¿Nos avisarían de un asteroide o moriríamos sin saberlo?
¿Nos avisarían las autoridades si un cuerpo capaz de destruir el planeta se dirigiera hacia nosotros? La pregunta, que parece sacada de un guion de Hollywood, tiene una respuesta incómoda: probablemente no. Al menos eso sostienen varios participantes del debate, y no por falta de información, sino por cálculo. Si el final es inevitable, avisar solo sirve para que los últimos días se conviertan en un caos de saqueos, ajustes de cuentas y peleas por ver quién tiene la culpa. La lógica es tan fría como la de un monitor de campamento que sabe que sus niños van a morir y decide no decirles nada.
El precedente de la pandemia
La desconfianza no nace de la nada. La gestión de la pandemia dejó un poso amargo: mientras se pedía a la población quedarse en casa, algunos responsables públicos celebraban fiestas y se saltaban sus propias normas. Ese contraste, que muchos no han olvidado, alimenta la sospecha de que ante una amenaza existencial la élite se pondría a salvo primero. No es una teoría descabellada: en la película
Greenland, solo se avisaba a un grupo preseleccionado de ciudadanos, y al resto se le abandonaba a su suerte. La ficción, a veces, se queda corta.
Hay quien va más allá y sostiene que ni siquiera haría falta un plan de ocultación. Bastaría con dejar que el ruido de fondo hiciera el trabajo: si no sale en televisión, no existe. Los astrónomos aficionados que detectaran algo serían tratados como negacionistas, conspiranoicos o
bebe-asteroides, igual que ocurrió con quienes dudaron de las vacunas. El relato, ese que se construye a base de titulares, mata más que cualquier pedrusco.
El problema no es el impacto, es la cuenta atrás
El argumento más repetido no es que no se pueda detectar un asteroide, sino que anunciarlo sería contraproducente. Una vez que la población supiera que el planeta desaparece en semanas o meses, ¿quién iba a seguir yendo a trabajar? ¿Quién pagaría una hipoteca? El estallido de anarquía sería inmediato: saqueos, robos, asesinatos de quienes quieren pasar sus últimos días con todo. Es más fácil no decir nada y confiar en que el silencio aguante hasta el final.
La comparación con el corredor de la muerte es inevitable. En los países donde existe la pena capital, cuando a los condenados se les comunica la fecha exacta de su ejecución, muchos se suicidan antes. El miedo a la muerte, sostienen, es peor que la muerte misma. Si eso ocurre con un individuo, imagínense con una sociedad entera.
La grieta: los aficionados con telescopio
No todo el mundo compra el relato del silencio. Hay una corriente que sostiene que sería imposible ocultarlo. El mundo está lleno de astrónomos aficionados, muchos han dado nombre a cometas y asteroides, y un pedrusco grande en dirección a la Tierra sería detectado por múltiples observatorios fuera del control de cualquier élite. La voz se correría desde el principio. La única diferencia sería el tiempo: los que tienen más medios lo sabrían antes, y el común de los mortales se enteraría cuando el objeto ya fuera visible a simple vista.
Otros apuntan a un escenario más cínico: no habría ocultación, sino distracción. Se inyectaría liquidez infinita en el sistema para financiar de forma encubierta un plan de supervivencia para unos pocos, mientras se desvía la atención hacia una amenaza de guerra nuclear que justifique medidas raras. Las reservas de oro y los materiales estratégicos se pondrían a salvo primero. El resto, que espabile.
Lo que realmente importa: el día después del anuncio
La cuestión de fondo no es si nos avisarían, sino qué pasaría entre el aviso y el impacto. Ahí es donde el consenso se rompe. Unos creen que el caos sería tal que el aviso solo serviría para que los últimos días se convirtieran en una danza de la muerte moderna, con multitudes entregadas al exceso y otros a la penitencia. Otros piensan que, aunque no se avisara, la filtración sería inevitable y que los últimos días se parecerían más a una ajuste de cuentas generalizado que a una orgía.
La ironía final la aporta la política: si alguien diera la noticia, probablemente sería el presidente del Gobierno en rueda de prensa, y la reacción inmediata sería culpar al Gobierno central, a los caciques autonómicos o a quien hiciera falta. Incluso ante el apocalipsis, la pelea política seguiría su curso. Al menos, eso entretiene.
Al final, la pregunta no es si nos avisarían. Es si queremos que nos avisen. Porque si de verdad viene un pedrusco de esos, lo último que necesitamos es enterarnos por un tuit.