Dos cañas en terraza: de 6 euros en Madrid a 12 en la Rambla
Dos cañones de cerveza servidos en vaso de sidra. Seis euros. Esa fue la cuenta de una terraza cualquiera una tarde de junio de 2013, y sirve de termómetro de lo que cuesta sentarse a la sombra en España. Si a esos dos vasos se les añade una ración de patatas bravas, la factura sube hasta los diez euros según el recuento que abrió la comparativa. La pregunta no es solo si es caro, sino cuánto de ese precio es cerveza y cuánto es el privilegio de ocupar una silla en la vía pública.
El caso que arranca la discusión se queda corto. En plena Rambla de Barcelona, un tubo de cerveza se cobró a 12 euros a un grupo de turistas. En
Madrid, en el barrio de Latina, tres vasos de tinto de verano tamaño sidra —
más hielo que refresco y ni una mísera aceituna de tapa— sumaron 10,50 euros, a 3,50 cada uno.
¿Cuánto cuesta una caña en terraza en España?
La respuesta depende de tres variables: ciudad, calle y si hay más gente de fuera que de dentro. Los datos que se van acumulando dibujan un país de dos velocidades.
Hay precios que parecen de otra época. En un bar de Lleida, un tercio de Mahou se sirvió a 1,90 euros en la barra; en la calle de atrás, un Cruzcampo a un euro. En un pueblo sin precisar, una Heineken costó 1,80 euros, el zumo 1,60 y una ración de patatas 1,20, en terraza concurrida y buena zona.
Y hay precios que rozan la
tomadura de pelo. En Valladolid, en un bar alejado del centro, una caña y una Coca-Cola costaron 6 euros: tres por cada una. En una terraza de Madrid, una horchata y una cerveza, 9 euros. En la Plaza Mayor, junto a la calle Cuchilleros, una cerveza de tubo, un café y una ración de pota treparon a 35 euros.
El truco del hielo y de la botella de litro y medio
Donde el margen se dispara no es en el alcohol, sino en todo lo que lo acompaña. El hielo, la rodaja de limón, la tónica de marca blanca y el refresco servido desde una botella de litro y medio comprada en el supermercado son la verdadera mina.
Un desglose dejado en la conversación calculaba que de cada botellín de limón salían dos tintos de verano, es decir, unos 30 centilitros de refresco por consumición. Con el vino a 1,50 euros el litro, la factura del grupo ascendió a 42 euros. Otro caso, en una zona residencial de Málaga, describía cómo a la niña de unos amigos le sirvieron la «Fanta» directamente desde una botella de litro y medio de supermercado a precio de refresco de bar.
La cuenta de la tapa es otro capítulo. En Madrid el aperitivo gratis se extingue: quien paga 3,50 euros por un vaso tamaño sidra no recibe ni una aceituna. En cambio, en Alcalá de Henares, frente a la casa de Cervantes, una cerveza con tapa costó 2,60 euros y dos rondas servían casi de cena. En el mismo municipio, otro local sirvió dos cañas a 2,50 cada una con dos tapas gratuitas —un sándwich mixto entero y un montadito de tortilla francesa—, más una tabla de manchego curado a 9 euros.
La doble carta del turista
Quien trabaja en hostelería cerca de zonas turísticas lo tiene claro: hay dos listas de precios. Una para el vecino y otra para el visitante que no volverá. La práctica, descrita por quien tuvo un familiar trabajando toda una vida en un hotel junto a las Ramblas, consiste en aplicar tarifas distintas según el acento del cliente.
No es un fenómeno exclusivamente español. En Santiago de Chile, un chopp se cobró a 4 dólares; en Perú y Uruguay, el botellín a 3 dólares; en Argentina, el chopp a 3 dólares, «y de asquerosa calidad», según ese testimonio. La diferencia es que aquí el turista comparte acera con el residente, y ese residente paga la misma terraza a precio de guiri si no pregunta antes.
De ahí la conclusión más repetida: pedir la carta antes de sentarse,
sin corte alguno. Quien no pregunta el precio, lo acaba aceptando. Y una terraza que no exhibe sus tarifas por anticipado es, en la práctica, el mejor filtro para saber dónde no conviene dejar el dinero.
El coste laboral que no sale en la cuenta
Detrás de un cubo de botellines barato o de una tapa generosa hay algo más que buena gestión. Las cadenas de bajo coste fueron señaladas en la discusión por prácticas laborales que irían desde jornadas de hasta doce horas hasta el despido de trabajadores «
a prueba» sin salario ni alta, pasando por el impago de parte de la nómina y represalias contra listas sindicales. Se trata de acusaciones de origen sindical, no de hechos probados, y las empresas no se pronunciaron en la conversación.
El contraste con el salario deja el dato que descoloca: si el SMI en Bélgica rondaba los 1.444 euros y en España se quedaba en 645,30, la cuenta de cuántas horas hay que trabajar para pagar una caña cambia por completo. No es solo cuestión de precio; es cuestión de cuánto cuesta ganar el dinero con el que se paga.
Dónde beber sin arruinarse
En medio del desierto de precios, la comparativa fue dejando una lista de excepciones que se sostienen por clientela fiel. En Burgos, el Pecaditos y la Sirenita sirven un cubo helado de San Miguel —cinco cervezas— por 3 euros, con tapas abundantes y baratas, y están siempre llenos mientras los locales de al lado no se comen los mocos. En la cadena de bajo coste, un cubo de cinco botellines cuesta 3 euros y una ración de paletilla ibérica, 6.
La conclusión que se impone entre los que mejor calculan: el centro de las ciudades y las terrazas de paseo marítimo se han convertido en un producto de lujo, mientras los bares
de barrio aguantan con precios razonables. Quien tiene sed de verdad se lo piensa dos veces.
Al final, el precio más caro de toda la lista no está en ninguna terraza. Está en una máquina expendedora de un polideportivo: una botella de agua de 33 centilitros, embotellada a veinte kilómetros de allí, se vendía a 1,50 euros. La cerveza, al menos, se sirve fría.