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La generación langosta devora a sus nietos: el pacto roto
A mitad de 2026, el reparto de la renta en España se ha convertido en un ajuste de cuentas demográfico. La edad moda del país es ya de 51 años, con 50 millones de habitantes y una tasa de natalidad estancada en 1,2 hijos desde hace cuatro décadas. La pirámide de población que durante años se enseñó en las aulas como un futuro lejano ha llegado para quedarse, y con ella ha llegado la pregunta que nadie quiere responder en voz alta: quién paga la factura.
El término «generación langosta» ha dejado de ser una boutade para convertirse en categoría de análisis. Designa a quienes vivieron la expansión económica de 1958 a 2008, compraron vivienda con dos sueldos, criaron hijos y se jubilaron con pensiones públicas generosas, mientras a sus espaldas el mercado laboral se precarizaba hasta el punto de que un ingeniero con años de experiencia cobra sueldos que no le permiten acceder a una vivienda.
Los números que sostienen el conflicto
Los datos que circulan en el análisis son contundentes. El sistema de pensiones pasó de tener 5 cotizantes por pensionista a poco más de 2. El IVA, que algunos recuerdan en el 12%, se ha instalado en el 21%. Y la pirámide de población se ha invertido: hay más jubilados que niños, y la inmigración ha maquillado las cifras sin resolver el problema de fondo. España necesita alimentar la máquina con más contribuyentes, pero la tasa de natalidad no responde.
Uno de los casos más citados es el de Aceralia, la siderúrgica que en plena reconversión prejubiló a miles de trabajadores antes de los 50 años con pensiones de lujo. Aquellos trabajadores, muchos de ellos sin haber pasado por la mina, llevan tres décadas jubilados contando su esfuerzo. Mientras, sus nietos firman contratos temporales y comparten piso a los 35 años.
El escudo mental del «espejismo del mérito»
La sociología aporta una clave: las técnicas de neutralización de Sykes y Matza explican cómo se mantiene el autoconcepto intacto mientras se participa en un expolio sistémico. El «espejismo del mérito» es el mecanismo por el que cada jubilado cree que su pensión es el resultado justo de su esfuerzo, y no de un contexto de crecimiento excepcional. El sesgo del superviviente hace el resto: quienes prosperaron en la década prodigiosa confunden el viento de cola con la destreza individual.
En esta corriente de análisis, el diálogo se vuelve imposible. Los mayores interiorizaron que todo lo conseguido fue por mérito propio, y los jóvenes responden que la meritocracia no existe: la riqueza se hereda, el esfuerzo no garantiza nada y los salarios llevan estancados desde mediados de los noventa. La brecha no es solo económica, es epistémica.
Las propuestas chocan contra el bloque electoral
Hay quien propone soluciones radicales: pensión máxima de 1.000 euros, eliminar prejubilaciones doradas, vincular la cuantía a las aportaciones reales, y retirar el voto a quienes reciben prestaciones del Estado. Otros responden que el problema no es la pensión, sino el capitalismo salvaje y la mala gestión de décadas. Pero todas las propuestas chocan contra el mismo muro: los pensionistas son el mayor bloque electoral del país, y ningún partido con aspiraciones de gobernar va a meter la tijera en sus propias bases.
Mientras tanto, la generación joven opta por la huida. La fuga de talento es el único «voto» que pueden emitir sin necesidad de urna. Y aquí se atasca el análisis: si el sistema depende de que haya más cotizantes, y los cotizantes huyen o deciden no tener hijos, la ecuación se resuelve sola. Pero nadie ha explicado todavía cómo se convierte esa certeza en política pública.