Cómo saber si una moneda de plata es auténtica: la lejía y el peso
Un forero cuenta que un duro de
plata falso comprado por cuatro euros se puso negro en lejía pura. El detalle, lejos de ser una anécdota de sobremesa, resume el problema al que se enfrenta cualquiera que compre moneda antigua sin ser experto: las pruebas caseras detectan el metal, pero no siempre la autenticidad. La pieza pesaba algo menos de 23 gramos, no la atraía el imán y, sin embargo, era falsa. ¿Qué falla?
La discusión sobre cómo verificar monedas de plata sin recurrir a un laboratorio se ha convertido en un pequeño manual de trincheras. El punto de partida es la desconfianza hacia los métodos más populares. El tintineo y el imán sirven de poco: una aleación de plata con otro metal puede imitar el sonido y no responder al campo magnético. La lejía, en cambio, se ha revelado como un test químico accesible: la plata se ennegrece al instante, mientras que otros metales no reaccionan igual.
El peso, la prueba más fiable
La balanza electrónica y el pie de rey digital son las herramientas que más consenso generan. La lógica es simple: una moneda falsa suele tener las dimensiones correctas pero no el peso exacto. La tolerancia entre piezas auténticas de una misma emisión es mínima, de centésimas en el caso de los soberanos, aunque en las 100 pesetas de Franco la variación es mayor. El problema es que sin una moneda de referencia certificada, el peso aislado no basta.
La lejía no distingue entre plata maciza y plata chapada, y tampoco detecta una falsificación de época fabricada con el metal noble. Hay constancia de duros falsos antiguos que llevaban más plata que los originales, lo que complica aún más el diagnóstico. La anécdota del duro de cuatro euros que se ennegreció pero pesaba menos de 23 gramos apunta a una aleación con plata, no a una pieza genuina.
El canto y la numismática, la vía profesional
El canto es otro indicador. Las falsificaciones de época solían descuidar este detalle, y un canto mal hecho delata la pieza. La recomendación más repetida para quien no quiera arriesgarse es acudir a una tienda de numismática y preguntar cuánto ofrecen por la moneda. Un profesional detecta la falsificación al instante, aunque el método tiene un efecto colateral: si el coleccionista lleva su tesoro completo, el susto del comerciante puede ser mayúsculo.
La pátina es otro capítulo. Las monedas demasiado limpias resultan sospechosas, y la lejía diluida en agua se usa para envejecer piezas que han sido restauradas en exceso. El amoniaco revierte el proceso y devuelve el brillo. Entre ambos extremos aparece el tono que buscan los coleccionistas.
El dato que descoloca
Ninguna prueba casera es infalible. La lejía detecta plata, no autenticidad. El peso detecta aleaciones, no épocas. El canto detecta descuidos, no engaños bien hechos. La única certeza es que una moneda falsa puede ser de plata y aun así no valer lo que cuesta.