Sánchez no cae: la legislatura zombi que sigue cobrando
¿Puede un Gobierno mantenerse en pie sin aprobar una sola ley? Es la pregunta que sobrevuela cada conversación sobre el futuro inmediato de la legislatura. La tesis que gana peso entre analistas y observadores es que el presidente del Gobierno no dimite, no convoca elecciones y no cae: simplemente
administra el ruido. Un escándalo por semana, un frente abierto cada quince días —el fango, la ultraderecha, Palestina— y la máquina de cobrar sigue engrasada. La hipótesis del cadáver político que aún no huele lo suficiente como para que su propio partido mueva ficha se ha instalado en el análisis económico de la política española.
El PSOE que sacó 212 escaños y hoy no aprueba presupuestos
La comparación duele. Aquel PSOE que llegó a los **212 escaños** es hoy un partido que no logra sacar adelante una ley y que, según el diagnóstico más repetido, camina hacia el abismo sin que nadie en la dirección mueva un dedo. El argumento central no es ideológico, es aritmético: sin presupuestos no hay gestión, y sin gestión solo queda propaganda. El **BOE** se ha convertido en el campo de batalla real, con la publicación de normas retenida hasta después de cada cita electoral, según un participante.
Hay quien sostiene que el presidente prefiere morir en las urnas —donde puede manipular el relato y hacer campaña victimista— que en una moción de censura en el Congreso. Es una hipótesis, no un hecho, pero encaja con el patrón: cada vez que el cerco judicial aprieta, aparece una carta, un anuncio o una reflexión de fin de semana.
La deuda supera los 1,5 billones: el dato que no sale en campaña
Mientras el circo político consume toda la atención, la deuda pública española ha superado la barrera de los **1,5 billones de euros**, un máximo histórico, según un mensaje del hilo. Es la cifra que ningún mitin menciona y que explica por qué el debate sobre el gasto público se ha vuelto incómodo para todos. Los ajustes que vendrían —recorte de subvenciones, chiringuitos públicos, dinero para paguiters, pensiones— tocarían precisamente a la clientela que sostiene el voto, según un participante.
De ahí surge el concepto que más circula: el **voto subvencionado**. La tesis es que buena parte del electorado no vota por convicción sino por nómina, y que si ese dinero desapareciera, desaparecería también el motivo para votar. El problema para esa teoría es que, con el voto subvencionado funcionando a pleno rendimiento, el PSOE perdió las últimas elecciones igualmente.
¿Por qué los ministros no se mueven contra Sánchez?
Porque su puesto depende de tragar. La explicación más repetida es sencilla y poco heroica: cuando el sueldo lo paga el contribuyente y el cargo lo firma el jefe, se traga con todo. Los ministros bajan la cabeza, leen el fango y esperan. La ministra de la que más se habla estos días aparece con mala cara y nervios, según la lectura que se hace de sus intervenciones públicas.
El cálculo de fondo es que el colchón electoral del PSOE —y también el del PP— es tan grueso que permite aguantar casi cualquier cosa. Entre ambos se retroalimentan: un circo obsceno que llama a los instintos más bajos y que mantiene el sistema en perfecta salud. El día que una de las dos franquicias deje de ser útil, se promocionará otra.
El PP no lleva programa: solo espera el desgaste
La oposición tampoco ofrece alternativa articulada. El diagnóstico dominante es que el PP no lleva programa, solo espera que los suyos voten y que el desgaste haga el trabajo. A Feijoo le faltarían **cuatro diputados** para sacar adelante una moción de censura, según el recuento que circula, y ese escenario no está sobre la mesa.
La otra vía que se baraja es **Junts**. La hipótesis de un acuerdo con los independentistas catalanes se discute con escepticismo: si se pacta, a los seis meses se aplica el artículo 155 y el líder independentista acaba en el Polo Norte. Un plan sin fisuras, ironizan algunos. La respuesta es siempre la misma: todo es negociable, y todos los partidos acaban haciendo lo que dijeron que nunca harían.
Las europeas como termómetro y el factor de la propaganda
La cita electoral europea funciona como plebiscito indirecto. La propaganda es brutal: carteles de la candidata socialista por todas partes, contaminación del relato en capas jóvenes que empiezan a coquetear con la ultraderecha, colectivos y minorías absorbidos por el discurso dominante. Si el resultado es una debacle socialista, el análisis más repetido apunta a que no será por miedo al PP —al que se considera una colección de inútiles— sino por miedo al propio partido. Las hienas esperan a que el animal sangre.
El escenario que se dibuja tiene dos ramas. Si las europeas salen bien, el presidente dirá que el pueblo le ha absuelto y se pasará por el arco del triunfo a los jueces. Si salen mal, convoca elecciones, anula la amnistía y se presenta como salvador de España frente a la ultraderecha. Las dos ramas llevan al mismo sitio: él sigue.
Tantas veces se le ha dado por muerto y ahí sigue. Alguna será la definitiva, pero esta, con estos números y este colchón, no tiene por qué serlo.