Sobrevivir un mes en Madrid con 200 euros: la épica del ahorro doméstico
¿Cuánto se puede estrujar un presupuesto antes de que la vida se convierta en una penitencia? La respuesta tiene nombre propio —lonchafinismo— y un puñado de cifras que funcionan como bandera:
200 euros para un mes entero en Madrid,
800 euros para mes y medio de becario en Alemania,
un móvil de 9 euros. No es una moda de gurús financieros. Es un relato de trinchera con el supermercado, el coche y los contenedores de basura como campos de batalla.
Los números que se presumen de haber arañado
El cálculo más extremo que circula es el de un mes completo en Madrid en 2010 con
200 euros de gasto discrecional, comprando en supermercados de descuento, comiendo en la cantina de la empresa y saliendo lo justo. Quien lo cuenta lo presenta como una gesta, no como una desgracia. La segunda medalla es la de un becario en Alemania que sobrevivió mes y medio con
800 euros y volvió a España con cerca de
3.000 ahorrados en seis meses.
Hay un tercer tipo de récord, más modesto y más revelador: sostener una vida entera sin apenas gasto. Familias con ordenadores montados a base de piezas rescatadas, electrodomésticos heredados, televisiones de segunda mano y un teléfono como única concesión tecnológica. Aquí el
ahorro no es una campaña puntual. Es un sistema operativo.
El coche: no tenerlo, no cambiarlo, no usarlo
El automóvil concentra las mayores heroicidades. Hay quien presume de no haberlo tenido nunca pese a poder pagarlo, y de aguantar el transporte público aunque el precio del champú antiparásitos suba. En el extremo contrario, quien conserva un utilitario heredado de
14 años resistiendo la tentación de estrenar otro; y quien mantiene el suyo con las lunas traseras averiadas desde hace un par de años y el cierre centralizado muerto desde el año pasado: mientras arranque, sigue.
Luego están los usos creativos. Un conductor confiesa dormir en la parte trasera del suyo para ahorrarse hoteles, y otro admite que su
roadster biplaza va siempre al 50% de ocupación porque solo hay un asiento ocupado. La gesta más sonada, sin embargo, es de gasolinera: repostar
2,50 euros de diésel en un surtidor que solo despachaba de diez en diez céntimos. El cálculo completo de ese repostaje, con los cuatro céntimos del cenicero incluidos, merece leerse entero.
La despensa, el agua de la ducha y el bálsamo de bebé
En alimentación, el ahorro se mide en céntimos. Cambiar la compra de las grandes superficies a las cadenas de descuento, sustituir el café de cafetería por el de casa y llevarse el bocata de casa al trabajo. Alguien asegura haber comprado
carne caducada con un 20% de descuento, caducada el 17-02-2012 y adquirida el 18-02-2012, y seguir vivo para contarlo. Otro presume de rebañar los restos de miel y mermelada con leche en lugar de agua para aprovecharlos mejor.
El agua es otro filón. Recoger la que sale fría de la ducha para fregar, cocinar o regar plantas, y reutilizar la jabonosa para la cisterna, es una práctica que se abandona al convivir con compañeros de piso. Y en cosmética, una solución de
5 euros el tubo: usar crema de bebé de día y pomada de noche, también en contorno de ojos y labios.
Amueblar la casa con lo que otros tiran
La segunda mano y la recogida en la calle sostienen capítulos enteros. Un piso de alquiler amueblado íntegramente con lo abandonado en la vía pública: sofá, cama, televisión, mesas, sillas de estudio, proyectores, microondas, lavadoras, planchas, aspiradoras, vajillas y bicicletas. En algunos casos, los antiguos dueños dejaban un cartel indicando si el aparato funcionaba, para facilitar que alguien se lo llevara. Dejar el aviso de «funciona» sobre lo que uno ya no necesita se repite hasta convertirse en norma.
En electrónica, la pauta es revivir en vez de reemplazar: portátiles resucitados, ordenadores ensamblados con restos para los padres, televisiones de tubo de
90 euros que se ven mejor que muchos paneles nuevos. Y, de fondo, una explicación que se repite: la obsolescencia programada empuja a estirar cada máquina hasta que revienta.
¿Ahorro o aprovechamiento del prójimo?
La línea se cruza cuando el gasto no se recorta, sino que se traslada a otro. Hay relatos que van del aprovechamiento doméstico a la manipulación de contadores, el repostaje sin ticket o la comida que se lleva del trabajo, prácticas que no deberían leerse como ejemplo de nada. Buena parte de las respuestas marca ahí la frontera: quien gasta poco a costa de que lo paguen los demás no ahorra, se aprovecha. Incluso dentro de la austeridad más militante se distingue entre apretarse el cinturón y sangrar a quien tienes al lado, sea la pareja o el empleador.
El contraste es nítido con quien mide el ahorro en kilómetros:
14 kilómetros diarios en bicicleta a las seis de la mañana, con frío o calor, para no pagar gasolina, aparcamiento ni gimnasio.
Al final, la cifra estelar sigue siendo la de aquel mes de 2010.