Manresa limita la basura general a una vez por semana con tarjeta
El Ayuntamiento de Manresa ha puesto en marcha contenedores que solo se abren con una tarjeta identificativa, con un límite de un depósito semanal para la fracción general. El sistema llega después de que la misma fórmula se haya aplicado en barrios de Girona, donde según los críticos no ha funcionado: quien no lleva la tarjeta deja las bolsas fuera del contenedor. La medida se presenta como un salto en el control de residuos, pero el debate se ha instalado en el bolsillo y en la intimidad de cada portal.
La primera consecuencia es doméstica. Una familia con un bebé acumula pañales durante siete días. Quien vive en un piso pequeño no tiene terraza ni trastero para guardar la bolsa. Y quien trabaja fuera no siempre puede ajustarse a la ventana horaria del contenedor.
La basura no se autoconsume, recuerdan los más críticos: la misma cantidad se genera se recoja cada día o cada semana. El problema no es la frecuencia, sino dónde se apila mientras espera turno.
Qué pasa cuando la tarjeta no abre o el cupo se agota
El patrón se repite en las ciudades donde ya funciona. En Bolonia llevan años con un sistema similar y el resultado, según quienes lo conocen, es que la gente deja la basura fuera del contenedor cuando no lleva la tarjeta, cuando ha agotado los depósitos gratuitos o cuando el contenedor está lleno porque han reducido las pasadas. El residuo acaba en el suelo, en el campo o en el pueblo de al lado, según los críticos. No es una predicción: es lo que ya se ve en los barrios donde se ha probado, sostienen.
Hay un segundo efecto, menos visible. Si el contenedor solo admite una bolsa por semana, el vecino que genera más residuo orgánico busca alternativas: la mezcla con el plástico, el papel entre medias o el vertido directo. El sistema premia a quien menos consume y castiga a quien más residuo genera por razones que no controla: niños pequeños, personas mayores, enfermos crónicos. La equidad del modelo queda en entredicho.
El coste: pagar la tasa y no poder tirar la basura
La paradoja económica es evidente.
Se paga la tasa de recogida y no se puede depositar el residuo cuando se necesita. En municipios donde el servicio se ha ajustado, algunos consistorios aplican tarifas distintas según la frecuencia: quien quiere recogida semanal paga más, quien acepta cada dos semanas paga menos. Si antes había recogida diaria y ahora es semanal, la lógica dice que la tasa debería bajar. Nadie ha confirmado que vaya a hacerlo.
El argumento oficial es que el sistema aumenta el reciclaje. En algunas poblaciones, según el relato que se difunde, se ha pasado de un 30% a un 70% de recogida selectiva. La letra pequeña es que ese salto puede deberse tanto a la concienciación como al simple hecho de que la fracción general ya no cabe en el contenedor. Cuando el residuo no tiene dónde ir, se mezcla. Y la mezcla no es reciclaje.
El control: una tarjeta que identifica a cada vecino
El sistema no solo limita: identifica. Cada apertura queda registrada y asociada a un titular. En la recogida puerta a puerta, según se ha señalado, se llega a inspeccionar el contenido de la bolsa y a incorporarlo a una base de datos. La pregunta que sobrevuela es hasta dónde alcanza ese registro y qué uso se le dará. La tecnología, advierten los más escépticos, no es neutral: crea la infraestructura para futuras tasas por generación, bonos de buen ciudadano o sanciones automáticas.
La comparación con otros sistemas de control social aparece pronto en la conversación. Se recuerda el rastreo de contactos durante la pandemia y se teme que el mismo aparato se recicle ahora con la etiqueta medioambiental. El vecino que denuncia al que deja la bolsa fuera ya existe, y el apercibimiento puede convertirse en multa. La pregunta no es si el sistema funciona, sino a quién se le va a exigir que funcione.
La brecha: quién cumple y quién no
Hay una sospecha que recorre el debate: la norma se aplicará con rigor a unos y con manga ancha a otros. En barrios con población migrante o con economías sumergidas, la tarjeta, el registro y la multa pueden ser papel mojado, según se sostiene. En barrios de clase media, en cambio, el control es inmediato. La equidad del sistema depende de la capacidad de la administración para hacerlo cumplir en todos los portales, y esa capacidad no está demostrada.
El resultado, a la fecha de esta discusión, es un sistema que promete más reciclaje y entrega más fricción. Quien tiene espacio, tiempo y disciplina se adapta. Quien no, deja la bolsa en el descansillo, en el campo o en el contenedor del pueblo vecino. La predicción más razonable, con la evidencia disponible, es que el residuo no desaparece: se desplaza. Y el desplazamiento, como siempre, lo pagan los mismos.