Varios tiros en la cabeza: muere el hermano de Begoña Villacís
No hay magnicidio, ni detención, ni causa cerrada. Hay un hombre muerto a tiros en Madrid, un autor fugado y un apellido —Villacís— capaz de convertir un suceso de sucesos en portada nacional.
Borja Villacís, hermano de la exvicealcaldesa de Madrid Begoña Villacís, falleció tras ser tiroteado a las puertas de un restaurante de la capital, con
varios impactos en la cabeza y el atacante en paradero desconocido. Tenía
43 años.
En las primeras horas, todas las versiones coincidían en lo esencial: un tiroteo en plena calle, una víctima mortal y un autor que se da a la fuga. Lo demás —quién era ese hombre, con quién trataba, qué había en su historial— empezó a llegar después, y llegó bastante menos ordenado. Un suceso violento se convirtió, en cuestión de horas, en un campo de batalla político.
¿Quién era el hermano de Begoña Villacís?
Lejos del retrato amable que suele acompañar a una desgracia familiar, lo que emergió en el seguimiento informativo fue un perfil incómodo.
El fallecido estaba imputado en un procedimiento por narcotráfico y blanqueo de capitales, según las informaciones que se citaron a continuación del suceso. No era figura pública por méritos propios: su notoriedad venía del parentesco con una política que durante años encarnó el discurso de la regeneración moderada en Madrid.
A ese dato se sumaron otros que la propia discusión pública fue acumulando: un juicio pendiente por un asunto de cocaína, peleas de su juventud y su pertenencia en el pasado a
Ultrasur, el grupo ultra ligado a un club de fútbol.
Conviene una precisión que muchos análisis cruzaron sin freno: estaba imputado, no condenado. Hay acusaciones, no sentencias. La distancia entre «se le investigaba» y «lo hizo» es exactamente la que separa un presunto delito de una condena.
El entorno que intenta recomponer su figura
No tardó en aparecer el relato alternativo. Fuentes próximas al fallecido sostuvieron que estaba «centrado en su trabajo y en sus cosas», que había aprobado oposiciones para conductor de trenes y que había adquirido con un amigo su propia licencia de VTC. Todo para presentarlo como un «joven rebelde» que había reconducido su vida.
La respuesta fue inmediata y mordaz: si la prueba de una vida nueva es un permiso de VTC, entonces la barra del bar también sirve de currículum. Varios análisis señalaron la misma tendencia en la cobertura de sucesos protagonizados por personas de determinada extracción o afinidad: la búsqueda del detalle que humaniza, del matiz que disculpa.
¿Dónde está la frontera entre informar con contexto y blanquear? Nadie la ha dibujado. Lo que sí ha quedado claro es que cada pieza nueva del historial reabría el debate en lugar de cerrarlo.
Cómo fue el tiroteo y por qué no hay detenidos
El relato de los hechos es corto y seco. La víctima recibió varios disparos,
con impactos en la cabeza, a las puertas de un restaurante. El autor se dio a la fuga y, a la fecha de esta discusión, no constaba detención. La investigación sigue abierta.
Dos cosas llamaron la atención. La primera, la frialdad del ataque: quien dispara a la cabeza y se marcha sin ser interceptado no improvisa. La segunda, la reacción vecinal, con grabaciones caseras desde ventanas que aportaron material audiovisual a los investigadores. «Varios impactos en la cabeza. Han ido a lo seguro», resumía uno de los diagnósticos recogidos.
Sobre el móvil, la prudencia es obligada. Se ha apuntado a un ajuste de cuentas vinculado a drogas, se ha apuntado a una discusión de tráfico y se ha apuntado, sin ninguna prueba, a intereses mucho más turbios. Nada de eso está acreditado.
«Narcoestado»: el marco que se impone antes que los hechos
En cuestión de horas, el suceso dejó de ser un suceso. El apellido hizo el resto. Se pasó a hablar de un Estado capturado por el narcotráfico, de una España que se parecería a México o a Sinaloa, de la
libertad madrileña como eslogan roto. «Huele a farlopa», se despachó sin más.
La lectura tiene un problema elemental de orden temporal. El caso afecta a una familia de la derecha, y buena parte de quienes durante años exigieron sangre por cada escándalo ajeno se encontró de pronto pidiendo prudencia, y al revés. Las comparaciones con un ajuste entre bandas se dispararon antes de que existiera un solo detenido.
Se citó, como término de comparación, el tiroteo que dejó malherido a un fundador de Vox años atrás. Aquel asunto, se argumenta, se apagó sin consecuencias políticas. El contraste incomoda a unos y a otros, porque demuestra que el marco se elige según a quién le toca.
Argüelles, los Cubos y una violencia juvenil vieja de décadas
El suceso destapó una vena sociológica que suele quedar enterrada: la de la violencia juvenil madrileña de barrios acomodados. Varios relatos recordaron la tradición de la zona de Argüelles como centro de las bandas de billares de los años sesenta y setenta, los grupos de la Plaza de los Cubos y la mezcla, nunca resuelta, de jóvenes de familia bien con gente de los arrabales.
«La zona de Argüelles siempre ha sido la Meca de la violencia en Madrid», sostenía uno de los textos. La referencia a la llamada Panda del Moco, a los macarras de los ochenta y a la liturgia de los colegios religiosos del centro —el fray Luis de León, la Salle Covadonga— dibuja un mapa que el relato de la España moderna prefirió no mirar.
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¿Qué se sabe del presunto autor?
El nombre que empezó a circular, sin confirmación oficial plena, es el de una persona de origen popular, ajena por completo al círculo social de la víctima. Ese detalle desmonta de golpe la hipótesis del enfrentamiento entre iguales y, a la vez, abre la pregunta que nadie responde.
Frente al intento de despolitizar el crimen por un lado y de sobredimensionarlo por otro, el material apunta en la misma dirección: víctima y presunto autor procedían de mundos que apenas se rozaban. Si no compartían esfera social, ¿por qué se encontraron ese día? La respuesta, sencillamente, aún no existe.
La tentación de cerrar el caso con una moraleja es enorme. A la luz de lo publicado, lo único seguro es que un hombre de 43 años está muerto, que su presunto asesino sigue huido y que la verdad judicial, si llega, llegará tarde y con menos páginas de las que tuvo el ruido. Todo apunta a que el asunto se apagará en las portadas antes de resolverse en los juzgados, y también a que volverá a encenderse la próxima vez que un apellido ilustre aparezca junto a un suceso violento.