Cuando la política se convierte en dogma: así funciona la nueva religión secular
En un momento en que el debate público se ha vuelto tan intransigente como cualquier confesión de fe, la política ha adoptado los rasgos de una religión secular: dogmas incuestionables, textos sagrados, herejías y sacerdotes mediáticos. El fenómeno no es nuevo, pero su impacto en la economía y en la capacidad de tomar decisiones racionales se ha agravado. El votante medio ya no analiza políticas; milita en bloques que exigen lealtad ciega.
Los paralelismos estructurales con la religión
La analogía entre política y religión no es original, pero su vigencia es aplastante. Toda religión tiene un dogma que no puede ponerse en duda: en el cristianismo, la Santísima Trinidad; en el islam, la eternidad de Alá; en la política actual, la superioridad moral de la propia tribu. La izquierda y la derecha han creado sus propios catecismos, con sus papas (líderes de partido), santos (referentes intocables) y pecados capitales (coger el coche, no reciclar, no estar alineado). El ecologismo, por ejemplo, es una copia casi exacta: diosa Madre Tierra, ángeles animales, pecado original humano y penitencia en forma de impuestos verdes. La limosna ecológica se paga con tributos que nadie discute sin ser tachado de hereje.
Tribalismo frente a dogma: dos caras de la misma moneda
Algunos análisis señalan que más que una religión, la política se ha convertido en una liga de fútbol. Los seguidores se comportan como hooligans: defienden a su partido con la misma pasión irracional que a su equipo, y el rival no es un adversario político, sino un enemigo al que hay que destruir. La identidad partidista sustituye al análisis de propuestas. El resultado es el mismo: el debate se empobrece, las ideas se aceptan o rechazan según quién las defienda, y la economía real –impuestos, regulaciones, gasto público– queda supeditada a la fe del converso.
El origen de esta fractura se remonta a la vieja dicotomía izquierda-derecha, heredada del enfrentamiento entre conservadurismo y liberalismo. El Pacto de Alternancia de 1885 entre Cánovas y Sagasta, que selló un turnismo pactado en España, es un ejemplo temprano de cómo los grandes bloques pueden controlar el relato y excluir a quien no se alinea. A día de hoy, los medios de opinión amplifican esa dinámica: quien no está con el dogma no existe, no es invitado a exponer sus ideas.
La pregunta que flota en el aire es si esta fe ciega tiene un precio económico. Cuando las decisiones se toman por lealtad tribal y no por análisis coste-beneficio, el coste de oportunidad se dispara. La política-religión no solo empobrece el debate: puede empobrecer al país.
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