Comer radiactivo sin saberlo: qué mide de verdad un Geiger casero
¿Cuánta radiación lleva la lechuga que acabas de comprar? No es una pregunta retórica. Tras el accidente de Fukushima, un aficionado a la horticultura urbana se hizo con un
contador Geiger y empezó a medir todo lo que entraba en su cocina: fruta, carne, pescado, verdura. La mayoría de las lecturas se movían, según cuenta, en el
fondo natural, entre 0,17 y 0,20 µSv/h. Una lechuga marcó
0,43. Un salmón congelado de una cadena de prestigio,
entre 5,5 y 6,5. Los dos acabaron en la basura. La duda que queda flotando: ¿está midiendo
alimentos radiactivos o está midiendo mal?
Qué mide un contador Geiger doméstico y qué se le escapa
Un tubo Geiger básico cuesta alrededor de medio euro y funciona con un mecanismo de avalancha que amplifica la energía de la partícula hasta la saturación. Detecta partículas beta, pero no las de energía muy baja, y no ve la radiación alfa porque las paredes de vidrio la bloquean. Para captar fotones gamma hay que recubrir el tubo con una camisa de metal pesado. Y, como resume uno de los participantes, con un medidor Geiger no se puede medir la radiactividad de los alimentos de forma precisa o segura.
Para medir un producto con garantías hace falta un medidor de centelleo y, además,
triturar una muestra de cada cosa que se quiera analizar. El equipo ronda los
4.000 euros y no es de uso doméstico. Quien quiera saber qué isótopos concretos causan la radiación tiene que irse a un espectroscopio de laboratorio. Nada de eso cabe en la cesta de la compra.
¿Es la lechuga radiactiva o el aparato lee el entorno?
Ahí está el nudo. Un contador sin blindaje no aísla la comida de lo que tiene alrededor, así que una lectura no distingue qué parte viene del alimento y qué parte del fondo. Y hay una explicación aburrida y probable: el
potasio-40, natural, presente en todos los vegetales y que en frutas y plátanos mueve las agujas sin que haya nada extraño.
Frente a eso, la defensa de quien mide es simple: el aparato considera normal hasta 0,30 y dispara la alarma a partir de
0,85; si el resto de la cocina marca 0,17 y esa lechuga sube a 0,43, algo pasa con esa lechuga. El pulso se convierte en un duelo entre la navaja de Ockham y la sospecha de que la explicación sencilla no siempre es la buena.
El salmón del Pacífico y el miedo a Fukushima
El pescado es el otro frente. El salmón medido era congelado y, por lo que se deduce, de procedencia de Alaska. La alarma conecta con la obsesión de que el Pacífico está contaminado por los vertidos de Fukushima y con el consejo, atribuido a un contacto en Los Ángeles, de dejar de comer pescado de esa zona. Otra corriente del análisis lo descarta: en un océano tan grande los contaminantes se diluyen.
Porque, de fondo, hay un riesgo que el Geiger no ve: los
metales pesados. El mercurio no lo detecta ningún dosímetro doméstico y varios mensajes recuerdan que ese sí es un problema reconocido en el consumo de pescado, con la recomendación de moderarlo.
La irradiación de alimentos no los vuelve radiactivos, pero no se etiqueta
Conviene deshacer el malentendido central: irradiar un alimento con
rayos gamma para conservarlo no lo convierte en radiactivo. Eso solo ocurre con la activación por neutrones, y un flujo de neutrones solo aparece dentro de un reactor en funcionamiento. La comida, por tanto, no
«se queda» radiactiva.
El problema es otro: la irradiación no aparece en la etiqueta. Altera el ADN y las proteínas del producto —como la pasteurización, ironizan algunos— y no hay estudios europeos que hayan evaluado sus efectos. Bruselas lleva años sin encargarlos.
«A la comida de importación se la irradia con rayos gamma, por eso tarda tanto en pudrirse», sostiene un mensaje.
Del accidente del CIEMAT de 1970 a las huertas del Manzanares
La hipótesis más incómoda apunta a casa.
En 1970, una fuga de agua radiactiva del centro de la Ciudad Universitaria de Madrid liberó estroncio-90 y cesio-137. Según el relato que circula, el agua se fue por el desagüe, acabó en los acuíferos y, de ahí, al Manzanares, río del que se riegan huertas de la zona. Han pasado cuatro décadas largas.
Quien rebate el argumento se apoya en las semividas: según un participante, unos
60 años para ambos isótopos, así que a estas alturas quedaría la mitad y muy dispersa. Quien sospecha responde que la fuga no fue de pocos litros, que se tardó un fin de semana entero en actuar y que las mediciones altas siguen apareciendo. El asunto, a día de hoy, no está cerrado.
Taiwán, el cobalto-60 y el edificio con cemento radiactivo
El dato que deja a todos pensando llega de Taiwán. Según los datos que cita un participante, viviendas construidas con cemento radiactivo, asociadas al
cobalto-60, expusieron a sus vecinos a dosis que en teoría deberían haber disparado los tumores. La incidencia de cáncer entre la población general era de
116 por cada 100.000 habitantes; entre los residentes de esos edificios,
3,5. Menos, no más.
El hallazgo alimenta la tesis de que las dosis bajas no son el demonio que se vende. También admite la lectura contraria: un caso no cierra un debate y la estadística se presta a mil interpretaciones. Lo que sí queda claro es que el consumo no se decide en un laboratorio.
El resultado de todo esto es una nevera a la que le pasas un aparato de cien euros, una balanza de la que uno se fía más que de la etiqueta y unos servicios sanitarios que, según quien mide, tenían que haber detectado estas cosas y no lo han hecho.