El cristiano que puso en marcha el sindicalismo japonés
Japón fue, durante décadas, el gran contraejemplo para las teorías de la revolución: un país industrializado sin un movimiento obrero fuerte y sin cristianismo relevante. Hasta que aparece Toyohiko Kagawa. Huérfano, convertido al cristianismo de adolescente y repudiado por su familia, este pastor, economista y activista impulsó las primeras organizaciones sindicales del país. No fue un caso aislado: el propio Sun Yat-sen, padre de la China moderna, era cristiano, y Gandhi reconoció que la idea de revolución pacífica le llegó leyendo el Sermón de la Montaña.
La tesis, defendida por Denis de Rougemont y popularizada en español por Leonardo Boff, sostiene que la idea de revolución social es coextensiva al mundo influenciado por el cristianismo. En Asia, donde esa influencia fue marginal, la ausencia de revoluciones sociales autóctonas sería el dato a explicar. La biografía de Kagawa encaja a la perfección: nació en Kobe el 10 de julio de 1888, quedó huérfano y se inscribió en una clase de Biblia para aprender inglés. Aquella clase terminó convirtiendo al niño en un militante social.
No falta quien matiza el relato. La percepción actual del cristianismo en Japón es más bien ambigua, asociado a veces al proselitismo agresivo de grupos evangélicos. Y el contrapunto español tampoco se queda corto: hay quienes citan la Ley Natural como origen de la dignidad humana y los derechos humanos, con la controversia de Valladolid de fondo. Otros, en cambio, recuerdan que el cristianismo también ha bendecido regímenes autoritarios. ¿Fue el cristianismo la sal que fermentó el cambio social, o simplemente una coartada más para contar la historia al revés?