Lo que el Islam prohíbe: de la música a los intereses
La escena se repite en cualquier banco del Golfo: un cliente quiere comprar una vivienda de 100.000 euros, pero el Corán prohíbe el interés. El banco compra el piso y se lo revende a 130.000 a pagar en diez años. Todo legal, todo halal. Es la murabaha, el caballo de Troya de la banca islámica.
Esa es solo la punta del iceberg de un sistema de prohibiciones que va mucho más allá de las finanzas. La lista de lo haram incluye el cerdo y el alcohol, sí, pero también el arte figurativo, los juguetes con forma de ser vivo, los juegos de azar, la adopción y hasta la música con instrumentos, según las interpretaciones más conservadoras.
La realidad cotidiana de los musulmanes en Europa dista bastante de esa ortodoxia. Una mayoría no cumple todas las prohibiciones, y hay quien sostiene que la lista mezcla preceptos centrales con interpretaciones minoritarias. Algunas ausencias notables: los tatuajes, la música vocal o el tabaco no aparecen, mientras que otras prohibiciones son discutidas incluso dentro de las distintas escuelas teológicas.
La cuestión sobre qué es realmente haram sigue abierta, y la propia lista ha sido tachada de incompleta y de combinar elementos de fuentes diversas sin distinguir el grado de autoridad de cada uno.
El ejemplo de la murabaha demuestra que, incluso en los asuntos más sensibles, el sistema encuentra rendijas. En lugar de cobrar un interés explícito, el banco compra el bien y lo revende con un sobreprecio. El resultado es idéntico en la práctica, pero la operación no se llama interés, así que se considera lícita. Algo que no es exclusivo de la banca islámica: también en Occidente la ingeniería financiera convierte intereses en comisiones o en productos estructurados.
Con estas contradicciones, el mapa de lo prohibido se parece más a un campo de minas que a un código cerrado. La lista no es más que una foto de una tradición viva, en constante negociación con la realidad.