Qué pasa con los 50.000 euros de entrada cuando la pareja se separa
Un comprador pone
50.000 euros de su bolsillo para comprar casa con su pareja: 30.000 van al precio del inmueble y 20.000 a impuestos, gastos de
hipoteca y escrituras. Las cuotas mensuales, a medias. La pregunta es cómo dejar por escrito que él aportó ese dinero para que no se evapore si algún día la relación salta. Y ahí empieza el lío: hay
tres fórmulas sobre la mesa y ninguna coincide.
La primera reconoce que, en caso de venta, la pareja le devuelva 50.000 euros más la mitad de la venta. La segunda le asigna el porcentaje de la venta que salga de sumar al precio de compra los 20.000 euros de gastos. La tercera le acredita 20.000 euros más el porcentaje que le corresponda por haber adelantado 30.000 euros de más. Parecen variantes del mismo cálculo y son
tres maneras distintas de repartir la misma casa. Elegir mal es regalar dinero.
Gananciales o separación de bienes: qué cambia el reparto
Lo primero que hay que fijar es el régimen patrimonial. Con gananciales, da igual quién puso el dinero: cada cónyuge aporta sus bienes a una sociedad común y
todo pasa al 50%, según se sostiene al analizar el caso. Con separación de bienes, o sin matrimonio, manda lo que diga la escritura: si el piso figura a nombre de los dos al 50%, el esfuerzo extra de uno no altera la titularidad. El
yo pagué más no vale nada en un registro.
Y queda una factura que casi nadie calcula. Si alguien paga por encima de la cuota de propiedad que tiene atribuida, ese exceso puede acabar considerándose
una donación a favor de la otra parte. El reparto que se firme en notaría no solo decide quién cobra en la venta: fija también lo que Hacienda puede reclamar años después.
Quién se queda la vivienda familiar si hay hijos
Aquí el cálculo se rompe. Con custodia compartida y el piso a nombre de ambos, lo previsible es que uno compre la mitad al otro; si no hay acuerdo o el banco no acepta que uno asuma sola la hipoteca, se vende y cada uno se busca la vida. Con custodia para la madre y sin otra vivienda a mano, el criterio que se maneja es que los menores sigan en la casa, con ella dentro, y que
el propietario pague la hipoteca mientras se aloja donde pueda hasta que los hijos se independicen.
Lo que pesa ahí no es la escritura, sino la pensión de alimentos y el uso del domicilio. La secuencia descrita es conocida: manutención más hipoteca más alquiler nuevo sobre una única nómina.
Escriturar por porcentajes en lugar de prometer una deuda
Frente a las fórmulas del
me debes, hay una salida más limpia: medir qué porcentaje del precio pagó cada uno y llevarlo a la escritura. Si uno aporta 50.000 y el otro 10.000, la compraventa refleja esa proporción y en la venta cada uno vende su parte sin reclamar nada a nadie. El reparto deja de ser una promesa para convertirse en
una cifra registral.
Tiene un pero. Esa foto se congela: si después una de las partes asume más cuotas de las pactadas o llega a un acuerdo informal, la escritura no se actualiza sola y el desequilibrio vuelve a quedar fuera del papel.
De tres fórmulas a una pregunta incómoda: ¿por qué comprar a medias?
La respuesta dominante es tajante: no comprar entre dos lo que se puede comprar solo. Y si no llega el dinero, alquilar mientras se ahorra. El argumento se repite: un acuerdo privado sirve de poco cuando hay menores implicados, y reclamar lo aportado exige años de tribunales. La experiencia ajena se cita como aviso: quien firmó pensando que todo estaba atado acabó con la mitad de la entrada perdida.
En el otro extremo están quienes defienden que, con reparto al 50%, los dos cargan el mismo riesgo. También se cuenta el caso opuesto: quien compró todo a su nombre y conserva la vivienda. La contrapartida es la misma de siempre: si hay niños y los tribunales deciden que se queden en esa casa, el propietario se queda fuera y con la hipoteca a cuestas.
Resultado: ninguna de las tres fórmulas iniciales resuelve el nudo. La escritura por porcentajes ordena la venta.
No ordena quién duerme en la casa.