuesto malestar ideológico. Es un patrón viejo: cuando el argumento no llega, se ataca la cara.
Sobre esa base se dio por buena una supuesta relación directa entre atractivo físico y felicidad. Nadie aportó un solo dato que la respalde, y eso no impidió que se repitiera como si fuera un axioma. En algún momento la burla derivó hacia lo esotérico, con comparaciones con posesiones demoníacas, y hacia el simple escarnio, celebrando cada nuevo visionado del vídeo como una hazaña.
Curiosamente, la misma pieza que se ridiculizaba por su tono supuestamente agresivo generó una cascada de descalificaciones. La contradicción no pareció molestar a nadie.
¿Se convertirá la violencia digital en un delito de odio?
Aquí la conversación subió de tono. La tesis más repetida sostiene que
«violencia digital» no es un fin, sino la primera estación de un recorrido: si el término cuaja, terminaría incorporado a la legislación sobre
delitos de odio y permitiría limitar lo que se puede escribir en internet. Conviene subrayarlo: es una previsión, no un hecho consumado. No hay, en lo expuesto, ningún texto legal en tramitación que recoja esa figura.
El razonamiento se apoyó en una lista de principios atribuidos a la propaganda nazi —simplificación, enemigo único, contagio, transposición— presentados como manual de lo que se estaría aplicando. La comparación funciona como recurso retórico, no como prueba de nada.
Lo que sí quedó claro es el nervio de fondo: la sospecha de que cada etiqueta nueva sobre lo que se dice en redes termina, tarde o temprano, convertida en norma. Si eso ocurriera, la pregunta de quién decide qué es un insulto y qué una crítica seguiría sin respuesta.
Quién paga el anuncio de Más Madrid
Otro de los reproches más repetidos apunta al bolsillo. La crítica es que la pieza está
pagada con dinero público. El reproche es recurrente en cualquier pieza partidista, aunque esta vez faltó el detalle: nadie concretó la cuantía ni la partida de la que salió.
El argumento tiene recorrido, porque mezcla dos cosas distintas. Una es la legitimidad del mensaje; otra, quién paga la factura. Se pueden discutir por separado, pero en la práctica se usan como si fueran la misma.
El contraargumento: hay abusos que existen
No todo fue burla. Varias intervenciones recordaron que los insultos y amenazas a mujeres en redes no son una invención de campaña, y que buena parte de lo que aparece en el vídeo se reproduce a diario. La frase que resume esa postura es sencilla:
lo que se critica ahí se ve todos los días.
Otro mensaje propuso un contrapunto: si se hace un vídeo con las descalificaciones de hombres hacia mujeres, debería hacerse otro con las que circulan entre mujeres. Y una tercera línea, más cansada, optó por la distancia irónica, viendo en espectáculos como este la señal de una sociedad que se deshace y el mejor argumento para no participar en él.
Dónde se atasca la discusión
Si el anuncio denuncia un abuso real, la burla sobra. Si solo es propaganda pagada, la indignación se entiende. Ambas cosas pueden ser verdad al mismo tiempo, y ahí está el problema.
Lo que sigue sin resolverse es el nudo de fondo: nadie aclara qué sería exactamente la violencia digital, quién la define, ni hasta dónde puede llegar como figura legal. Sin esa respuesta, cada nueva campaña reabrirá la misma pelea.