El Nuevo Orden Mundial, la excusa que frena el apoyo a Rusia
¿Por qué quien desconfía del Nuevo Orden Mundial y de los grandes medios no acaba apoyando a Rusia? La explicación que gana peso no es una súbita simpatía por la OTAN, sino todo lo contrario:
Putin sería una pieza más del mismo tablero globalista. El punto de partida era otro. Si la Alianza Atlántica, la prensa occidental y los grandes financiadores respaldan a Zelenski, lo coherente para un escéptico español —se argumenta— sería ponerse enfrente o, como mínimo, mantenerse neutral. Ese reflejo, sin embargo, no termina de cumplirse.
¿Es Putin otro empleado del Nuevo Orden Mundial?
Una corriente del análisis sostiene que Rusia y China han mostrado su respaldo a la Agenda 2030 y que el presidente ruso juega en el mismo equipo que Washington, solo que necesita guardar las apariencias. La hipótesis va más lejos:
Rusia querría los recursos de Ucrania y el control del mar Negro, no enfrentarse al orden global. Ninguna de esas afirmaciones viene acompañada de pruebas; son lecturas conspirativas que se repiten sin verificación. Otra variante más amplia sentencia que nadie escapará del Nuevo Orden Mundial gane quien gane la guerra, y que la única elección real es resistirse mucho o resistirse menos. El
quien domina los mares domina el mundo aparece como coartada de fondo.
Por qué España desconfía antes de Washington que de Moscú
El rechazo a la OTAN se apoya menos en simpatía por el Kremlin que en una lista de agravios con Estados Unidos que se recita de memoria.
En 1898 Washington se quedó con Cuba, Filipinas, Puerto Rico y Guam. En 1945 no llegó un dólar del Plan Marshall y fue Argentina la que echó una mano. En 1957, durante la guerra de Sidi Ifni, se impidió a España usar el armamento que ya había comprado. A eso se suma el reproche de que la Alianza, que en la práctica es Estados Unidos, arma a Marruecos, el enemigo natural en el norte de África. La tesis que sobrevuela: Rusia no ha hecho nada a España; otros sí.
- 1898: Cuba, Filipinas, Puerto Rico y Guam
- 1945: exclusión del Plan Marshall
- 1957: veto al uso del armamento ya comprado en Sidi Ifni
- 2014: anexión de Crimea, poblada en un 90% por rusos
Marruecos, el enemigo que sí preocupa
Si hay un frente que une a casi todos, es el del sur. Se recuerda que el acuerdo entre Israel y Marruecos no sirvió solo para dar lustre a los desfiles, que Rabat compró también misiles a China y que se levanta una base cerca de Melilla. A eso se añaden los drones kamikazes y la sospecha de que el rearme marroquí apunta directamente a España. La conclusión que se extrae es incómoda: conviene mirar menos al este y bastante más al estrecho.
¿Cuál debería ser la posición de España en la guerra?
Para buena parte del análisis, el conflicto es aislado y España no tiene nada que ganar posicionándose. Se pregunta abiertamente en qué alianza militar están los enemigos históricos del país —Francia, Reino Unido, Estados Unidos, ahora Marruecos— y quién ocupa bases en territorio español. La respuesta que se da es que no es Rusia. Frente a eso, otra línea defiende que la OTAN es precisamente el ejército de defensa propio ante enemigos exteriores que acaban de demostrar la necesidad de su existencia. Y una tercera admite respeto por Moscú pero exige
disuasión y contención frente a cada anexión.
Por qué la izquierda y la derecha embarullan el tablero
El alineamiento ideológico confunde más que aclara. Hay quien reconoce que estaría con Putin si no fuera porque ve a la izquierda alineada con Rusia, lo que le hace dudar. Otros señalan que se confunde a Putin con Stalin y se identifica la Rusia actual con la URSS y el comunismo, un error de manual. Y una tesis distinta sostiene que la mayoría no va con la OTAN, sino que quiere a Ucrania dentro de la UE para presionar al grupo de Visegrado y como futuro aliado frente a una amenaza marroquí. El cálculo completo de por qué esa mayoría se rompe daría para otro artículo.
El doble rasero de las invasiones
El choque más repetido es el de la ley del embudo. Unos sostienen que si se invaden países no se puede pedir después que los demás no hagan lo mismo; los otros responden que criticar a unos no obliga a aplaudir a los demás, y que justificar una invasión ajena con precedentes propios es puro
whataboutismo. Ambas partes se acusan de hipocresía. Nadie mueve ficha.
Al final, el tablero queda tan revuelto que el más receloso del relato oficial tampoco se fía de Moscú, y quien defiende la Alianza Atlántica lo hace en un país cuyos enemigos históricos van todos en el mismo bando. Ironías de la
geopolítica.