Tener un hijo: entre la hipoteca a 40 años y el «no tiene precio»
En enero de 2014 alguien planteó la pregunta con la libreta abierta: ¿vale la pena tener hijos? El punto de partida admitía varios motivos —disfrutar de la paternidad, no quedarse solo en la vejez— y desembocaba en un balance incómodo: la pérdida de libertad, la necesidad de un empleo seguro para alimentarlos, la preocupación perpetua, las enfermedades físicas y las psiquiátricas, con el déficit de atención diagnosticándose «de forma más o menos acertada». La segunda pregunta se quedó huérfana de respuesta: ¿cuánto cuesta de media un hijo de clase media a lo largo de 18 años? Nadie puso la cifra sobre la mesa.
¿Aportan los hijos más de lo que quitan?
La respuesta negativa no tardó en llegar. «No me hace especial ilusión por muy bonito que sea; lo veo desde fuera y veo mucho desgaste, sacrificio y complicarse mucho la vida». Otros matizaron que sí, siempre que existan dinero, tiempo y estabilidad para criarlos. Y apareció pronto la objeción de fondo: el planteamiento tipo balance es el problema. «Si te haces esa pregunta en los términos que la planteas, mi respuesta es clara: no te va a merecer la pena», porque un hijo no es un objeto de consumo. Quien los tiene para que le cuiden de mayor, añade, parte de una premisa equivocada.
El resumen más cínico lo firmó la hipoteca. Tener hijos, se dijo, es «peor que una hipoteca a 40 años». Un caso concreto lo llevó al extremo doméstico: tres hijos equivalen a
tres hipotecas, con cuatro años pagando la primera, dos la segunda y dos meses la tercera. «En este caso prefiero comprar a alquilar», remató. La metáfora financiera no es casual en una época que respira euríbor, pero deja fuera justo lo que no se amortiza.
El coste que nadie calcula: 18 años de manutención
La pregunta económica era la más concreta y la más escurridiza. ¿Cuánto se gasta en 18 años? Ni una cifra. Lo que sí se listó fueron los sumandos: ortodoncia, libros escolares, un trabajo inestable que no garantiza ni cubrir eso. La conclusión que se impuso es que la idea de
tener hijos se vuelve un infierno cuando el mercado laboral no da para lo básico. Y una idea que va más allá del dinero: antes los hijos eran mano de obra que ayudaba en el campo o el negocio familiar; hoy, sin esa función, el cálculo pierde su sentido. «Es atarse una rueda de molino al cuello económicamente hablando».
¿Cuánto paga el Estado por tener hijos?
Ahí entran los incentivos. Se aludió a una ayuda de
420 euros ligada a tener al menos un hijo y a unos baremos que dividen el salario de la
pareja entre los miembros a cargo para no superar un umbral de 480 euros por persona. Para quien plantea la paternidad como negocio, el margen no cierra. La crítica de fondo no era la ayuda en sí, sino que el diseño no distingue necesidades reales.
De «jamás tendré hijos» a contar deditos
Lo más revelador fue la evolución personal. Varios relatos coinciden: a los 15 años, no casarse nunca; a los 19, casados. «No me gustaban los niños para nada». A los 26, uno en camino: miedo, preocupación, «a no saberlo criar, a no quererlo». Y al nacer, llorar y contar deditos. Otros llegaron a los 40 con una hija de seis años y una pareja que sí lo tenía claro. «Fue algo muy meditado». Cambiar de opinión, sostienen, no es debilidad: es digerir lo que te pasa.
Los que ya son padres: la experiencia frente a la teoría
Los relatos con hijos reales no esconden gajes. Uno resume:
tengo una hija, te cambia la vida; no me arrepiento; conlleva sacrificios, pero lo positivo supera con creces. Otro lo pone en términos de rentabilidad: TIR, TIN y VAN completamente negativos, y aun así «es una experiencia vital imprescindible para poder decir que has vivido plenamente». Y una de las intervenciones más duras contra quienes rechazan la paternidad sostiene que quienes no han sido padres «estaban mejor callados que diciendo burradas sobre lo que no conocen».
«El linaje es la razón de vivir», y el resto
No todos razonan en euros. Aparece la idea de los hijos como evolución de un proyecto de vida compartido, la del linaje como razón de vivir y la advertencia de no criar desde el miedo: «lo que no hay que hacer para tener hijos es vivir acojonao». Enfrente, el temor a que acaben siendo mano de obra barata en un mundo de 8.000 millones de personas y 50 millones de habitantes en España, cifras que aporta uno de los participantes. De fondo, la pregunta que nadie responde del todo: ¿y si tus padres se hubieran hecho la misma?
Aquí se atasca el análisis. Dieciocho años de crianza, un ahorro de libertad, una lista de gastos sin total. La única cifra que se repite es la de la hipoteca, y no es una cifra: es una sensación.