Lo que odiábamos de niños: misa, visitas y trabajar gratis
Hubo una generación que se hizo experta en disimular el aburrimiento. No en clase, ni en el autobús de línea: en el salón de una casa ajena, con la espalda pegada a la pared, mientras sus padres tomaban café con unos señores a los que el crío no volvería a ver en su vida. Aquello era una tarde entera. Y no se podía decir nada.
La
infancia como cadena de obligaciones funciona casi como un género literario propio. Ir a misa el domingo, arrodillarse después de comulgar y fingir que se reza; comer lo que haya y hasta el final; pasarse el verano con un cuadernillo de vacaciones; y, cuando tocaba, arrimar el hombro en el negocio familiar. Lo que hoy se llamaría conciliación, entonces se llamaba sencillamente ser niño. Estas son las cosas que odiábamos de niños y que nadie nos preguntó si queríamos hacer.
Misa, procesiones y visitas que duraban una tarde
Doblar la rodilla tras comulgar y quedarse unos segundos con la cabeza baja, como si se pensaran cosas importantes, era una coreografía que muchos dominaban antes que las tablas de multiplicar. Hay quien señala que en su localidad aún se iba a misa en los años noventa y que las procesiones de Semana Santa siguen saliendo. Ir a la iglesia era obligatorio y punto.
El otro ritual era la visita: comer en casa de amigos de los padres y aburrirse a muerte notando que se sobraba. Varios participantes lo recuerdan como una tortura. El remate llegaba en verano: en la playa, sin amigos, contando los días para volver y correr a ver a los amigos de verdad. Bañarse solo no era plan. Era una tortura.
Acelgas, habichuelas y sesos: la mesa como campo de batalla
Hay una escena que se repite en casi todas las casas: el plato lleno hasta el borde y el crío delante, sin mover la cuchara. El castigo seguía una lógica implacable: si no te las comes ahora, te las cenarás esta noche; y si no, mañana para comer; y así hasta que te las comas. Es el relato de uno de los participantes en el hilo.
En el catálogo de horrores aparecen las habichuelas cocidas con un hilo de aceite, un chorreón de vinagre y sal, y peor todavía cuando las hacían en tortilla. También las acelgas y las judías verdes
al dente, un potaje de medidas de regimiento, los sesos rebozados y las criadillas que algunos siguen recordando disfrazadas bajo el nombre de
canguro.
Hay quien apunta una explicación más curiosa: que el cuerpo acaba pidiendo de mayor los nutrientes que necesitaba de pequeño. De ahí que alguno de aquellos niños que odiaban las acelgas las coma hoy con aceite de oliva y sal, hasta el punto de no reconocerse.
Cuadernillos Santillana, la digestión al sol y el viaje con vómitos
El verano no era una pausa, era otra forma de curso. Los cuadernillos de vacaciones se acumulaban sobre la mesa y la playa llegaba con letra pequeña:
no te metas al agua. Ni correr, ni saltar, ni mojarse, porque la sangre se convertía en agua. Dos horas y media al sol sin poder bañarse. El mito de la digestión era de obligado cumplimiento y no admitía réplica.
Al capítulo de desplazamientos se sumaban los viajes kilométricos hasta la costa, con vómitos por las curvas y bocadillos de embutido para matar el hambre. Y otras mudanzas menos épicas pero igual de largas: un mes entero en Bélgica en casa de una tía abuela, en un pueblo con más ovejas que personas, con el colegio empezando a finales de agosto antes de volver a España.
De 10 a 18 años en el negocio familiar por 50 euros a la semana
Aquí el asunto deja de ser folclore y entra en el terreno económico. Hay relatos de chavales que trabajaron para la
familia desde los 10 hasta los 18 años: en verano, de 8 de la mañana a 10 de la noche, sábados incluidos; durante el curso, todas las tardes después de comer. Sin contrato, sin seguro y con herramientas que no eran precisamente inofensivas. La paga:
50 euros a la semana. Cero días libres.
El detalle que rompe cualquier estadística doméstica es el final. Al repartir la herencia, el negocio fue íntegro a manos de otros hermanos, sin un céntimo para quien se había dejado ahí media juventud viendo pasar a los amigos camino de la piscina. Nadie discute que un chaval arrime el hombro; la frontera entre formación y explotación es otra cosa.
Qué queda de aquella disciplina
La lectura más benigna dice que aquello forjó carácter y enseñó el valor del esfuerzo. La menos complaciente responde que privar a un crío de los placeres de su edad deja una marca que no se borra con los años. Ambas cosas pueden ser ciertas a la vez.
El relato más duro es el de quien rompió a los 18, se buscó un trabajo de verano —apagando incendios, con salario bajo pero con descanso— y se largó. Lógicamente aquella etapa le costó las relaciones sociales de su edad: los amigos no contaban con él para casi nada. Otros, en cambio, han terminado el recorrido en otro sitio: lo que más pesa ya no es la obligación, sino no tener a quienes la imponían.