El debate cristiano sobre cómo responder a la invasión migratoria
Un planteamiento incómodo recorre los foros de política: si un cristiano coherente con su fe debe oponer resistencia armada a la llegada masiva de migrantes o, por el contrario, está llamado a poner la otra mejilla. La discusión, que se prolonga durante
646 días y acumula
146 respuestas, arranca con una pregunta directa: «¿qué solución debería tener el problema en el cual se halla sometida Europa si no es mediante violencia?». La tensión entre el mandato evangélico de amar al prójimo y el instinto de supervivencia de una sociedad que se percibe amenazada vertebra un intercambio que deriva en exégesis bíblica, historia de la Iglesia y
geopolítica.
El mandato de amar al extranjero frente a la legítima defensa
La primera respuesta al planteamiento inicial es tajante: «Amar a los extranjeros nos manda la biblia». Esa postura, mayoritaria en los compases iniciales, se apoya en una lectura literal de los Evangelios y en la tradición de la Iglesia primitiva, cuyos fieles aceptaban el martirio antes que empuñar las armas. Un participante lo ilustra con el ejemplo de los cristianos devorados por las fieras en el Coliseo, que «cantaban mientras eran asesinados», y sostiene que la única opción coherente es «huir» o, en su defecto, «recibir la muerte» con los deberes espirituales hechos.
Sin embargo, esa interpretación pronto se topa con una objeción que recorre todo el intercambio: «¿En serio?», replica otro contertulio, que cita
Mateo 10:34 («No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada») y
Romanos 13:3-4, donde los gobernantes son descritos como «servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo». La conclusión que extrae es que «la solución cristiana al problema de los invasores siempre ha sido el mismo: palos y más palos».
La exégesis de la otra mejilla: ¿pasividad o estrategia?
El pasaje de poner la otra mejilla se convierte en el campo de batalla exegético. Para unos, es una invitación a la no violencia radical; para otros, una mala interpretación interesada. «Esa imagen que tiene usted del Jesús pacifista es falsa, es una versión protestante, romantizada y ridícula de Jesús», sostiene un interviniente, que acusa a «políticos ateos» de haber educado a los creyentes en esa lectura. En la misma línea, otro añade que «interpretar el mensaje evangélico como pasividad y no hacer nada es interpretarlo mal» y recuerda que Jesús dijo: «Yo he venido a prender fuego en el mundo».
La discusión se enreda en matices teológicos. Se citan pasajes del
Antiguo Testamento como
Éxodo 22:2-3, que exime de culpa a quien mata a un ladrón sorprendido forzando una casa, y
Nehemías 4:7-9, donde el pueblo israelita se prepara para defenderse de enemigos extranjeros. El coro de referencias bíblicas sirve para sostener que la defensa violenta no solo está permitida, sino que en ocasiones es obligatoria.
El ejemplo histórico: cruzadas, expulsiones y el martirio como ideal
La historia de Europa se invoca como argumento de autoridad. «Europa tiene milenios de cristianismo masacrando invasores e incluso poniendo su cabeza en una pica», afirma un participante, que contrapone esa tradición combativa a la «Europa descristianizada y masona actual» que, a su juicio, «prefiere dejarse matar sin oponer resistencia». La degeneración de la Roma pagana, con emperadores de origen norteafricano y sirio, se usa como espejo de lo que podría ocurrir si no se reacciona.
Frente a esa visión, se alza la memoria de los mártires. «Como cristiano diría que lo que se puede avecinar en Europa los cristianos ya lo han padecido desde la muerte de Jesús hasta la actualidad», señala un interviniente, que insiste en que la respuesta evangélica es la huida o la aceptación serena de la muerte. La discrepancia no se resuelve: mientras unos ven en la historia una llamada a la acción, otros encuentran en ella un manual de resistencia pasiva.
El choque con el islam y la sombra del reemplazo demográfico
El debate deriva hacia el islam. Un participante musulmán interviene para corregir lo que considera malentendidos: «Los musulmanes también creen en Jesús, hijo de José y María, como profeta importante, que regresará en los tiempos del fin». Aprovecha para desmontar la asociación entre islam y violencia, y denuncia que «el wahabismo está denunciado por los sabios del islam como una desviación takfiri», implantada por Occidente por intereses geopolíticos.
La respuesta no se hace esperar. Se le acusa de «marrana» y de «soñar» con un califato, mientras otro sentencia: «Antes habrá sangre en las calles que permitir que España se vuelva un califato islámico». La discusión se encona con acusaciones cruzadas de hipocresía religiosa y de genocidio. En medio del ruido, una voz más fría apunta que «un verdadero cristiano podría argumentar que esta sociedad degenerada tendría el fin que se merece», aunque matiza que «eso no justifica la barbarie ni el reemplazo de un pueblo».
La fractura interna del cristianismo: entre la caridad y la supervivencia
El intercambio revela una fractura profunda dentro del propio cristianismo. Un participante confiesa que, aunque ha deseado tener fe, «son explicaciones como estas que he leído las que hacen imposible que yo pueda asumir un credo que me invita a dejarme matar». La ley natural, el instinto de supervivencia, se impone sobre cualquier mandato espiritual. Otro remata: «Si te lee Jesucristo te muele a latigazos como a los mercachifles del templo».
La discusión también deja espacio para la autocrítica. Se señala que la Iglesia actual, con su «ecumenismo» y su alineamiento con el «globalismo», ha traicionado el mensaje original. «Todo eso no lo podemos achacar al cristianismo original/primitivo», se afirma, sino a una «doctrina globalista que se inmiscuye en los planes de los principales regidores». La conclusión, amarga, es que ni siquiera los creyentes tienen claro cómo responder a un fenómeno que perciben como existencial.
El debate no ofrece una respuesta unívoca. Entre quienes citan la Escritura para justificar la defensa armada y quienes ven en ella una traición al mensaje de Cristo, la única certeza es que la pregunta sigue abierta. Y que, 646 días después, nadie ha logrado reconciliar el mandato de amar al enemigo con la necesidad de proteger lo propio.