Un tuit de Libertad Digital cifra en casi el 40% las jóvenes bisexuales
¿Cuántas de esas mujeres que se declaran bisexuales lo son de verdad? Un tuit de
Libertad Digital que sitúa en casi el 40% la proporción de mujeres de entre 18 y 24 años que se identifican como bisexuales ha abierto un debate que va mucho más allá de la orientación sexual. El dato ha servido para que muchos lectores pongan el foco en una cuestión incómoda: ¿hay más bisexualidad o más postureo? La respuesta que domina en el análisis no es precisamente amable con la generación protagonista.
La tesis más repetida es que la cifra no mide deseo, mide identidad declarada. Y que esa identidad se ha convertido en una etiqueta barata de conseguir y rentable de exhibir. «Ser bisexual» no exige nada, no se demuestra, no se verifica. Basta con decirlo. En un contexto donde la heterosexualidad se percibe como sospechosa de ranciedad, declararse bisexual funciona como un salvoconducto social.
Qué dice el dato y qué no dice
El porcentaje se apoya en una encuesta de autopercepción, no en un registro de conductas. Ahí está el primer problema. Una cosa es lo que la gente responde en un cuestionario y otra lo que hace en la intimidad. La distancia entre ambas, según el escepticismo que recorre el análisis, es abismal.
Hay quien sostiene que la etiqueta se ha vuelto
cool. Que da puntos de progresía sin coste social real. Que se puede decir en redes, poner una bandera en la biografía y no volver a acordarse. El comportamiento efectivo, en cambio, sigue siendo mucho más convencional de lo que sugiere el titular.
La lectura más cínica apunta a un efecto de imitación. Si el grupo declara, el individuo declara. La sexualidad, en ese marco, deja de ser un rasgo estable y pasa a ser una moda generacional más, como lo fue en su día llevar la mantilla a la novena.
El factor de la ingeniería social
Buena parte del análisis no cree en la casualidad. Cuarenta años de pedagogía institucional, series, publicidad y campañas han ido moldeando qué es deseable declarar a los dieciocho. El resultado, sostienen, es una generación que ha interiorizado que decir «soy heterosexual» implica una especie de discriminación.
La tesis fuerte es que se ha desvinculado la sexualidad de cualquier función reproductiva o de compromiso y se ha convertido en una forma más de consumo identitario. Primero fue la raza, luego la patria, después la religión. Ahora toca la orientación. La identidad como mercancía de usar y tirar.
No todo el mundo compra ese relato. Hay quien recuerda que la bisexualidad femenina siempre existió y que lo nuevo no es el fenómeno, sino su visibilidad estadística. Que las mujeres han tenido históricamente más margen para explorar entre ellas sin la carga de estigma que pesa sobre los hombres. Que lo que antes se callaba, ahora se declara.
La brecha entre el discurso y la práctica
El punto donde el análisis se vuelve más terrenal es el de la práctica. Varios relatos coinciden en lo mismo: conocen a muchas que se declaran bisexuales y no han tenido una relación con otra mujer en su vida. El piquito de borrachera, la mano cogida en la discoteca, el masaje entre amigas. Nada que sostenga un porcentaje del 40%.
La explicación que se repite es que la bisexualidad declarada funciona como una forma de pertenencia al grupo. No como una orientación efectiva. Y que esa brecha entre lo que se dice y lo que se hace es precisamente lo que invalida la encuesta como termómetro real.
El contraste con los hombres es llamativo. La misma presión social que empuja a ellas a declararse bisexuales empuja a ellos a no hacerlo. El coste de decir «soy bisexual» siendo hombre sigue siendo alto. El de decirlo siendo mujer, prácticamente nulo. Eso, por sí solo, distorsiona cualquier comparación.
Qué pasa cuando la etiqueta se topa con la vida real
El análisis más ácido señala que la mayoría acaba emparejada con hombres. Que la bisexualidad declarada convive sin problema con novios, maridos y proyectos de familia tradicional. Que la etiqueta se queda en la biografía de la red social mientras la vida sigue otro guion.
Hay quien lo resume con una frase que circula: la bisexualidad femenina es la versión moderna del «no soy racista, tengo un amigo negro». Una forma de decir algo sobre uno mismo sin que implique nada. Un gesto de pertenencia al bando correcto.
La consecuencia, si el diagnóstico es acertado, no es que haya más bisexualidad. Es que hay menos honestidad estadística. Y que las encuestas de identidad se han convertido en un instrumento para fabricar relatos, no para medir realidades.
Al final, la pregunta que queda flotando no es cuántas mujeres son bisexuales. Es cuántas de las que lo dicen lo dirían si nadie estuviera mirando. Y esa, con estos datos, no hay encuesta que la responda.