El gorgonzola de supermercado que se presenta como recuerdo italiano
Una invitación a un piso recién alquilado. La anfitriona suelta el clásico «no traigáis nada, pero si insistís, vino o queso». Nadie insistió. Y aun así, según relata un forero, tres de las invitadas aparecieron con su cuña de gorgonzola. Dos en tuppers parecidos, la tercera con la etiqueta del envase original a la vista. El anfitrión, que había llevado una botella de vino de unos 20 euros, se quedó mirando la escena: tres cuñas del mismo queso azul, presentadas como si vinieran de una quesería de Bérgamo.
La anécdota, contada con retranca, destapa algo más que una noche ridícula. El
gorgonzola se ha convertido, según este relato, en el emblema de un ritual social donde el envase importa más que el contenido. Y no es casualidad: es un queso barato, fácil de encontrar, con una historia italiana que suena a viaje y a paladar cultivado. El problema, según algunos participantes, es que la cuña que se sirve en esas mesas no tiene nada que ver con el gorgonzola real.
Qué es realmente el gorgonzola y por qué no se vende en cuñas
El gorgonzola auténtico es un queso azul italiano de pasta blanda, cremoso, casi untable. Se produce en las regiones de Piamonte y Lombardía y tiene denominación de origen protegida. Su textura es tan blanda que, en Italia, se sirve con cuchara, no cortado en triángulos. Eso lo saben bien quienes lo han probado en su lugar de origen.
Lo que llega a los lineales españoles bajo esa etiqueta es otra cosa. Hay quien sostiene que las cuñas que se venden en cadenas de descuento son en realidad un
gorgonzola mascarpone: capas alternas de queso azul y mascarpone, mucho más firme y mucho más barato. De ahí que se pueda cortar en porciones sin desmoronarse. La confusión entre el original y su versión industrial es el primer malentendido de toda esta moda.
El segundo malentendido es el precio. Una cuña de gorgonzola de supermercado puede costar en torno a
2,50 euros. Una botella de vino decente, unos 20. La asimetría entre lo que se lleva y lo que se aparenta es el corazón de la anécdota.
El ritual del queso que viene de lejos
La escena se repite, según este relato, en pisos de toda España. Alguien llega con un producto que, según dice, descubrió en un viaje y ya no puede dejar de comer. El relato del viaje es obligatorio. Sin él, el queso es solo queso. Con él, se convierte en una credencial social.
El detalle que, según el forero, delata el montaje es el envase. Dos de las invitadas llevaban cuñas casi idénticas dentro de tuppers. La tercera, directamente, traía el envoltorio original con una etiqueta que ponía
Igor, posiblemente una marca de distribución barata. El anfitrión, que había llevado vino de su casa para no pasar por el supermercado, se dio cuenta de que había gastado diez veces más que ellas.
La paradoja es que el esfuerzo de fingir un viaje es mayor que el de comprar el queso. Ir al supermercado, coger una cuña y unos biscotes habría sido más honesto y más rápido. Pero entonces no habría historia. Y sin historia, no hay
postureo.
Por qué el gorgonzola y no un manchego curado
España tiene una tradición quesera que no tiene nada que envidiar a la italiana. El manchego curado, el cabrales, el valdeón, el picón, el stilton, el queso de la Serena. Cualquiera de ellos habría dado más juego en una mesa. Pero no suenan a viaje. Suenan a casa.
Ahí está la clave. El gorgonzola no se elige por su sabor, se elige por su
carga simbólica. Es italiano, es azul, es ligeramente exótico y está en todas las cadenas de supermercados. Cumple los tres requisitos del producto que se lleva a una cena para quedar bien sin arruinarse.
La cata, sin embargo, decepciona. El sabor es suave, poco complejo, casi anestésico para las papilas. Quien haya probado un buen azul español nota la diferencia de inmediato. Pero la cata no es el objetivo. El objetivo es que alguien pregunte de dónde viene y poder responder: de Italia.
El vino que nadie trae y el que todos beben
Hay un detalle que cierra el retrato. El anfitrión llevó una botella de vino de unos 20 euros. Todos los invitados se lanzaron a por ella. Nadie trajo otra. Cuando se acabó, la anfitriona sacó de emergencia una botella de peleón y otra de marca blanca para hacer calimocho, y bajó a por cervezas.
El anfitrión se fue poco después, tras rechazar más biscotes con queso azul y una gelatina de aloe vera de postre. Su conclusión: si la próxima invitación no es entre colegas y litronas, rechazar con todas las fuerzas.
El episodio deja una pregunta incómoda. ¿Cuántas de las modas gastronómicas que se presumen de sofisticadas son en realidad productos de supermercado con una historia inventada? El gorgonzola es solo el ejemplo más visible. El
lambrusco y el limoncello vivieron lo mismo hace años, según recuerda el mismo forero. Ahora son el gorgonzola y el queso azul con nombre italiano. Mañana será otra cosa.
Y mientras tanto, el queso manchego curado sigue esperando en la estantería a que alguien se atreva a llevarlo sin decir que viene de ningún sitio.