De las 50 ciudades con más homicidios del planeta, 20 son mexicanas, según un listado
Un listado de las cincuenta ciudades más peligrosas del mundo por tasa de homicidios cada 100.000 habitantes coloca a
Port-au-Prince, en Haití, en cabeza con 139,3, seguida de Colima (126,9), Acapulco (102,2), Manzanillo (92,1), Tijuana (91,3), Obregón (89,2), Machala (87,4), Celaya (86,9) y Zamora (76,3). El patrón es difícil de esquivar:
México copa la veintena de puestos, con Ecuador, Colombia, Brasil, Sudáfrica, Jamaica, Trinidad y Tobago y Estados Unidos completando el cuadro. La conversación derivó rápido hacia una pregunta incómoda: ¿esto es un fenómeno reciente o una constante histórica?
¿Cuántas ciudades mexicanas están entre las más violentas del mundo?
Alrededor de veinte de las cincuenta primeras. La lista incluye varias ciudades del estado de Colima, Guerrero, Baja California, Sonora, Guanajuato y Michoacán, además de puertos y plazas del Pacífico. La concentración no es casual:
varios participantes sostienen que la mayoría de los municipios del top están en la ruta del tráfico de drogas hacia Estados Unidos, el mayor mercado de consumo del planeta. Ese factor, señalan, diferencia a México del resto de países del listado, donde la violencia tendría causas más dispersas.
La comparación con otras regiones deja un dato llamativo:
cinco ciudades estadounidenses aparecen también en el ranking, lo que rompe el relato de que el problema es exclusivamente latinoamericano. Y de África apenas hay datos: buena parte de los países del continente no publican estadísticas fiables de homicidios, lo que distorsiona cualquier clasificación global.
¿Es la violencia en México un problema histórico o reciente?
Aquí el desacuerdo es total. Una parte sostiene que
la criminalidad organizada se disparó a partir de 2007, cuando arrancó la guerra contra el
narcotráfico y la tasa de homicidios estaba por debajo de 8 por cada 100.000 habitantes. Antes de esa fecha, relatan quienes vivieron allí, era raro oír hablar de cárteles, secuestros o cobro de piso. Los vídeos de descuartizamientos no empezaron a circular hasta 2011, en plena pugna entre los Zetas y el Cártel del Golfo.
La versión contraria apunta a que
México siempre ha sido una sociedad relativamente violenta. Las gráficas que se manejan muestran más homicidios en los años cincuenta y sesenta que a comienzos del siglo XXI. Quienes tienen familiares mexicanos recuerdan que ya en los sesenta y setenta algunos volvían quejándose de que había que ir armado y preparado para todo. La violencia no nació con los cárteles; lo que cambió fue su forma, su visibilidad y su capacidad de capturar instituciones enteras.
El caso de Ecuador: de país tranquilo a agujero violento
Machala, en Ecuador, aparece en el top diez. Hace dos décadas Ecuador era un país pobre, tranquilo y aburrido, con comunidades de expatriados estadounidenses y europeos instaladas en Guayaquil y Cuenca. A partir de 2000
millones de ecuatorianos emigraron a España, y muchos pensaron que las remesas y la formación en Europa convertirían al país en un modelo sudamericano. El resultado ha sido el contrario: Ecuador pasó de ser un destino tranquilo a figurar entre los más violentos del continente.
El caso ecuatoriano desmonta la tesis de que la violencia es un rasgo cultural heredado. Si un país puede deteriorarse así en veinte años, el factor cultural pierde peso frente al control territorial, las rutas de la droga y la debilidad institucional.
¿Por qué Sudáfrica aparece en la lista sin explicación aparente?
Es una de las preguntas que quedaron sin respuesta. Sudáfrica no es un país productor de drogas hacia Estados Unidos ni tiene la misma presión del narcotráfico que México. Su violencia tiene raíces distintas: desigualdad extrema, herencia del apartheid, crimen organizado local y una policía desbordada. El caso sudafricano sugiere que
la tasa de homicidios mide algo más que el narcotráfico: mide la capacidad del Estado para imponer orden en su territorio.
¿Qué papel juega Estados Unidos en la violencia mexicana?
El debate es áspero. Unos sostienen que la demanda estadounidense de drogas es el motor del negocio y, por tanto, de la violencia. Otros responden que
nadie obliga a producir drogas y que la decisión de dedicarse al narcotráfico es voluntaria. Los datos que se citan apuntan a que el 85% de los detenidos por delitos federales de drogas en Estados Unidos lo son por ese motivo, lo que confirma el tamaño del mercado pero no resuelve la cuestión de la responsabilidad.
La comparación con Estados Unidos también sirve para descartar explicaciones simples: allí el porte de armas es legal y la tasa de homicidios es mucho menor que la mexicana. La disponibilidad de armas no explica por sí sola la violencia. Lo que sí explica es la combinación de mercado ilegal, armas accesibles y Estado incapaz de controlar el territorio.
¿Qué tienen en común las ciudades estadounidenses del ranking?
Es la pregunta que quedó flotando. Las ciudades estadounidenses que aparecen en la lista comparten perfiles demográficos y económicos concretos, pero el material no permite cerrar la respuesta. Lo que sí queda claro es que
la violencia letal no es un monopolio del sur del Río Grande.
Con estos datos sobre la mesa, la conclusión incómoda es que la clasificación mide algo más que criminalidad: mide la capacidad de un Estado para contar sus propios muertos. ¿Cuántas ciudades africanas estarían en esa lista si alguien se molestara en contarlas?