Del vampiro eslavo al monstruo de las galletas: qué monstruo te representa
¿Con qué monstruo clásico o moderno te sientes identificado? La pregunta, aparentemente de sobremesa, tiene más recorrido del que parece. El planteamiento inicial se decanta por dos vampiros de cine:
Nosferatu, ese espectro de dedos largos y colmillos que transmite «mucho sufrimiento y dolor por su condición», y el
Drácula de Bela Lugosi, al que se atribuye un carisma y una elegancia que ningún otro intérprete habría igualado. Como guinda sonora, el
Bela Lugosi's Dead de Bauhaus. La conversación acaba derivando hacia territorios bastante menos solemnes.
El fantasma de la ópera y el monstruo que nace del trato social
Una de las primeras aportaciones serias llega con el
fantasma de la ópera, en concreto en su versión cinematográfica de
1943. El interés no está en el horror, sino en el origen: el supuesto monstruo se genera de forma accidental por una cadena de desdichas del protagonista, fruto de su interacción social. Es decir, el monstruo como producto del entorno, no como esencia.
De ahí sale un hilo de análisis sobre la herencia del personaje: la máscara que después lucirían Jason o Leatherface, la relación romántica entre el monstruo y la protagonista femenina, repetida hasta la saciedad. El patrón se copia, se recicla y se vende otra vez. Nada nuevo bajo el sol, pero conviene recordar de dónde viene.
Lugosi contra Christopher Lee: la pelea eterna del vampiro
El eje vampírico se parte en dos. Frente al Lugosi elegante y de voz profunda, hay quien reivindica a
Christopher Lee como mejor actor, con el argumento de que el atractivo del primero residía básicamente en su acento eslavo. La respuesta no se hace esperar: Lee aportó más violencia y más acción; Lugosi, todo lo contrario. Dos modelos de vampiro, dos formas de entender el género.
El propio autor del mensaje inicial añade después a
El Cuervo, con la fascinación por su protagonista, Eric Draven, como una de sus películas de cabecera. Y deja caer que la idea del hilo no era exactamente esta deriva, aunque la deriva haya resultado más interesante que el plan original.
Del monstruo de la laguna negra al moscardón de Siches
El catálogo se ensancha. Aparece el
monstruo de la laguna negra, asociado al recuerdo de las proyecciones familiares en
super 8 y a una nostalgia que se activa cada vez que reaparece la imagen. También
Pazuzu, el
Xenomorfo —elegido por ser el que más terror causaría en la vida real— y Leatherface, descrito como pura animalidad, sin motivo espurio ni maldad deliberada.
El tono se rompe con la irrupción del
moscardón de Siches, un monstruo de cosecha propia, mitad fantasma, que según la descripción ataca en bares, cocinas, gimnasios y asociaciones de vecinos. La advertencia va dirigida a los maridos. No hay película, no hay novela, no hay leyenda: hay un chiste que funciona.
El monstruo de los doritos y otras confesiones
Entre las respuestas más valoradas asoma la confesión colectiva: el monstruo real es el de las galletas, o directamente el de los doritos. «Porque me gusta comerlas y porque me gustaría darlas», resume una de las intervenciones. La autoironía gana por goleada a la erudición cinematográfica.
También hay hueco para el
hombre rata de Nelson de la Rosa, que a los once años provocaba veranos enteros con los ojos abiertos por si se deslizaba bajo la cama. Y para el
Satán de Milton, señalado como inspiración del monstruo de Frankenstein. Y para
Calcifer. Y para el
hombre con rayos X en los ojos, con versión en directo incluida.
London After Midnight: el monstruo que ya no se puede ver
Una de las aportaciones más valiosas rescata
London After Midnight, filmada en
1927 y dirigida por Tod Browning, responsable también de
Freaks y
Drácula. Lon Chaney interpretaba a un vampiro hipnotizador cuyo maquillaje quedó grabado en la memoria de quien lo vio de niño. La película no tuvo demasiado éxito y la última copia conocida se quemó en
1967, en un incendio en un almacén de MGM que arrasó buena parte del catálogo antiguo.
Quedan las fotos. Solo las fotos. Es el caso extremo del monstruo clásico: existe como imagen, no como película, y eso lo convierte en una leyenda más difícil de refutar.
El hombre lobo y la sustancia
El cierre del recorrido pasa por los hombres lobo, con una transformación reivindicada como «de lo mejorcito que se ha hecho en el cine de terror», y por una recomendación reciente:
La sustancia, descrita como un peliculón con final de sangre, carne y vísceras a lo loco. El entusiasmo es genuino.
Y en medio de todo esto, la respuesta más repetida en las antípodas del análisis:
Pedro Sánchez. La política entra donde no se la espera, como siempre. También asoma Oskar Dirlewanger, sin más desarrollo. El nivel de rigor es desigual, como cabe esperar.
Al final, la pregunta inicial —con qué monstruo te identificas— queda respondida de mil maneras y de ninguna. Unos eligen el sufrimiento del espectro, otros la elegancia del conde, otros la animalidad sin culpa. Y unos cuantos, la bolsa de doritos. Cada uno elige su espejo, y el espejo dice bastante.