Con Aznar se tocó techo de poder adquisitivo; la factura vino en 2008
¿De qué sirve batir el récord de poder adquisitivo si el dinero que lo sostenía venía prestado? La duda vertebra un pleito que reaparece cada vez que alguien pronuncia el nombre de José María Aznar.
El máximo poder adquisitivo de los asalariados españoles se habría alcanzado durante su Gobierno, sostienen unos. Y con él se levantó la mayor burbuja de ladrillo de la historia reciente, responden los otros. Aznar dejó La Moncloa en 2003. El estallido llegó en 2008. Todo el litigio cabe en ese hueco de cinco años.
¿Se alcanzó de verdad el máximo poder adquisitivo en la etapa Aznar?
La respuesta corta es que nadie discute que en esos años hubo dinero. La respuesta larga es que se discute cómo llegó. El argumento de quienes defienden el balance es de sentido común contable: ingresos altos, empleo creciendo, consumo disparado. El contraargumento es igual de simple y tiene que ver con el origen de ese dinero.
La burbuja inmobiliaria empezó, según algunos participantes, a finales de los noventa y estalló en 2008, de modo que el presidente que recogió los peores años del desplome no fue quien puso la primera piedra. Pero tampoco quien la quitó.
A partir de ahí el relato se rompe según dónde se ponga el corte. Hay quien sitúa el arranque en la etapa de Felipe González, con las primeras privatizaciones de empresas públicas y la entrada en la OTAN. Otros lo fijan en el euro, que abarató el crédito. Y otros, más simples, en 2003, el año en que Aznar se fue y todo siguió igual durante cinco ejercicios más. Nadie firma la autoría de la fiesta.
Un poder adquisitivo construido a crédito
Pan para hoy y hambre para mañana, resume uno de los diagnósticos que más se repiten. La idea: el consumo de aquellos años no salía del salario, salía del préstamo. Vivir a tarjetazo limpio era una escena cotidiana, según recuerdan quienes seguían entonces la prensa económica. Hipotecas hasta las trancas, coches financiados, todo el mundo apalancado. El indicador estrella de la fiesta, ironizan algunos, fue el crecimiento de los locales de ocio nocturno de gran tamaño: prueba de que había dinero, no de que fuera propio. Un negocio de tres plantas no es un dato macroeconómico; es una anécdota que se usa como termómetro, y un termómetro mide temperatura, no solvencia.
Salarios: del mileurista al conductor de autobús
Cuantificar cuánto se ganaba entonces es donde más se enreda la conversación. La cifra que se repite es el
mileurista: mil euros al mes era, en la época, un término peyorativo, un sueldo de entrada del que avergonzarse, según el relato de un participante.
Un conductor de autobús o un trabajador del hierro podían situarse entre 1.800 y 2.200 euros mensuales con cierta facilidad, añade esa misma intervención. Medir el poder adquisitivo de entonces exige, en todo caso, compararlo contra un coste de vida distinto.
¿Qué pasó con las cajas de ahorros tras el estallido?
Aquí el relato deja de ser opinión y pasa a ser cronología. El Banco de España intervino
Caja Castilla-La Mancha en marzo de 2009, antes incluso de que la palabra rescate sonara en Bruselas. Luego Cajasur, en 2010. Después Caja de Ahorros del Mediterráneo y Banco de Valencia, en 2011, más Caja Madrid, convertida más tarde en Bankia. En septiembre de 2011, la nacionalización de otras tres cajas se cifró en
4.751 millones de euros. Y por debajo estaba el aval previo: un crédito de 100.000 millones de euros a las cajas intervenidas.
La cifra que más incomoda a quien recuerda la letra pequeña es la del fondo de garantía.
La garantía por cuenta pasó de 20.000 a 100.000 euros, lo que en la práctica convirtió al Estado en avalista de un negocio entre un banco y un particular. Cuando llegó el momento de pagar, no había capacidad de hacer otra cosa. El rescate financiero es, de todo el expediente, lo que ninguna de las dos orillas quiere reclamar como propio.
¿Fue una burbuja solo española?
No. Hay acuerdo amplio en que el crédito barato y la expansión inmobiliaria fueron un fenómeno occidental. La comparación que más se repite es Estados Unidos, señalado como un caso de burbuja igual o peor, y varios países tardaron años en recuperar el pulso. La diferencia, señalan los más técnicos, no fue la burbuja, sino la dependencia: en España el ladrillo pesaba más en el conjunto de la economía y por eso la resaca duró más. Los kilómetros de autovía construidos en aquella etapa siguen ahí; la factura también.
La mano de obra y la presión sobre los salarios
Es la parte más áspera y conviene separarla de los datos. Se sostiene que la llegada masiva de trabajadores extranjeros durante los años de expansión sirvió para presionar los salarios a la baja, al crear competencia directa por los puestos menos cualificados. Es una tesis que circula con dureza en el debate público. No hay, sin embargo, una cifra en el material que cuantifique ese efecto.
Aznar salió en 2003 y la música se apagó en 2008. Reclamar el mérito del brindis y desaparecer antes de que llegue la cuenta es una estrategia tan vieja como la propia burbuja. La cuenta, por cierto, llegó puntual y a nombre de todos.