El ahorro covid se agota y la estanflación ya no admite parches
El último trimestre de 2023 arrancó con una variación del desempleo en España de
24.800 personas, frente a una previsión de -21.300 y a los -11.000 del periodo anterior. El mercado laboral hizo justo lo contrario de lo que esperaba el consenso, y lo hizo en el peor momento posible: cuando los dos colchones que han disimulado la grieta —el
ahorro acumulado durante la pandemia y las ayudas covid— empiezan a quedarse sin material. La tesis que gana peso es que la
estanflación ha entrado en su fase incómoda: ya no es inflación con recesión disimulada, sino inflación que persiste con consecuencias recesivas a la vista.
¿Por qué se dice que este octubre es distinto a los anteriores?
Porque la impresora que salvó los octubres precedentes está gripada, y los que llevan años anunciando el batacazo tienen ahora un argumento que antes no tenían: el deterioro ya no se esconde en los promedios. Los octubres anteriores se sostuvieron con expansión monetaria; este llega con los tipos en el aire y el grifo europeo a medio cerrar. Hay quien lo resume con una frase incómoda: fueron aquellos octubres con la máquina en marcha los que trajeron este.
La prueba más citada está fuera de España.
Alemania aparece con una inflación subyacente por encima del
6% y un crecimiento trimestral del
0%. La crisis, esta vez, aprieta en la Europa rica, la del norte, no solo en la periferia. De cómo se comporte depende que España salga beneficiada o se quede fuera de juego en esa segunda crisis del euro que algunos dan por descontada.
Bajar tipos con el petróleo disparado: el dilema que nadie quiere abrir
La receta de emergencia —recortar tipos y seguir adelante— tiene un problema de precio. Con una rebaja monetaria, el petróleo se iría a
150 dólares, y con él el resto de las importaciones. Eso rompe más de lo que remienda: alimenta la estanflación en lugar de frenarla. La alternativa tampoco es cómoda, porque mantener el pulso implica sostener una deuda cuyo coste ya se ha visto en otros sitios.
Grecia llegó a pagar un
35% por sus bonos.
Aquí entra el detalle que muchos pasan por alto: lo que sostiene los precios de la deuda estos meses es liquidez, y la liquidez es efímera. El euríbor y el mercado de bonos llevan tiempo intervenidos a la baja. Esa intervención, sostienen los más pesimistas, tiene dos telediarios.
El IPC que no cuadra con lo que se ve en la calle
La brecha entre estadística y percepción tiene explicación parcial: la cosa va por barrios. Con la cesta de la compra pasando de
1.000 a 1.300 euros y la nómina de
2.500 a 3.000, la inflación es una molestia; con el sueldo congelado y el mismo carro, es una estanflación en el salón de casa. El sentimiento económico no se reparte igual entre vecinos.
Mientras tanto, el termómetro de la calle manda señales contradictorias: gasóleo a
1,70 euros, restaurantes imposibles sin reserva previa, centros comerciales llenos un día laborable y matriculaciones de coches subiendo un
8% interanual en agosto. Un indicador que se lee de dos maneras: o hay capacidad de gasto oculta, o hay mucha gente gastando lo que no tiene. Ambas cosas pueden ser ciertas a la vez.
Los fondos europeos, el 0% de los depósitos y la morosidad que no sube
El argumento de que no habrá explosión se apoya en tres patas: los bancos siguen sin remunerar los depósitos al 0%, la morosidad se mantiene baja y quedan miles de millones de fondos covid por llegar. Después del 2008, la banca mira mucho más a quién presta: hay filtro, y eso retrasa el estallido.
La réplica es que el grueso de esas ayudas ya está comprometido y lo que queda viene condicionado a recortes. Con el protocolo de reducción de déficit reactivado, la cifra que se maneja ronda los
15.000 millones. Y los bancos no pagan un 0% por estar ahítos de liquidez, sino para empujar a los clientes hacia productos con más riesgo y más rentabilidad. El cálculo completo, partida a partida, deja una entrada neta de liquidez cercana a cero.
La dependencia exterior: de los flujos de capital a las ayudas
España ya no depende solo de los flujos de capital externos; depende directamente de las ayudas y de la capacidad de generar deuda. El paralelismo que se traza es con el secarral económico que siguió a la explosión de la burbuja inmobiliaria: si entonces se cerró el grifo del crédito, ahora se cierra el de la liquidez barata.
Y en ese punto aparece la anécdota que resume el ciclo: patrimonios que aparentan solvencia sobre deuda ajena, padres arruinados por avalar a hijos, gente que pasa de ganar 5.000 euros a nada en cuestión de horas. La liquidez maquilla el balance hasta que deja de hacerlo. Los detalles de esa secuencia, con casos concretos, están en la fuente original.
Aquí se atasca el análisis. Los escenarios circulan, se solapan y no acaban de encajar entre sí: se habla de aplazar la paga extra de funcionarios y pensionistas antes de Navidades de 2024, de un euro digital en 2025 y del fin del efectivo, y ninguna de esas piezas termina de casar con la anterior. Lo único que parece claro es que los colchones que hicieron llevaderos los octubres anteriores no están.